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Fuimos agredidos con disparos y repelimos el ataque

Efrén Mayorga 11 May 2007 - 04:30 CET
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«Lo primero que vieron los militares que entraron a la casa donde se parapetó el grupo armado, fue a ella, a Alejandra. Estaba tirada entre lo que fue una camioneta y el destrozado zaguán del domicilio marcado con el número 147 de la calle Fray Melchor de Talamantes. Junto al esqueleto del vehículo que recibió no menos de 500 impactos de bala, el cadáver de esta mujer tenía a su lado un rifle automático».

Escribe en su magnífico reporte desde el lugar de los hechos, el destaco periodista mexicano Francisco Gómez del periódico El Universal, relatando algunos aspectos del enfrentamiento de delincuentes del narcotráfico con soldados del Ejercito, en el estado de Michoacán.

Documento en el que más se exaltan las virtudes del bando perdedor en combate y no informa de los motivos o razones del enfrentamiento; salvo decires de lejanos testigos de los acontecimientos, tal vez a modo de preparativo para una más profunda investigación periodística.

Si bien es cierto que el parte oficial ya fue brindado. En situaciones como las descritas, es cuando el papel de la prensa refrenda la importancia que tiene su función para la comunidad; y singularmente cuando en ella se viven acontencimientos tan violentos que pusieron en riesgo la seguridad personal de cada uno de sus habitantes. Entre tanto, pasemos a leer la nota en mención:

Alejandra murió en la línea de fuego. APATZINGÁN, Mich.- Nunca tuvieron la intención de rendirse. Desde el primer momento, dispararon a diestra y siniestra contra los soldados.

Claudia Alejandra Cortés Reyes, en primera línea, también disparaba. Ella, la única mujer que estuvo en el enfrentamiento entre soldados y narcotraficantes, se colocó en la primera línea de fuego. Disparando con un rifle automático, esta mujer respondió a la solicitud de los militares de entregarse, pero igual que tres de sus cómplices cayó ante la artillería pesada de las fuerzas oficiales.

Esta joven, de 26 años, a la que todos los vecinos señalaban como una muchacha tranquila, desde hace más de un año rentó la vivienda donde el lunes se escenificó uno de los enfrentamientos más violentos que se recuerden entre militares y narcotraficantes.

Lo primero que vieron los militares que entraron a la casa donde se parapetó el grupo armado, fue a ella, a Alejandra. Estaba tirada entre lo que fue una camioneta y el destrozado zaguán del domicilio marcado con el número 147 de la calle Fray Melchor de Talamantes. Junto al esqueleto del vehículo que recibió no menos de 500 impactos de bala, el cadáver de esta mujer tenía a su lado un rifle automático.

Los militares, según dicen en su oficio de reporte No. A09247, pidieron verbalmente a los agresores: «Somos Ejército mexicano, tiren sus armas y salgan con las manos en alto».

Adentro de la casa no hicieron caso y siguieron disparando. Fuimos, dicen los soldados, agredidos con disparos y granadas, por lo que nos cubrimos y repelimos el ataque.

Y quien se encargó de dispar desde la puerta, para impedir el acceso directo de los militares a la casa, fue Alejandra. Su cuerpo recibió tantos disparos que es imposible saber cómo fue que se colocó en ese sitio, pues sus cómplices fueron encontrados en sitios más seguros o donde era más difícil que fueran alcanzados por el fuego de los soldados.

Antes de que ella cayera muerta, dentro de la casa todo era una locura. Los gritos y disparos continuaban. Sus cómplices se colocaban cargadores en sus cintos, corrían de abajo a arriba de la casa, se colocaban en las ventanas para responder al fuego de los militares y buscaban refugiarse cuando venía la andanada de disparos.

Y lo que apenas pudo hacer Alejandra, fue colocarse en uno de los muros que separaba al zaguán de la puerta principal. Desde ahí disparó. Y también ahí murió. No tenía opciones ni escapatoria. Su cuerpo, pero sobre todo su cara fue tapada con un trapo.

Quedó muy lastimada, según uno de los bomberos que sofocó el fuego que se produjo cuando los militares dispararon granadas y con una metralleta AR-19. En las fotografías apenas se distingue su complexión robusta, su blusa amarilla y su pantalón de mezclilla. Fue todo lo que quedó de ella.

Pero igual que ella, sus cómplices nunca se rindieron. Sabían que no tenían escapatoria. Así que corrieron, dispararon y cuando el Ejército lanzó su artillería pesada, fueron alcanzados. Sus cuerpos, según las fotografías tomadas, estuvieron a punto de carbonizarse, pero quedaron con las armas entre las manos. Por Francisco Gómez de www.eluniversal.com.mx

Efrén Mayorga

Eventualidades de una ciudad sonorense Con mucho gusto y no menos preocupación acepte integrarme a la blogmanía del periodista digital en su sección del periodista latino, a cuya dirección agradezco la oportunidad brindada; gusto por el placer de escribir sobre el quehacer cotidiano de una comunidad y preocupación por tratar de ser lo más responsable […]

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