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«Epidemias de falsedades”; «La sociedad en el espejo de las princesas»; dos editoriales un periódico

Efrén Mayorga 17 Abr 2020 - 00:53 CET
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El editorial “Epidemias de falsedades” que el día 15 del miércoles pasado publica el periódico La Jornada ha sido ampliamente debatido en las redes sociales, razón por la cual me permito reproducirlo en este espacio así como el “¿Quienes somos? La sociedad en el espejo de las princesas», que por años ha caracterizado a tan respetado diario. Tenía dos años en el trajín y tratos con los medios cuando me invitaron al festejo de la fundación de La Jornada, por la colonia Condesa de la ciudad de México, muy cerca de la casa. Te presento ambos texto.

 

Epidemia de falsedades
El secretario general de la Organización de Naciones Unidas (ONU), Antonio Guterres, alertó ayer que a la par de la pandemia causada por el coronavirus SARS-Cov-2 se extiende por el mundo una peligrosa epidemia de desinformación y noticias falsas. Según denunció el funcionario, cuando el mundo debería vivir el momento de la ciencia y la solidaridad proliferan los consejos de salud perjudiciales y los falsos tratamientos médicos; las ondas radiales se llenan de falsedades; las descabelladas teorías conspirativas contaminan Internet; el odio se vuelve viral, estigmatizando y vilipendiando a personas y grupos, por lo que llamó a vacunarnos mediante una confianza sustentada en un gobierno y un liderazgo receptivo, responsable y basado en evidencias.

Esta epidemia se presenta en distintos países pero ha cobrado un cariz particularmente intenso y sistemático en España y México. En la nación europea los medios y la derecha que va del Partido Popular al fascista Vox han lanzado virulentos ataques contra el presidente Pedro Sánchez en un intento por descarrilar a su gobierno; en México hay en curso una campaña sin precedente en la que se mezclan los rumores para sembrar pánico, las falsedades dirigidas en contra de la autoridad sanitaria y, con una frecuencia cada vez más inquietante, los llamados a desconocer al Poder Ejecutivo federal. Campañas como las referidas pueden distinguirse con facilidad de la crítica racional y ciudadana –la cual es saludable e incluso necesaria en cualquier contexto democrático– por su manifiesta adulteración de la verdad con propósitos desestabilizadores. Si tales prácticas son éticamente cuestionables en toda circunstancia, engañar y confundir a la opinión pública en el transcurso de una emergencia sanitaria como la actual no hace sino crear condiciones para un desastre; el golpeteo catastrofista aspira a convertirse en una profecía autocumplida.

Los intentos de desestabilización operan con millones de cuentas falsas ( bots) en las redes sociales y tienen por responsables a medios informativos, articulistas, académicos y opinadores, así como cúpulas empresariales y actores extranjeros como las agencias calificadoras o medios estrechamente ligados a los grandes capitales globales. En este rubro se encuentra el diario londinense The Financial Times, el cual publicó ayer un editorial en el que llama a la alteración del orden institucional mexicano al azuzar de manera explícita a opositores, gobernadores y líderes empresariales a unirse para imponer su agenda sobre la autoridad legalmente constituida. En sí mismo, el texto referido es un ejemplo de las falsedades o fake news ante las que alerta la ONU, pues combina lecturas sesgadas de la realidad, comparaciones carentes de sustento, afirmaciones aventuradas, esgrimidas sin más propósito aparente que el golpeteo, e incitaciones a la ruptura del cauce constitucional.

Lo que deja patente el Financial Times es un desprecio por la democracia y por la soberanía popular: en sus llamados a que las élites atropellen al poder público se olvida de que éste es resultado de un ejercicio democrático que dotó al actual gobierno de una legitimidad sin precedentes y de un mandato claro para cambiar el rumbo económico, reorientar las prioridades del Estado y abandonar el modelo neoliberal para embarcarse en la construcción de un Estado de bienestar. Así, con ese editorial el rotativo se coloca en las antípodas de los principios democráticos.

Es necesario llamar a quienes en México se han embarcado en esta aventura de deses-tabilización a que recuperen la sensatez, cesen en sus intentos por desacreditar a las autoridades sanitarias y desistan de pregonar la lógica del sálvese quien pueda mediante la siembra del miedo y el odio, pues lo cierto es que parten de un cálculo equivocado: a contrapelo de su discurso catastrofista, y sin desconocer errores y tropiezos, sociedad y gobierno trabajan en la superación de la crisis y en ese esfuerzo participan los actores más relevantes del sector privado. Cabe esperar, pues, que sin renunciar a su legítimo posicionamiento como opositores a la 4T piensen en el bien del país y lo antepongan a sus inconformidades. https://www.jornada.com.mx/2020/04/15/edito

¿Quienes somos?
«La sociedad en el espejo de las princesas»
Las transformaciones nacionales han sido tan vertiginosas y abundantes en estas dos décadas que no es fácil recordar la vida política y mediática del país en 1984, el año que nació La Jornada. No había por entonces en el país –salvo las excepciones de Proceso, el Unomásuno y algunas publicaciones marginales– medios realmente independientes del poder. Una red de complicidades, sumisiones y conveniencias, hacía la prensa una parte orgánica del régimen. El accionista principal de Televisa se declaraba “soldado del PRI” y no tenía más competidores que los canales del gobierno, cuyos directivos eran nombrados desde el despacho presidencial. Sólo unas cuantas estaciones radiofónicas ofrecían noticieros regulares y nadie soñaba con barras de análisis político ni resultaba imaginable la actual proliferación de locutores que no sólo critican al aire a funcionarios públicos sino que con frecuencia los amonestan y hasta los insultan. Los medios electrónicos de aquellos años no habían descubierto la potencialidad comercial de la política vista como producto de entretenimiento.

El poder político apelaba a variados y sutiles mecanismos de control de la prensa: desde la amistad y el compadrazgo con directivos y propietarios o pequeñas o grandes gratificaciones para reporteros y columnistas, hasta la privación de publicidad oficial o la negativa de PIPSA –monopolio estatal en aquel tiempo– a vender papel. Si nada de eso funcionaba, el régimen procedía a descubrir pecados en la contabilidad del medio insumiso o, como último recurso, a practicar la abierta injerencia en la vida interna de la publicación y al golpe de estado en asambleas de accionistas o cooperativistas, como ocurrió en Excélsior en 1976.

La uniformidad de la prensa era parte de la unanimidad de la vida política, la cual transcurría, básicamente, dentro de las filas del partido oficial y sus apéndices. Quienes trataban de fundar o mantener partidos independientes, fueran de derecha o de izquierda –como Acción Nacional y el Comunista Mexicano–, eran vistos como apóstoles ingenuos, si no es que como carne de presidio y tortura. Los sindicalistas que se apartaban de los usos y costumbres del corporativismo eran como víctimas de golpeadores y policías. Los activistas agrarios que renegaban de las ligas oficiales solían morir venadeados en algún camino rural. Y eso, por no hablar de quienes optaban por el camino de la guerrilla.

Hacia 1984, México era constitucionalmente un país democrático, federalista, igualitario, laico y respetuoso de la división de poderes y de las garantías individuales, pero en la práctica era una nación autoritaria, ritualista, centralista hasta la paranoia, obsesivamente presidencialista y violadora de los derechos humanos. El grueso de la sociedad, por su parte, toleraba poco las singularidades y diferencias y no estaba muy al tanto de su creciente diversidad. Ese entorno marginaba a los indígenas, a los no católicos, a las mujeres, a los no priístas, a los homosexuales, a los sindicalistas autónomos, a los artistas ajenos a la cultura oficial, a los migrantes, a los académicos, a los activistas de las más diversas causas sociales, a los que pregonaban la viabilidad de la democracia en el país, a quienes pugnaban por el establecimiento de un estado de derecho, a los que veían en la justicia social y la redistribución de la riqueza algo más que reglamentarias escalas discursivas. Esas porciones de la sociedad simplemente no existían para los medios informativo Con ese telón de fondo un grupo de periodistas decidió abandonar el Unomásuno por diferencias irreconciliables con la dirección del diario. La salida de la que había sido nuestra casa fue una ruptura dolorosa y nos tomó algunas semanas reagruparnos, reflexionar dialogar y acordar la pertinencia de echar a andar un nuevo periódico que diera cabida a las expresiones de pluralidad y diversidad, aún incipientes, de la sociedad civil, y que contribuyera a la preservación de consensos nacionales históricos que empezaban a correr riesgos por la infiltración en el poder político de jóvenes tecnócratas neoliberales: defensa de la soberanía, respeto a la autodeterminación, función rectora del sector público de la economía, redistribución de la riqueza, educación pública laica, gratuita y obligatoria, obligación del Estado de garantizar la salud, la vivienda y el salario remunerador, entre otros.
https://www.jornada.com.mx/ultimas/quienes-somos/

Efrén Mayorga

Eventualidades de una ciudad sonorense Con mucho gusto y no menos preocupación acepte integrarme a la blogmanía del periodista digital en su sección del periodista latino, a cuya dirección agradezco la oportunidad brindada; gusto por el placer de escribir sobre el quehacer cotidiano de una comunidad y preocupación por tratar de ser lo más responsable […]

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