Fue como si nos hubieran abierto la cabeza a todos, la señal de alarma de que algo se acababa. El hombre que simbolizaba la más verdadera y fecunda revolución del siglo XX acababa de ser asesinado por un cazafirmas, por un dilecto antecedente de la juventud ‘granhermana’ que terminaría por sustituirnos.
Hace veinticinco años, en febrero de 1981, publiqué con ese título («Pero quién dijo que Mark Chapman estaba loco»)el que puedo considerar mi primer artículo legalmente reconocido, más allá de las ‘vietnamitas’ (para jóvenes: multicopistas de rodillo). Apareció en el número 1 de «El Rotativo Cultural», un periódico sobre cultura que, bajo la dirección de Ángel Montiel, editaba entonces la recientísima Consejería de Cultura de nuestra Preautonomía, el Consejo Regional de Murcia. Era consejero José Manuel Garrido -que acabaría siendo un gran director del INAEM en los primeros gobiernos de Felipe González-, un político extraordinario que supo incorporar a su proyecto -como en tantos otros lugares de España- a todos los jóvenes que por aquellos días habíamos llegado a Murcia con el ansia de ruptura con el pasado de nuesta generación a cuestas. Éramos los rockeros de los setenta, los hermanos pequeños de los jóvenes del 68 que comenzaban a gobernarnos. Éramos los ilusos que creíamos en el cambio que ya estaba en nosotros. Y hasta por lo menos el 85, nos lo creímos todo. Hoy seguimos defendiendo lo mismo que entonces, la libertad, fumando y bebiendo como entonces y, por cierto, también las mismas cosas que entonces, aunque ahora haya quienes hayan decidido que ser de izquierdas es no fumar ni beber y salir de paseo con Ternera y Carod. Allá ellos.
No sé si uno es viejo porque ya tiene historia, o se hace viejo cuando acepta que tener historia es una coartada para desaparecer. De algo así trataba este artículo, creo que de forma muy significativa, porque quería ser un grito contra ese desencanto -la película de Jaime Chávarri sobre la familia Panero es un hito generacional: nosotros éramos los Michis, el final de raza de los ‘cien años de soledad’- en que acabaríamos refugiados, ese conformismo con la estafa de un mundo que no iba a ser exactamente como lo habíamos soñado.
Empecé, empezamos a escribir, pues, cuando se murió Lennon, no sé si para salvar nuestros sueños o para salvarnos en ellos, pero desde luego sí para rebelarnos contra la tristeza y la mentira que se avecinaban. Los años ochenta fueron aún nuestro reino.
Incluyo aquel texto a continuación, sólo levemente coregido, aligerado, con sus errores y su ingenuidad. Reescribirlo completo hubiera sido una espantosa versión chill-out de uno mismo. O sea, una gilipollez. Ojalá que todo lo que he escrito después haya respondido a ese impulso inicial de quien no quiso hacer de la muerte de John la pira funeraria de su juventud. Y lo hago, y perdonéseme el ejercicio de nostalgia, para celebrar y compartir este veinticinco aniversario de escritor de artículos, que han sido, junto a la poesía, mis verdaderas pasiones literarias.
Tampoco es casualidad que, ya entonces, aquella primera sección mía se llamara «Crónicas de entretiempo», a las que luego sustituyeron las «Crónicas mestizas» en otras publicaciones, para acabar con las actuales «Crónicas malabares» que duran desde hace quince años. También todas respondían a aquellas ambiciones juveniles de renovación, de ruptura con los géneros y las preceptivas que marcaron nuestros posmodernos devenires, aunque entre mis amigos se rebautizó aquel fenómeno gozoso como el ‘miajamodernismo’ (que éramos ‘una miaja modernos’), con el sano y posmoderno sentido del humor de no tomarnos nunca demasiado en serio. ¡Qué lejos todo aquello de esta España emputecida de mediocridad y sectarismo, que cree que ser moderno es volver a la Guerra Civil y a las fronteras de los Austrias!
Y ojalá que también la memoria de John nos sirva para recordar aquella alegría de vivir. Para que no sea cierto que hemos perdido el alma en el camino.
Pero quién dijo que Mark Chapman estaba loco
No recuerdo en qué momento decidí no caer en la trampa. No recluirme religiosamente a orar por la pérdida ritual de mi pasado, ni contribuir con mi lamento al asesinato definitivo. Eso hubiera supuesto, efectivamente, admitir la victoria de Chapman, aunque haya que admitirla, hubiera supuesto reconocer que había cumplido su objetivo: Chapman es el héroe de la desesperación, aquel que se apresta a asumirla sin signos que salven, combatir solo, destruir todo cordón umbilical con la esperanza. Le resultaba demasiado insoportable la violencia de mantenerse a flote, el conflicto entre el desaliento y la necesidad de su contrario, la vulgaridad vital cubierta de guindas.
Chapman iniciaba así, él mismo, el ciclo del lamento puro, y todo el mundo encontraba un perfecto símbolo de derrota, una señal visible de que hay que terminar, una justificación para encerrarse en las casas a rememorar lo hermosos que fuimos.(Sigue…)
La noche que me lo dijeron, yo mismo estuve tentado de lanzarme a decorosas palabras sobre la desaparición del mundo en que habíamos vivido y, sobre todo, del mundo en que quisimos vivir. De hecho, las personas que me rodeaban bebían silenciosas, se preparaban a bibir silenciosas, recorrían con una mirada formalmente extraviada su historia, la sonrisa con que habían acudido al sueño, que ahora adquiría su verdadera dimensión como tal, y llegaban a la ausencia de emoción presente, a un estúpido asesinando a John Lennon en la puerta de su casa, convirtiéndose en el primer sacerdote de la supervivencia vegetativa, consagrándola. Salí de allí. Chapman quería obligamos a aceptar en nuestro territorio la ocupación de la nada, a firmar una paz incondicional y, por tanto, ficticia.
Por otra parte, y como explicación a mi ausencia inmediata de lágrimas, yo no conocía a Lennon sino a su personaje, es decir, al objeto de estudio, pero no al investigador, aunque éste alimente de visceras al objeto y los dos convivan bajo las mismas gafas. De cualquier manera, me parecía que a ninguno de los dos les hubiera gustado que dimitiéramos de todo deseo, que dejáramos de intentar la alegría, que nos arrinconáramos en nuestras habitaciones a llorar porque estábamos asquerosamente un poco más solos, mientras ellos cantaban Julia en nuestro casette de Andorra. Chapman clausuraba un proyecto de vida, pero sólo si le ayudábamos, si le ungíamos de contenido.
Al contrario, se trataba de seguir intentándolo, de escribir cien veces «no rendirse» cada mañana en el desayuno, levantarse pensando hoy puede ser, mantener la emoción y desear salvarse, que es lo único que salva. No debíamos sumamos al coro de las patrañas que nos solemos contar a nosotros mismos en los días de lluvia, cuando justificamos la soledad porque el tiempo no es bueno, cuando utilizamos los recuerdos para intentar tapar un poco el hueco, que no se note demasiado, asegurar que es simple falta de fuerza, degeneración biológica de la especie. Chapman no. Chapman, sin coartada y sin guindas, había optado por la terapéutica más seca: la eliminación, y enfrentarse con la mediocridad sin ataduras, sin permitir que nada distrajera su atención del proceso de derribo, presidiendo los escombros.
Ha debido sentirse satisfecho de ver a miles de llorosos organizando minutos de silencio, haciendo examen de conciencia, negándose a sí mismos cada día, remitiéndose a la mudez resbaladiza de quienes han luchado pero no fue posible. La significación de su acto se la daban los demás: de lo contrario sí hubiera sido un acto estúpido, gratuito y sin sentido. Pero a John le hubiera gustado seguir saliendo a las calles y encontrarlas llenas de buena gente, gente que deseara un mundo muy alegre, en el que la máxima preocupación fuera escoger el color para tintarse el pelo y seducir a tu amante. Chapman se ha encargado de que no.
Ahora ya podíamos todos enterrar las baladas en bien cubiertas esquinas de nuestro corazón, ya podíamos entrar en el coro clásico que canta las desventuras y representa lo fatal, ya podíamos negar en homenaje a la memoria renovada de quien afirmó, ceder sin mala conciencia, con resultados a la vista. Era, sin duda, un artero chantaje que no debiamos tragamos.
Gasté en champán el dinero que guardaba para las obras completas de algún tipo pastoso, y convidé a todos aquellos que me sonreían sin motivo, sin conocerme, sobre todo a una criatura clara que terminó lamiéndome la oreja con moderación. Y me emborraché para olvidar a Chapman, para olvidar a John, para olvidar a Yoko, para olvidar sobre todo a Yoko y sus piras funerarias, y pensar que seguía siendo cierto lo que ya no lo era, las patrañas de los dias de lluvia cuando te mira alguien que también las cree, desearlo al menos. Aunque no comprara champán, ni encontrara a ninguna criatura, ni siquiera me emborrachara. Hacía algo de fresco aquella noche.
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