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ZPatriota (de sí mismo)

Javier Orrico 20 Dic 2005 - 20:55 CET
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Al hombre que nos sorprendió con esa gran revelación, ajena al tópico y al camelo, de que su patria era la libertad, desde hace unos días no se le va de la boca la palabra España. Hasta que ayer, ya, se plantó en Afganistán, donde no hay guerra, como se sabe, sino playtalibánstation, a homenajear a los soldados caídos en el accidente de helicóptero de hace unos meses con un discurso inflamado de españolidad inquebrantable y cañí.

Lo reseñable es, además, que lo hace exactamente 24 horas después de aleccionarnos sobre el patriotismo, que al parecer consiste no en buscar lo mejor para la sociedad en que uno vive, sino en no someterse a los intereses de Norteamérica. Y para dar ejemplo se va de visita al país en el que llevamos combatiendo junto a los norteamericanos varios años, el primero que invadieron tras el atentado contra las Torres Gemelas. Es, sin duda, una curiosa manera de insumisión contra Bush.

Notable ha sido, pues, el cambio acaecido en este neopatriota hispano ZP. De su patriotismo libertario ya habíamos tenido sobradas muestras en su alianza con grandes amigos de la libertad como Esquerra Republicana y sus jóvenes neonazis, en su habilísima maniobra de postración del parlamento y la soberanía nacionales a los pies de ETA cuando estaba hundida, en su tarea de división y olvido de las molestas víctimas del terrorismo, en su estrechamiento de lazos afectivos y económicos con paladines de la libertad como Castro, Chávez y Mohamed VI, o en las honestas y efectivas comisiones de investigación sobre el 11-M y el incendio de Guadalajara. Todo ello era más que suficiente para que Zapatero pasase a la Historia como un líder providencial.

De ahí que no hayamos podido evitar una cierta extrañeza al oírlo hablar de España, de la que hace sólo unos meses no sabía siquiera si era una nación o una aluci-nación, asunto que le parecía de escaso interés y que era capaz de sortear hasta con ocho fórmulas distintas. En su afán por seguir usando el fantasma del franquismo para encubrir sus propios desmanes, el patriotismo le resultaba una antigualla reaccionaria. No sólo el patriotismo primero, el de la lealtad a una cierta idea de España, que no es otra cosa que respeto a la memoria de los que nos precedieron, a sus sacrificios, a la belleza, el arte y el heroísmo que nos han dejado como herencia, a la lengua universal, a su afán por construir una nación ejemplar, desde el interior y desde el exilio, desde el dolor, el trabajo y el amor a su país siempre. Ni siquiera el patriotismo democrático y constitucional, el de la patria de los ciudadanos libres, el de los hombres que buscan el predominio del civismo, la ley, la justicia, la igualdad, le parecía a ZP aceptable. Antes bien, incompatible con esa estupidez de la España plural (que no es más que una acumulación de Españicas singulares e intolerantes, totalitarias y enemigas de la libertad) que ha estado promoviendo frente a la única pluralidad verdadera: la de las personas y sus derechos.

Ahora, sin embargo, de súbito, a Zapatóptero le ha entrado un hondo sentimiento patriótico, constantemente nombra a España arrobado, transido de emoción, río de sangre cuajada de eternidad y cielo español, solo por azar coincidente con el intento de lavarle la cara al estatuto de Cataluña antes de que el boicot se los trague juntos.

¿Tendrá algo que ver tanto patriotismo con los sondeos de intención de voto? ¿Será el novedoso patriotismo de ZP, entonces, de ése que se utiliza sólo para la propia perpetuación, el totalitario, el que identifica a las patrias con sus caudillos, al modo de sus amigos Chávez y Castro, al modo franquista que ya sólo perdura en las ‘nacionalidades’ vasca y catalana?

Sin duda, lo que manifiesta semejante volubilidad es la falsedad del personaje, su impostura, su deslealtad a todo lo que no sea su proyecto personal, su incapacidad para mantener unas posiciones aparentemente propias más allá de la coyuntura en que se encuentre, la estafa meridiana de todo su discurso, su radical carácter de envoltorio, celofán, cartón, carcasa, nada. Dentro de su tantas veces manifestada inconsistencia, al menos antes parecía creerse las sandeces sobre España, Cataluña, Euskalherría y el conflicto que sus socios le habían contado en las largas conversaciones tripartitas. Su metamorfosis resulta, para quien tuviera dudas, la prueba de que de él no puede fiarse nadie, y los suyos menos que nadie. Es la encarnación del oportunismo y el embusterismo políticos, un tipo que, esencialmente, no cree en nada más que en su resentimiento y su ambición, y que por eso cambia de patria y de proyecto como el que cambia de detergente, al son de las encuestas. O eso, o en verdad estamos ante un tonto solemne y peligroso.

Hoy pretende terminar de engañarnos a todos, catalanes incluidos, echando un poco de agua en un estatuto incendiario que él avaló, solicitó y propició para ponerlo al servicio de su nueva condición de paladín plurinacional y Príncipe de la Paz, habiendo conseguido enconar el problema de los nazionalismos como nunca en estos últimos veinticinco años.

Y así vamos de su mano, pepeluís, camino de encontrarnos, dando tumbos entre la patria de la libertad y la España eterna de sus ojos transidos, sin España y sin libertad.

Javier Orrico

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