Hace unos días, al despertarme, se me apareció Montilla. Embutido en un traje mao, la visión de su rostro de comisario político, la impasibilidad de esos rasgos achinados, fríos y despóticos, la conversión operada en quien ha pasado de cordobés de tierra de vino fino a la mejor encarnación posible de un Fouché silencioso, me produjo un extraño calor cerca de las orejas.
Fui al cuarto de baño y unas familiares rayas rojas y amarillas habían empezado a cubrirme la cara. No podía saber, aún, si las cuatro barras eran las catalanas o las aragonesas, sobre todo teniendo en cuenta que las catalanas como tales no existen, o sea, que se trata de una nación que usa la bandera de otra de la que sostiene que no lo es.
(Lógico. Si lo reconocieran, tendrían que admitir la existencia de dos naciones a la vez y no estar loco, lo que nos llevaría a las naciones de Machín, y más vale no proponer ocurrencias dado que ZP une, a sus reconocidas cualidades y escasas luces –como le atribuía días atrás el genial Manuel Alcántara-, la condición de plagiario sin mala conciencia: nadie puede tener malo lo que que no tiene.)
Acaso por eso, recientemente la policía lingüística del tripartito había obligado al bar de la Casa de Aragón a escribir Aragó bajo amenaza de fuertes sanciones. Ya no sólo les quitaban la bandera, sino hasta el nombre, con el aplauso de ese inefable colaborador acuático de Maragall que es Marcelino.
Lo único cierto es que algo me pasaba, una extraña rubeola cuatribarrada, puede que derivada del conocimiento de las teorías del dr. Robert, el magno científico que sostenía que los cráneos catalanes –supongo que sólo los nacionalistas- eran de mayor tamaño que los españoles.
Y si no era una ‘roberola’ tenía que ser una fobia, sin duda, tal y como acababa de advertir el buen Montilla, una catalanofobia coloreada que se había hecho dueña de mí.
Pero aquello no tenía sentido: hablo, leo y hasta escribo en catalán; diferencio perfectamente la variante oriental de la occidental, y, en ésta, al valenciano; adoro su poesía, de March a Martí i Pol, las canciones de la Marina Rosell, de la Bonet, del Quico, del Sisa, sobre todo del Sisa; y hasta siento una especial predilección por la música de un xenófobo antiespañol como Llach; en pocos sitios del mundo me encuentro tan cómodo como en Barcelona, a la que amo y en la que amé, y donde viven gentes extraordinarias y amigos inolvidables, viejos y nuevos. Tenía que hacérmelo mirar, tú.
Me puse a guisar unas habas a la catalana, con su butifarra negra, su tocino y su menta, mientras tomaba un aperitivo de anchoas sobre pan con tomate y unas gotas de arbequino, y comencé a rememorar cómo habíamos llegado hasta aquí, cómo se había producido en nuestras mentes indefensas esa ola de ‘robeola’ fóbica y anticulé.
No por casualidad, hace unos días surgía otra vez, desde el túnel del tiempo, Mosén Xirinachs, cura separatista que, siendo senador durante la Transición, había sido uno de los máximos defensores de la teoría guerracivilista de las cuatro naciones (el Galeusca –tres- más otra para el resto, a la que llamaremos Siervopaña o país de los siervos), la concepción de España que nuestro señor Zapazero asume hoy como propia.
Después de aguantar a Xirinachs, de que miles de profesionales, sobre todo docentes, tuvieran que abandonar Cataluña, de que sus jóvenes nazis, al parecer hoy apesebrados en la Esquerra, le pegaran un tiro en la pierna a Jiménez Losantos, empezó la era de los chantajes con los que Pujol fue extorsionando a los distintos gobiernos españoles cada vez que no obtenían la mayoría absoluta.
Y vimos cómo se marchaban presupuestos y prebendas hacia la zona más rica de España, la que se había hecho con los ahorros, la sangre, el sudor y la emigración de los nuestros, la que se había industrializado gracias a la protección de sus productos y a nuestra conversión en territorio cautivo: el mercado natural de Cataluña que decía el presidente de la Caixa el otro día, revelando, sin darse cuenta, lo único que somos para ellos: un mercado para explotar.
Y dio comienzo el aplastamiento y la expulsión de la lengua española de la vida oficial catalana, la inmersión lingüística del cinturón rojo de los pijoapartes para su conversión al catalanismo, para su despojamiento, con la inestimable colaboración del PSOE catalán de Montilla y Moriles, de Maragall y los señoritos de la ‘gauche divine’.
Luego tuvimos que soportar el “Freedom for Catalonia”, como si se tratara de una colonia sometida, y los anuncios en la prensa de todo el mundo (“Catalonia is a country…”) con que nos pagaron las ingentes inversiones de unos Juegos Olímpicos de Barcelona que, además, usaron para abuchear al Rey y, en el Rey, a todos los españoles. Más tarde asistimos a los discursos íntimos de Aznar, las decapitaciones de Vidal Quadras –“¡qué error, qué inmenso error”!- y Esperanza Aguirre, para desembocar en la llegada de Carod y su desprecio permanente hacia España –el odio al padre-, la canallesca, la vil tregua de ETA sólo para ellos, la campaña contra los Juegos de Madrid, la creación de Gas Natural, la compra de Repsol y la OPA sobre Endesa para tenernos a sus pies. Y además, ahora nos enteramos de que ellos sí vienen haciendo boicot desde hace muchos años a los productos españoles por no ir etiquetados en catalán, asunto promocionado por el separatista Omnium Cultural al que acaba de adherirse el Barça triomfant del camarada Laporta.
Y en la cumbre, el Estatuto, la nación, la pasta, el fin de España. Un proyecto que ha venido acompañado de expresiones tan socialistas como la de don Pasqualet de que “ya no era posible la solidaridad con las Españas”. Ahora ellos, sus voceros y sus empresarios pretenden ocultar la realidad, metérnosla sin que nos enteremos, especialidad de Casa Rubalcaba. Encubrir cosas como las apelaciones de uno de los ‘consellers’ de Esquerra a que ya era hora de que los españoles andáramos sólos, porque hasta este instante habíamos sido como menores de edad que sólo habían podido marchar gracias a la tutela catalana.
Pero es que si leemos la prensa catalanista, y allí ya no hay otra, tenemos que empezar el día flagelándonos y pidiéndoles perdón porque ¡vivimos de ellos!
¡Somos un pueblo de parásitos extremeños y madridoides catalanófobos que podemos comer gracias a la generosidad del trabajador pueblo catalán! En fin, que nos tratan como un país de tontos e inútiles que se lo debemos todo, y a los que, generosamente por su parte, ahora nos dejan solos para que emprendamos nuestro destino. Eso sí, sin Endesa e invadidos de caixas y caprabos. No se entiende, en verdad, que haya españoles que puedan sentirse algo molestos.
Encima, resulta que hicimos esta sandez de las autonomías sólo para satisfacerlos a ellos y a sus primos del coche-bomba, que cambiamos el modelo que más nos gusta a la mayoría de los españoles –el de vivir juntos- para que alguna vez se acabaran el chantaje y el permanente por saco de “soy más diferente que tú, tengo más hecho diferencial que tú, tengo más lenguas que tú, soy más europeo que tú, y hasta mi club de fútbol es más que un club”, y que no hemos conseguido otra cosa que poner a sus regiones en manos de estos gilinazis. Nos escupen y, si nos limpiamos, nos acusan de crispar y dividir.
El copón. No sé si voy a saber expresar, con los matices que el caso requiere, lo que al parecer empezamos a sentir los piojos y liendres españoles. Es un asunto que exige talante, buena disposición y capacidad para la sfumatura. Por mi parte, sólo puedo decir que ¡estoy hasta los cojones de nacionalistas!
Pero si dicho así no se pueden captar todas las aristas del problema, lo expresaré con más detalle: ¡Estoy hasta las pelotas de nacionalistas de los cojones! También se lo puedo decir en morse, Montilla. A ver si así me descatalanofobio.
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