Hay que ver la que ha liado Sánchez cuando se ha subido al Airbus, donde a diferencia del Falcon le cabían los periodistas pelotas -los del ABC no le cupieron-, y se ha ido a Oriente Medio a arreglar el conflicto. Ha liado una que -arrieros somos y en el camino nos encontraremos- nos va a costar muy cara. De momento me conformo con que los Israelíes no nos declaran la guerra. Pero si libramos ya se buscará algún otro país para meterle el dedo en el ojo, porque en relaciones exteriores es un crack y si le dejan suelto el peligro de que organice un conflicto se disparará con cada día que pase. Es más, como se venga arriba es capaz de organizar una guerra mundial él solo en un pis pas.
Pero la que ha pasado desapercibida es la imagen del presidente del gobierno sentado junto al presidente de Israel -posteriormente visitaría también a Netanyahu– en la que tiene que leer unas cuartillas que le han preparado para poder decirle lo que le tiene que decir -o sea, cantarle las 40 para contentar a los ministros comunistas y antisistemas varios de los que depende su puesto de trabajo-. Y todo porque el tipo que fue incapaz de hacer su tesis doctoral y ni siquiera se leyó la que le hicieron otros tampoco ha sido capaz de aprenderse lo que le tiene que decir -y mira que un vuelo a Tel Aviv dura casi cinco horas-, de modo que tiene que hablar a su interlocutor tirando de chuleta, ante la perplejidad de este y de todo el que haya visto las imágenes. Al menos el colega belga que le acompañaba hablaba de corrido y sin leer nada. La verdad, yo no recuerdo que nadie haya venido a hablar conmigo con chuleta. En fin.
Pues bien, veo lo anterior y me pasa lo mismo que me pasaba en los tiempos en que José Luís Rodríguez se paseaba por los foros internacionales en plan Mister Bean, sentado él sólo en la gran mesa circular de la reunión de turno y mientras los demás mandatarios charlaban animadamente a sus espaldas él jugaba con su bolígrafo, se ajustaba las mangas de la camisa y acomodaba el culo en su asiento, mirando para un lado y para otro y sin que nadie le hiciera ni puto caso. Y lo que me pasaba al verle es que me daba vergüenza ajena. No lo podía evitar. Pero al menos con Rodríguez, como no abría mucho la boca -ahí le ayudaba el no tener ni zorra idea de inglés-, era más difícil confirmar lo que hacía mucho que sabía toda España: que el pobre era tonto. Eso sí, lo malo de los tontos es que si además son malos tienen mucho peligro, como nos lo demuestra cada vez que le ponen un micrófono delante.
En el caso de Sánchez -que habla inglés y que además se gusta mucho- está claro que no tiene complejos y su capacidad de cagarla y de confirmar, también fuera de España, las peores sospechas sobre su personalidad parecen ilimitadas. Lo dicho, es capaz de montarnos la mundial en cualquier momento. En inglés, eso sí.
Que Dios nos coja confesados.
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