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Tras la huella del crimen

Efrén Mayorga 23 Ago 2007 - 08:26 CET
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Recién llegue a la ciudad de México, un amigo, estudiante de medicina, me pidió en una ocasión que lo acompañara a la clínica Floresta, ubicada en Tlalpan, a las clases de psiquiatría que le impartía el Dr. Alfonso Millan, extraordinario ser ejemplar para la humanidad.

Desde esa ocasión no perdí ninguna de sus clases; incluso el Dr. Millan nos invito a integrarnos al Seminario “La Medicina del Hombre en su Totalidad”, que había formado el Dr. Fernando Martínez Cortes; y entre otros que participaban se encontraban los doctores Fernando Carmona Nenclares, Rolando Collado Ardón, Luis Alberto Vargas, Leticia Casillas, la Dra Gudillo, Alfonso Cabriotte, Dr. Luis Martinez de Alba, el antropólogo Alfredo López Austín, el Dr. Ramón de la Fuente y el propio Dr Millan.

Y muchos otros distinguidos científicos no menos reconocidos, que al momento no vienen a mi memoria; que asistían al seminario que se reuniá en el Pabellón 29 del Hospital General de México de la Secretaría de Salubridad y Asisitencia.

En cierta ocasión, trabajando en una investigación sobre el ejercicio de la medicina privada y la medicina institucional, promovida por el Dr. Martínez Cortes, que con esa enorme visión que le caracteriza ya vislumbraba lo que actualmente las instituciones privadas y públicas están padeciendo para atender, o mal atender a miles de pacientes; el Dr. Millán, nos invito a grupo de amigos a que lo acompañáramos a una oficina

“Con un señor, igual de norteño que nosotros, pero más civilizado y urbano y no tan chero (vaqueros o rurales) como tu comprenderás”, dijo refiriéndose a un servidor.

Entramos sin anunciarnos, bueno el Dr. Millan saludo de lejos a una señora y luego luego se nos acerco otro señor igual de pelo plateado que mi psiquiátrico amigo sinaloense, “haber quién anda por esta zona” disparo a bote pronto el anfitrión en cuestión, para luego añadir…Haber léanme las preguntas.

Pues depende le dije, si es usted doctor o paciente…soy paciente respondió.. y a que clínica va…pues a la del distinguido doctor Millan, téngalo por seguro que todavía no voy y menos si me van a poner esos cables en la cabeza, y a la del seguro social sólo voy cuando me llaman; así que puedo responder que no voy ni a particulares y todos soltamos la carcajada.

Alfonso Quiroz Cuarón, es el personaje en cuestión y mire si será menso o chero uno, que hasta años después caí en cuenta del personaje al que saludamos.

Tras la huella del crimen. Los diagnósticos que Alfonso Quiroz Cuarón realizó de delincuentes como Goyo Cárdenas, Ramón Mercader y Enrico Sampietro, son modelos de investigación de la policía mexicana y de criminólogos del mundo

Ofrecemos tres historias de los principales casos que el criminólogo investigó durante varios años, y que arrojaron interesantes datos sobre el perfil de cada uno de los victimarios. Éstos aparecen en el libro El criminólogo. Los casos más impactantes del Dr. Quiroz Cuarón, del periodista José Ramón Garmabella.

Gregorio Cárdenas, “El estrangulador de Tacuba”. Casi un año después de que Goyo Cárdenas fue capturado por la policía y reveló que había estrangulado a cuatro mujeres y las había enterrado en el jardín de su casa entre el 15 de agosto y el 2 de septiembre de 1942, el Dr. Quiroz Cuarón inició los estudios para descubrir no sólo la personalidad del asesino, sino también para saber cuál era la enfermedad que padecía, pues el abogado del criminal de 27 años, alegaba amnesia lagunar, una enfermedad mental.

A lo largo de varias entrevistas y de infinidad de estudios, el Dr. Quiroz diagnosticó que se trataba de un síndrome confusional y Goyo Cárdenas fue trasladado de Lecumberri al manicomio general de La Castañeda, de donde escapó años después y fue internado de nuevo en la penitenciaría del Distrito Federal el 22 de enero de 1948. Entonces volvió a entrar en estudios y el Dr. Quiroz Cuarón decidió utilizar penthotal sódico para sus investigaciones.

“Tenía ante mí dos problemas de clínica médico-forense que el experimento a buen seguro me resolverían: ¿era efectivamente cierto, como Cárdenas Hernández afirmaba, que en el procesado existía amnesia lagunar respecto de los delitos cometidos, a pesar de que todas las exploraciones de su memoria habían demostrado lo contrario? La otra incógnita era averiguar si los tics y la hiperflexia subsistirían durante el sueño profundo inducido químicamente.

Esas dos interrogantes clínicas debían despejarse en el terreno del narcodiagnóstico y no en el narcosicoanálisis…”.

Jaime Ramón Mercader del Río, el asesino de Trotsky. El mismo día que Ramón Mercader atentó contra Trotsky, el 20 de agosto de 1940, al Dr. Quiroz Cuarón le encargaron el caso: debía determinar la personalidad del hombre de origen español —aunque él decía que era belga— que utilizó un zapapico para matar al líder ruso. La orden era delinear su personalidad, se trataba de un elemento fundamental para la instrucción, el juicio, la sentencia y la ejecución penal.

El estudio de personalidad del victimario de León Trotsky le tomó seis meses de trabajo y abarcó mil 359 páginas escritas a máquina a renglón seguido, en las que se incluían características fisiológicas, análisis de laboratorio y su sicología.

Dice el Dr. Quiroz Cuarón: “Creo que es la exploración más sistemática y completa que se haya practicado a un hombre porque, además de realizarle un examen físico exhaustivo para ver si por ese camino podíamos inferir su nacionalidad, llegamos a explorarle igualmente sus reacciones subconscientes y hasta la interpretación de sus sueños”.

A pesar de todos los estudios, concluyeron el caso sin establecer la identidad verdadera del asesino que se hacía llamar “Jacques Mornard” o “Frank Jacson”. Debieron pasar 10 años para que el Dr. Quiroz descubriera que la nacionalidad de Mercader no era belga, sino española y que había nacido el 7 de febrero de 1913, gracias a una corazonada que lo hizo abandonar el Congreso de Criminología y Psiquiatría que se realizaba en París, para viajar a España y descubrir la verdadera identidad del criminal.

Alfredo Héctor Donadieu, “El príncipe Enrico Sampietro”. Se trataba de una figura fascinante, se hacía llamar Enrico Sampietro, era uno de los más grandes falsificadores que alcanzó su gloria en México. De personalidad arrebatadora, al grado que muchos dijeron que su historia la contó el actor Dustin Hoffman cuando interpretó a “Dega”, un reconocido falsificador que era compañero del protagonista de la célebre película Papillón.

El caso de ese hombre de talento indiscutible, un artista que inmortalizó el Dr. Quiroz Cuarón en un retrato que le hizo y que el criminólogo siempre colgó en su despacho, tuvo varias personalidades y representó un reto para el investigador y catedrático mexicano. Se convirtió en una obsesión porque era un hombre sagaz que se escapó de varias cárceles, incluida la del Palacio Negro de Lecumberri.

“Se tenía, pues, no sólo el móvil de las falsificaciones, sino también el panorama completo del asunto: una organización político-religiosa denominada La Causa de la Fe, cuya cabeza principal era el sacerdote José Aurelio Jiménez, que había ocasionado la fuga de Enrico Sampietro para que les fabricara los billetes y de esa manera, acorde con su manera de pensar, causar daño al Estado. La circulación de ese dinero falso era efectuada por hombres y mujeres que gozaban de la absoluta confianza del propio Jiménez” (cita de Quiroz).

Ocho años tardó el Dr. Quiroz en dar con Alfredo Héctor Donadieu, lo capturaron donde se escondía, en una casa del barrio de Iztapalapa, donde vivía el hombre que haría el papel de Cristo en la representación de la Pasión durante la Semana Santa. Con información de Yanet Aguilar Sosa, para el periódico El Universal. Domingo 12 de agosto de 2007.

Efrén Mayorga

Eventualidades de una ciudad sonorense Con mucho gusto y no menos preocupación acepte integrarme a la blogmanía del periodista digital en su sección del periodista latino, a cuya dirección agradezco la oportunidad brindada; gusto por el placer de escribir sobre el quehacer cotidiano de una comunidad y preocupación por tratar de ser lo más responsable […]

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