El pacto santurrón que han terminado por suscribir los curas de la FERE con los curas del PSOE supone el remate de toda esperanza sobre el futuro de la enseñanza española. A ninguno le preocupaba, por supuesto, otra cosa que no fuera su prevalencia en las redes que controlan: ambos comparten la idea de un sistema educativo adoctrinador frente a la libertad y el conocimiento. Y los religiosos, además, no ignoran que fue la LOGSE socialista la que llevó a un crecimiento exponencial de la demanda de sus centros, y que esta LOE no es más que una copia casi exacta, incluso más gracias al pacto, de la LOGSE que tantos beneficios trajo a la enseñanza privada y concertada mientras destruía la pública. Esta OPA de los pastores socialistas a las ovejas de los colegios religiosos ha quedado, de momento, en tablas.
Todos contentos, pues. A los curas les prometen una subida de los módulos de sus conciertos, con un periodo en el que les permitirán seguir cobrando ‘suplementos’ que equilibren sus presupuestos hasta tanto no llegue ese incremento, y el PSOE puede presentarse como adalid de la nueva alianza entre las civilizaciones volteriana y vaticana después de sus últimas campañas comecuras.
La asfixia a que estaba llegando el zapatontismo ha llevado, sin duda, a que Alfredo, el gran Alfredo, el sofista mayor del Reino, el cínico de hormigón, haya entregado su proyecto de control de la enseñanza católica en los altares de la necesidad de romper el frente educativo que se les había venido encima. No es momento de seguir atacando a la Iglesia: ya llegarán las elecciones y habrá que volver a sacar el doberman, la Guerra Civil y la Inquisición.
Ahora consiguen cosas muchos más importantes: abundar en la presentación del PP como irreductible, presentarse como paladines del diálogo (a costa de “lo que sea”), sembrar la discordia entre algunos programas de la COPE -mientras mandan a sus juventudes carodhitlerianas a cerrarla- y una parte de la jerarquía eclesiástica (sobre todo la nacionalista, la de Cataluña y País Vasco, que es donde mayor presencia tiene la enseñanza confesional), comprar a los sindicatos de la privada (a los otros ya los tenían bien instalados en el pesebre) y a los profesores de Religión y, sobre todo, desviar definitivamente la atención del verdadero problema, que nunca fue la cuestión católica, sino la evidencia, universalmente certificada, de que tenemos un sistema de enseñanza que no enseña y que deja las cabezas de nuestros jóvenes en perfecta disposición para el aleccionamiento nacional-socialista. De ahí la aquiescencia de los socios de Zapatero: los feudos no se tocan, gracias a la engañifa por la que se confunden las enseñanzas mínimas (al arbitrio de las respectivas administraciones educativas) con enseñanzas comunes, de las cuales explícitamente, al parecer, nada se dice.
La redacción es muy representativa de la astucia tecnocrática con la que los logsócratas encubren la realidad gracias a su manejo de la jerga (y es un claro anticipo de lo que piensan hacer con el ‘estatut’: oscurecerlo). Y así hablan de que “los contenidos básicos de las enseñanzas mínimas requerirán el 55% de los horarios escolares…”. Fíjense en la redundancia entre básico y mínimo, típica de esta neolengua nacida para la ocultación, y en que lo común, si lo hay, se refiere a los horarios, es decir, al tiempo, pero no a cuáles sean los conocimientos ni su orientación.
En fin, que esas “enseñanzas mínimas” no tienen por qué ser iguales en todas partes aunque se suponga que dependen del Estado, lo que abre la puerta a pactos e interpretaciones posteriores según las necesidades parlamentarias. Lo importante para ellos, la obligatoriedad de la inmersión lingüística y la práctica expulsión de la lengua española y la historia común del sistema de enseñanza, queda perfectamente intocado.
Por lo demás, los principios pedagógicos y organizativo-ideológicos que han llevado a la ruina a nuestra educación, el odio a la cultura y el igualitarismo enemigo del mérito, se refuerzan. Los chicos seguirán así llegando a los institutos desde una primaria en la que no se pasa de enseñar el río del pueblo, habituados a “progresar adecuadamente” en la ignorancia compartida, para verse obligados a discurrir por un camino único que les niega la libertad de elegir lo que quieren y de comprometerse con ello. Seguirán en la infancia permanente a que los condena el ‘progresismo’, mientras los hijos de la burguesía (y de Montilla) se pagan buenos colegios ingleses y alemanes, para ir después a las mejores universidades extranjeras. El orden social, la paz de los corderos.
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