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¿Una web donde no se hable del País Vasco ni de Cataluña? (II)

Javier Orrico 22 Mar 2006 - 11:30 CET
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Lo que ayer afirmaba, la necesidad de reconducir el mapa de la información española, ocupada casi al completo por quienes no quieren serlo -y ayer mismo dieron un paso trascendental para ello-, no era sino un intento de explicarme y explicarnos a todos por qué tenemos que contextualizar cualquier cosa que no provenga de Cataluña o País Vasco, ante el absoluto desconocimiento que tenemos de la realidad española. Hemos creado un auténtico sistema de incomunicación entre regiones que es hora de empezar a deshacer. No nos va a quedar otro remedio, dado que dentro de poco las páginas de Nacional serán sólo de una nación que nada sabe de sí misma, mientras para las noticias vasco-catalano-galaicas habrá que inventar las páginas de Plurinacional o Espainya zarapatera (y triste).

Viene todo esto a cuento de lo que voy a colgar a continuación, el políticamente apasionante enfrentamiento entre el alcalde socialista de Lorca, Miguel Navarro, y la actual dirección regional de su partido en Murcia, y, por elevación, con la política de Zapatero. Navarro se ha enfrentado al PSOE desde que ZP eliminó del Plan Hidrológico Nacional, a traición y con alevosía, el trasvase del Ebro hacia el Sur. Ahora ha acentuado su enfrentamiento, al imponer una política urbanística (la que defienden todos los alcaldes socialistas) contraria a la que, con la intención de desgastar al PP, sostiene el joven líder zapaterista murciano, Pedro Saura. Para quienes no lo sepan, el municipio de Lorca, con 80.000 habitantes, tiene la misma extensión que la provincia de Guipúzcoa. A eso se acoge Navarro. Y desde luego, aunque personalmente estoy en contra del modelo resort, no creo que sean los mismos socialistas que han construido ferozmente en Cataluña o Andalucía, o que apoyan los intereses de alguna Caixa que está invirtiendo en ladrillo por doquier, los más autorizados para exigirle a Navarro el cambio de política. Máxime cuando la falta de agua para la agricultura en que han sumido a Lorca la deja sin otra salida que el turismo, único sector capaz de pagar el precio del agua desalada. (He aquí el artículo.)

EL PAPA LUNA REINA SOBRE LORCA
(La Opinión, 19 de marzo)

Sobre la Fortaleza del Sol, convertido en cismático y hereje, Miguel Navarro, el Papa Luna, el alcalde-hotelero que llegó del desierto y hacía paradores sobre los restos de Jerusalem, se sabe el último nazarí, un fin de raza condenado a cien años de soledad. Contempla lo que fue su mundo, los eriales al Norte, los mares de alcachofas heladas sin más horizonte que ponerles encima pelotitas de golf, los almendros ateridos y resecos, las calas vírgenes y moras sobre las que quizás no haya otra esperanza que un Miami de invernadero y morcillas, las pedanías yermas, envejecidas, lejanas, solas, cuyos últimos habitantes aún se comunican como seres humanos anteriores a la revolución digital, y sueña con salvar todo eso, con que Lorca se salve, con sustitutir la incertidumbre de un agua que su propio partido le ha negado, por la certeza de la libra esterlina, de los ‘caddys’ y los ‘green’.(Sigue en pág. 2)

Lo que quede tampoco será ya Lorca. Imaginar la Zarcilla de Ramos, Coy, Doña Inés, llenos de ingleses, de noruegos, de tiendas que venderán salmón ahumado, de fotocopias de ikeas, de pantaloncitos de cuadros y terrazas donde servirán ‘beans con ketchup’, tampoco es para emocionarse cantando, con son de pardica, “la mujer del alcalde del Moralejo, que se arrastra por el ‘green’ con el ‘conejo’”, que será ya lo único que se podrá cantar en los ‘putting-clubs, golf and country’.

Lo malo de los ‘resort’ es que no son una ‘habitación’, sino una ‘ocupación’. No vienen habitantes nuevos, a vivir como nosotros, entre nosotros, a regenerarnos, sino que trasladan pedazos de campiña inglesa pasados por California y nos los colocan en La Paca, que ahora ya será L.P., o Miss Francis, no más que grandes residencias de jubilados que se retiran como lagartos al sol de lo que fueran páramos y colinas, y ahora serán pastos y ‘hills’, paisajes impostados e impostores.

Pero yo soy un romántico, es decir, un señorito conservador que defiende su infancia y su memoria, un mundo quieto, un pasado amarillento y fijo que no permita que nos llegue la muerte entre ‘guiris’ en chándal. Eso es lo que me queda de progresista sostenible, la parte inconfesa y mártir de una juventud izquierdista, o sea, reaccionaria. El romanticismo es siempre un movimiento de resistencia ante la muerte, ante el cambio y el tiempo fugitivo. El romántico es el burgués acomodado que se aventura a combatir en lejanas revoluciones, en guerras de liberación contra los imperios, en regiones remotas y peligrosas, al encuentro de mujeres fascinantes con navajas entre los labios, como hacían los viajeros por la España del XIX, pero que al volver desea encontrarse su ciudad intocada, sus campos exactos, la imagen de sí mismo corriendo por un mundo reconocible y amado. Lo que no sé es qué piensan en Zarcilla. Si hay alguna alternativa a ese futuro de pasar de agricultores a cortadores de césped.

Al parecer, Navarro no combate sólo con palabras engañosas, como su señor ZP, sino que tiene estudios, prospecciones, informes. Hace mucho que deberían habérnoslos enseñado, tanto los alcaldes como el Gobierno regional. Si no me aplastan con datos incontestables, si no demuestran que no nos queda otra salida en esta Ex-paña de taifas, donde cada nueva nación tendrá que ser autosuficiente gracias a “ZP, el disgregador”, seguiré creyendo, con Escarlata O’Hara, que el peor modelo es vender lo nuestro, la tierra, y dejar que sobre ella crezcan las flores venenosas de la especulación, los mares de apartamentos y jardincitos despersonalizados que habrán hecho de este viejo barranco de la Historia un lugar por el que no valdrá la pena luchar.

Lo triste es que no es esto lo que hoy separa a Miguel Navarro de los que dicen ser los suyos. No hay tal enfrentamiento de modelos, sino sólo de estrategias, de quítate tú, que me ponga yo. La sangría antiespañola de ZP necesitan compensarla donde y como sea. Y Pedro Saura no tiene otra arma que no sean esos ochocientos mil disparates previstos, más de la mitad por su propia gente, a la que no puede pedirle que se haga el hara-kiri por Zapatero. Se escudan en una diferencia de número de chaletes. Pero los 10.000 del ‘progre’ de Abarán, aquel que autorizó la actuación de los proetarras de Sociedad Alkoholika, son muchísimo más devastadores que los 100.000 de Lorca. El verdadero cisma no es, por tanto, de Miguel con Pedro, aunque también, sino del PSOE consigo mismo. Por eso viven ya sólo de gestos, de políticas de ‘género’ y damas ofendidas, de leyes demagógicas y discursos de alhelíes.

El PSOE no puede pretender que los dúplex son malos aquí y estupendos en Cataluña, en Andalucía, en La Mancha-green. Que cuando los hace alguna Caixa son sostenibles –“home, clar, son ‘resorts’ del Barça”-, y cuando los hacen nuestros propios capitalistas, no. La verdadera naturaleza mentirosa de este ZPsoe es que juega a capitalismo y a antisistema con la misma mano. Es decir, que juega a ‘prisa’, a franquistas travestidos de antifranquista, a ricachones fundadores de ONG,s contra la usura, a señoritas de buena familia poniéndoles el nuevo domund de la alianza de civilizaciones a las negritas a las que han dejado sin clítoris los aliados de ZP.

El Papa Luna Navarro se ha levantado contra ese cinismo. Recuerda el agua robada. Opone el pragmatismo felipista a la engañosería zetapera. No va a perdonarle tampoco a Saura que lo dejara sin retiro y ahora quiera dejarlo sin retirada. Es el último viejo socialista contra el nuevo socialismo posmoderno. Un maestro de pueblo contra los políticos de ‘marketing’. El que se conoce hasta al último vecino frente a los líderes ‘wi-fi’. Se morirá cismático y lorquino. Por eso nunca le perdonaremos que vaya a cambiarnos los almendros por agujeritos con banderín.

Javier Orrico

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