El escritor Antonio Muñoz Molina revela el miedo que lo invade al escribir y habla de la calidad literaria en Iberoamérica, en entrevista que César Blanco del periódico El Universal, le realiza durante la 21 Feria Internacional del Libro de Guadalajara, Jalisco.
Entrevista que a continuación se reproduce en su totalidad por lo relevante de su contenido:
GUADALAJARA, Jal.— Antonio Muñoz Molina (Úbeda, 1956) es demasiado amable para ser un autor que ha ganado dos veces el Premio Nacional de Narrativa, el Premio de la Crítica y el Premio Planeta, además de ser miembro de la Real Academia Española, y autor de una vasta obra narrativa y periodística. Sin embargo, a medida que su voz desgrana el contenido de sus libros más recientes, El viento de la Luna y Días de diario (Seix Barral), que lo han traído a la 21 Feria Internacional del Libro de esta ciudad, el autor español se confirma como lo que es: una gran pluma que no necesita deslumbrar con actitud, porque lo hace con ideas.
“El viento de la Luna” es una novela de aprendizaje, en los 60, que retrata un país oscuro, ¿no rescataría nada de ese tiempo, ni siquiera de forma nostálgica?
—No. Hay que tener mucho cuidado porque no se puede confundir nostalgia con memoria, son dos cosas distintas. Existe una nostalgia legítima que está en el libro y que es la del recuerdo de la gente que amamos o la de nuestra juventud, pero con respecto de la época no hay que engañarnos: aquella era una sociedad patriarcal y desigual.
¿Salió España del oscurantismo?
—Sí, incluso en el momento en que se desarrolla la novela el país estaba cambiando mucho, lo que pasa es que la historia está situada en la zona más atrasada que había, la parte rural de Andalucía. España ha cambiado mucho desde entonces, aunque también es cierto que ha vuelto a establecerse una moda política que a mí me produce repugnancia, la del sectarismo.
El libro tiene un contrapunto importante, la llegada del hombre a la Luna. Por momentos se percibe una apología de la modernidad, pero lo moderno tiene sus trampas…
—Claro, pero no hay nadie que viva en lo arcaico que no quiera ser moderno. Para mí la modernidad es algo muy importante, porque implica la emancipación de las personas, la capacidad de mejorar la calidad de vida, de tener existencias más racionales, menos dominadas por la Iglesia y la superstición. El verdadero proyecto moderno implica un desarrollo constructivo.
Esta novela produjo otro libro, “Días de diario”, una bitácora de lo que usted pensaba mientras escribía. En él, usted dice que tal vez sea un escritor venido a menos.
—Yo siempre he tenido miedo, pero más ahora. Este trabajo es tan incierto que siempre tienes miedo a que tu nuevo libro no va a salir como querías, o a que la gente no quiera seguir leyéndote. Eso se puede curar con vanidad, arrogancia y soberbia, pero luego el remedio sale peor que la enfermedad, así que yo prefiero el miedo.
También dice que escribir, además de miedo, le produce ilusión y felicidad. ¿Cómo congeniar esos sentimientos? —
Esa es la historia de mi vida. El otro día, por ejemplo, tenía que escribir un ensayo sobre un pintor que me gusta mucho, pero tenía una desgana brutal; de pronto alcancé un estado de felicidad, como de iluminación, en el que las cosas vinieron a mí y no tuve que buscarlas. Yo siempre me pongo a escribir aterrado, pero sé que siempre sale algo y que escribir me da una gran felicidad.
Usted vivió muchos años en Nueva York, ¿cómo se ve el panorama literario en lengua española desde la sociedad anglosajona?
—Las literaturas no pueden juzgarse en su conjunto, porque la literatura son libros malos y libros buenos. Yo veo una ventaja y una desventaja. La ventaja es que los que hacemos y leemos literatura en español tenemos mucha curiosidad por las literaturas extranjeras y traducimos mucho; eso no sucede en otros países. La desventaja es que no tenemos un espacio literario más compartido; en el mundo anglosajón hay más canales de comunicación (periódicos, suplementos, revistas) entre, por ejemplo, Inglaterra y Estados Unidos. En el caso español y latinoamericano eso no sucede porque todo está muy fragmentado.
¿Qué tanta literatura iberoamericana se lee en el mundo de habla inglesa?
—Salvo nombres concretos, las literaturas en lengua española no circulan. Ellos no se interesan en nada a menos que venga etiquetado como “realismo mágico” y esa es una cuestión imperial: en el imperio, “el otro” sólo puede ser admitido si es exótico.
Entonces, ¿la literatura iberoamericana es tan saludable como cualquier otra? —
Claro. La calidad de la escritura en México, Perú, España o Argentina está a la altura de cualquier otra. Ese no es el problema, ni tampoco el poder del inglés. En el pasado Congreso de la Lengua dije que el verdadero enemigo del español no era el inglés, sino la ignorancia y la pobreza. Entrevista realizada por César Blanco para el periódico El Universal. www.eluniversal.com.mx, Lunes 26 de noviembre de 2007. cesar.blanco@eluniversal.com.mx
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