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La venganza de Bono

Javier Orrico 15 Oct 2006 - 20:07 CET
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Comienzan a salir los zombies de sus tumbas. Ya lo ha hecho el primero. El Bono de la Mancha, ilustre ‘obsiso’, el agredido imaginario, el que se vio tragándose los sables, Estatut adelante, el ministro aerotransportado, el español sin España, el chico de Albacete que inventó una región, el ambicioso demediado, el partidario sin partido, el primer dimisor del zetapismo, el cadáver… ha vuelto. Creyó el bobo malvado ZP que podría enchufársela dos veces, echarlo a Gallardón tras haberlo humillado en el Gobierno, rematarlo por si aún le quedaba algún futuro. Con la maniobra, dirigida por la otra gran inteligencia del socialismo emergido, Pepiño Blanco, desactivaban a dos posibles adversarios.

En primer lugar, al Gallardón de la yenka, el político mejor visto por todos los que nunca le votarían, peligroso en la medida en que repitiera un triunfo en Madrid –si consigue acabar la M-30 a tiempo y dejar de martirizarnos- y se alzara como alternativa a un Rajoy sin aliento, por lo que se necesitaba ponerle frente a su espejo. En último extremo, Gallardón es, de los políticos de la derecha, el menos preocupante para los verdaderos intereses ocultos tras Zapatero: el capitalismo progre y los plurinacionales, por lo que sus triunfos siempre serían un mal menor frente a lo que podría suponer Esperanza Aguirre.

Y en segundo lugar, y como verdadero objetivo de todo el plan, acabar con Bono, abocado a una casi segura derrota, como ‘díscolo’ de la izquierda, frente al ‘díscolo’ de la derecha. Aparcados en sus cementerios políticos González, Guerra, Ibarra, Vázquez, Leguina, todos los barones históricos, salvo Chaves, que tiene una familia que alimentar, gracias a las operaciones del propio ZP (como Franco, se ha cargado a todos sus generales) y a los silencios cómplices con la destrucción de España de estos que fueron “Itálica famosa”, ya no quedaba más que Bono. La voluntaria retirada del albaceteño antes de que la sumisión a ZP y sus errores en Defensa lo dejaran por completo inútil, su discreción tras las putadas que se le hicieron, le convertían en un posible salvador de un PSOE conducido sonrientemente al abismo, y en el que podían pensar sus compañeros cuando las consecuencias de la gobernación zetapera comiencen a hacerse irreversibles.

Si no fue bastante con la demostración del Camp Nou, con los separatistas autorizados por ZP y Villar gritando “españoles, hijos de puta” y “puta España”, en la mejor tradición de ese nuevo gurú de la izquierda que es Rubianes, cuando los presupuestos del Estado sean efectivos, y se perciba que no viene un euro a las regiones españolas que no sean socialistas –y a algunas, ni así-, entonces puede que hasta los ciegos de sectarismo perciban en su plenitud en manos de quién estamos. Pero, sobre todo, cuando el pacto con la ETA vaya cumpliendo sus fases, revelando su indecencia. Esa sería la hora de Bono, la hora de encabezar una revuelta pretoriana, la hora de recuperar a los Redondo y Díez, Mora y Pagaza, apartarse de los Montilla y Moriles, ser el nuevo Besteiro frente a ese Largo Caballero de la Señorita Pepis que es ZP.

Y, encima, si a Bono se le ocurría triunfar en Madrid, no hubiera hecho
sino aumentar las posibilidades de vencer del propio Zapatero. Todo eran ventajas, pues, no tanto para el PSOE, como para un ZP cuyas decisiones buscan siempre su propia prevalencia personal.

En el mismo sentido, a causa de la estrategia de enfrentamiento que ZP puso en marcha desde el inicio de su mandato, exactamente lo contrario de lo que prometía, la necesidad de presentar seriamente batalla en Madrid viene dada por la trascendencia de unas municipales y autonómicas que, como en abril de 1936, vuelven a ser mucho más que unos comicios locales. Zapatero ha conseguido en sólo dos años y medio, a través del Pacto del Tinell y las conversaciones con ETA, una escisión casi completa de la sociedad española. Eso es lo que
hace de él uno de los peores gobernantes que haya tenido España. Nunca se hizo tanto daño, en nuestra historia reciente, ni se trabajó para dividirnos con tanta eficacia, salvo en aquellos años desdichados de una República también frustrada por el resentimiento y el sectarismo. Si el PP resistiera en Madrid, en la Región de Murcia, en Valencia, en Navarra; si las capitales andaluzas, gallegas, castellanas, manchegas demostraran que las clases medias están contra el nuevo socialismo y su España plurinacional, el imperio de ZP comenzaría a tambalearse, y ésa es, lamentablemente, la única palanca de movilización de un PSOE abotargado y pesebrista que sólo se rebela si cree en peligro los sueldos. Había, pues, que eliminar a Bono, enviarlo a una batalla imposible o a un cargo del que no pudiera librarse.

Con lo que no contaban era con Bono. Con que no estuviera dispuesto a caer dos veces en la misma trampa. Ha sido deliciosa su venganza. Ha hecho picar a los dos bobos, les ha dejado tragarse el anzuelo, creer que, una vez más, la vanidad lo perdería. Y entonces ha tirado. Fuera del agua, agitándose nerviosos, llamando a mami
De la Vega para que venga a salvarlos, es la primera vez que alguien en el PSOE les ha plantado cara, ha desnudado a este par de cretinos. Todo en un día. La unidad de tiempo dramático que nos prescribían los clásicos, siguiendo a Aristóteles. Cazurro y florentino, gracias, Pepe. Nos hemos reído mucho.

Javier Orrico

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