Periodistadigital América Home
3 segundos 3 segundos
Coronavirus Coronavirus La segunda dosis La segunda dosis Noticias Blogs Videos Temas Personajes Organismos Lugares Autores hemeroteca Enlaces Medios Más servicios Aviso legal Política de Privacidad Política de cookies
-

The Wire

Enrique Zubiaga 13 Dic 2011 - 20:53 CET
Archivado en:

«Well, as through this world I’ve rambled
I’ve seen lots of funny men.
Some will rob you with a six-gun
And some with a fountain pen».

De la canción de Woody Guthrie «Pretty Boy Floyd», 1958

Acabo de ver el último de los sesenta capítulos de The Wire y los he visto en un tiempo récord. Me considero un cinéfilo y sin embargo hasta hace muy poco pasaba por completo de las series de TV americanas y británicas. Y de las españolas ni les cuento; no he sido capaz de ver más de dos minutos seguidos de una en mi vida. Las series me parecían una pérdida de tiempo, un simple entretenimiento producido en plan industrial, como las rosquillas, y creía imposible que siquiera las mejores pudieran estar a la altura de una película decente. Además de eso no estaba dispuesto a seguirlas cada semana sabiendo que por mi trabajo me perdería la mitad de los episodios.

Pues bien, un día unos amigos me regalaron la primera temporada de Los Soprano, vi el primer capítulo y aluciné. Me la tragué entera del tirón y hasta hoy creo que no he visto nada mejor, y eso que he visto algunas que son estupendas, como Roma, Los Tudor o Downton Abbey.

El caso es que The Wire ha sido una auténtica adicción y he disfrutado muchísimo, tanto que me sería difícil decidir si es mejor o peor que Los Soprano. The Wire es como si los ciudadanos de Baltimore, Maryland, hubieran hecho una vivisección de su ciudad -quizá reflejando en Baltimore las cloacas de todas las grandes ciudades de los Estados Unidos- y nos permitieran estudiar a través de la incisión las células malignas que nacen, crecen, se reproducen y mueren en los bajos fondos de su ciudad. Pero también nos permite ver, con todos sus defectos, al selecto grupo encargado de extirpar o curar esas células. Y nos ofrecen esa mirada indiscreta sin complejos y sin miramientos. Lo enseñan todo, toda la podredumbre, toda suciedad y toda la miseria de los que no tienen nada y también de los que mandan y de los que lo tienen todo. En The Wire no hay buenos y malos, los guionistas no dejan títere con cabeza y nadie se libra de la lupa, ni de la quema.

La serie se desarrolla a lo largo de cinco temporadas y aunque todas ellas están relacionadas entre sí con un nexo que es el departamento de policía de la ciudad, cada una tiene un decorado distinto.

La primera nos pone en situación y nos enseña cómo es la guerra entre los polis y los narcos y la guerra entre los narcos y los narcos… y entre los polis y los polis, y entre estos y los políticos, abogados y jueces. Un totum revolutum que no tiene desperdicio.

En la calle hay una guerra y en ella hay reyes, generales, oficiales, soldados, vendedores, drogadictos y zombies, y también hay «ciudadanos civiles» -«citizens»– que de vez en cuando reciben un balazo.

Las normas de conducta de esta tropa son parecidas a las de la selva y manda el más fuerte, pero hay que precisar antes que la ley de la selva es mucho más civilizada y mucho menos brutal y que los leones y las hienas son unas hermanitas de la caridad comparados con los peores especímenes de los suburbios de Baltimore.

Como en las guerras, hay fronteras que son sagradas y se defienden con la vida, que no vale nada, dicho sea de paso. Por supuesto, el enemigo está atento a cualquier signo de debilidad para cruzar esas fronteras a sangre y fuego y quedarse con el territorio.

En el lado de los «buenos» la corrupción, la ambición, el egoísmo y la desidia campan a sus anchas. Hay policías muy inteligentes y también auténticos inutiles y no existen los valientes superhéroes de comportamiento ejemplar que estamos acostumbrados a ver en el cine. Todos cojean de un pie, y algunos de los dos. Aparece por primera vez «the wire»: las escuchas telefónicas de las conversaciones de los narcos. The wire será la principal arma de la policía durante toda la serie.

La segunda temporada tiene como leitmotiv el sindicato de estibadores del puerto de Baltimore y el entramado de contrabando, robo de mercancías, tráfico de drogas o de prostitutas que gira a su alrededor. Sindicalistas, traficantes y políticos se mezclan ante la atenta escucha de la policía. El resultado es apasionante.

La tercera trata de la guerra contra la delincuencia desde el nada edificante mundillo de los políticos. En un ambiente de ambiciones, deslealtades y traiciones, relucen las navajas traperas. Políticos, jueces, fiscales, abogados y policías trepas son los protagonistas y, como dice el párrafo de la canción de Woody Guthrie que les he puesto al principio, algunos de ellos son verdaderos delincuentes, ladrones que roban no con una pistola sino con la pluma estilográfica que llevan en su chaqueta.

La cuarta temporada tiene como telón de fondo un instituto de educación primaria y la misión casi imposible de educar a las fieras que salen de las peores barriadas, son los hijos de los traficantes, de los soldados y de los drogadictos y, por tanto, es muy difícil que salgan indemnes y se conviertan en ciudadanos normales que respeten la ley. A los políticos no les interesan los dramas familiares de los chavales, sólo les importan las estadísticas, pero algunos profesores intentan sacarles adelante y nos ofrecen el lado más humano del infierno que les rodea.

En la quinta el hilo conductor de la trama es la prensa, esta vez a través de las miserias de los homeless, los vagabundos que no tienen un hogar -no tienen nada- y que son la escoria de una sociedad degradada hasta extremos inimaginables. Los vagabundos son utilizados por algunos policías como último recurso para burlar la dejadez de los políticos y poder seguir con su acoso a los más malos entre los malos. Y la prensa nos lo cuenta a través de sus propias miserias, traiciones y mentiras. Es el negocio de la noticia, real o inventada, a cualquier precio. Hay que vender periódicos como sea.

El caso es que el final es tan apasionante como desasosegador y lo que queda cuando se cierra el telón es una fotografía de alta resolución que muestra la decadencia de la sociedad, o al menos de sus capas más bajas, del que hasta hace poco fue el imperio indiscutible. Y mucho me temo que la fotografía es real como la vida misma, lo que no quiere decir que en el resto de los países del primer mundo las cosas sean mucho mejores. Es el precio a pagar por la libertad.

En las dictaduras y en las teocracias la cosa cambia y la pérdida de libertad acarrea más seguridad: en Cuba, Corea, Arabia Saudita o Irán no es posible que exista nada parecido a lo que vemos en Baltimore.

Por otra parte, en el tercer mundo las peores barriadas deben parecerse mucho al infierno de Dante; no hay más que echar un vistazo a los suburbios de Nairobi, Sao Paulo o México. Y si algo sacamos en limpio de aproximarnos al infierno es que la maldad humana no conoce límites y que si después de ver la serie entera creemos haberlo visto todo estamos expuestos a grandes sorpresas.

En fin, que los guiones, la ambientación, la música (escasa) y los diálogos de The Wire son magníficos (imprescindibles los subtítulos si la ven en inglés, y a ser posible que los subtítulos sean también en inglés, ya que lo que hablan los negros es otro idioma que ni se le parece, pero que es imposible de doblar o traducir).

En cuanto a los actores tengo que decir que son muy buenos, excelentes casi todos, aunque muchos de ellos no son actores sino personajes auténticos sacados de las calles de Baltimore, como es el caso de Felicia Pearson, la soldado «Snoop» en la serie. Hija de drogadictos, Felicia estuvo varios años en la cárcel por el homicidio a los catorce años de una chica en una pelea y por tráfico de drogas. O sea, que cuando Snoop hace de soldado de un capo de la droga sabe lo que hace. Por cierto que, ya con 31, años acaba de ser detenida en la vida real por tráfico de heroína. Para que se hagan una idea de qué estamos hablando, aquí la tienen comprando una herramienta imprescindible para su trabajo, una pistola de clavos. Si quieren averiguar para qué necesita semejante herramienta tendrán que ver la serie.

Así que, ya saben, si no saben qué regalarse estas navidades y les gusta el buen cine, háganse un favor: no se pierdan The Wire, creo que no se arrepentirán.

Enrique Zubiaga

Soy un aviador vasco que he visto mucho mundo y por eso puedo decir alto y claro, y sin temor a equivocarme, que tenemos un país increíble y que como España en ningún sitio.

Más en Hablando en plata

Mobile Version Powered by