Lo que el pasado domingo salió a manifestarse por las calles de Murcia no fue, en modo alguno, una muestra de la unidad de acción contra el terrorismo, a pesar de que todos hayan jugado a ello por razones tácticas, sino de todo lo contrario: de la profunda desunión que el zapatero desgobierno ha traído a España. Así lo indican los mismos lemas separados de las convocatorias, el lugar ocupado por cada una de ellas, las justificaciones claramente diferentes.
Por un lado las organizaciones sociales y políticas que se han convertido en sostén y correa de transmisión del zapaterismo; por otro, los que se niegan a aceptar una “solución dialogada de la violencia” que no es más que la derrota de la democracia, la claudicación de la ley; y en el medio, intentando tender algunos puentes, Comisiones Obreras, al menos las de Fidalgo, junto a una UGT que asiste con ellos para disimular, pero que es hoy una organización subsidiaria de un ZP que les regaló al principio de la legislatura nada menos que veinticinco mil millones de pesetas. Ingratos serían si se le resistiesen.
Y no podía ser de otra manera, puesto que la tal unidad no existe, no es más que un fetiche que ha calado en la opinión pública, la cual, sin duda, añora lo ocurrido con respecto a ETA antes de la llegada de ZP al Gobierno, cuando PP y PSOE estuvieron en verdad unidos (siguiendo al socialismo vasco de Nicolás Redondo, que tanto echamos de menos), para no darles a los terroristas ninguna salida que no fuera la entrega de las armas.
Los españoles sabemos, en efecto, que no ha habido mayor retroceso que habernos escindido en cuanto a lo que había que hacer con la ETA. Y los terroristas saben que ese es un avance extraordinario para obtener sus fines: hay una mitad de España a la que ZP ha hecho cambiar de posición y que ahora se muestra dispuesta a negociar y ceder ante ellos, incluso después del espantoso atentado de Barajas, uniéndola a todos los que sueñan con la disgregación del Estado, que fue siempre su objetivo esencial. Es decir, con los nazionalistas vascos, catalanes y gallegos que, sencillamente, persiguen dejar de ser españoles, como la ETA; y con otros pintureros como la Chunta de Labordeta, el nacionalismo guanche, los pancatalanistas valencianos, los nuevos zeñoritos de la realidad nacional andaluza y hasta la última y fantástica incorporación de los nacionalistas “llioneses”, que han dado un extraordinario salto de progreso regresando, mil años atrás, al viejo dialecto medieval del reino de León. Ya sólo nos falta normalizar la “llengua murciana”, pero todo llegará.
Así pues, dejémonos de circunloquios y engaños, amagos y despistes, tan propios del inmoral que es ZP. La unidad es una carcasa hueca, una rueda de molino para triturar a quienes se opongan a los designios zetaperos. Lo que estamos discutiendo son dos cosas muy claras y que están profundamente ligadas entre sí:
1º Unidad para qué. Si se trata de ir unidos al degolladero nacional, hay que negarse. A mí esto de la unidad y la PaZP me recuerda cada día más a Franco. Ahora ya el nazional-sozialismo parece incluso querer reconstruir las Cortes orgánicas. Y además, existiendo la unidad anterior, ¿quién es el que ha cambiado? ¿Quién el que comenzó a usar, nada más llegar al poder, la política sobre ETA para arrojársela a su antiguo aliado? ¿Quién es el traidor? ¿Quién, el ambiguo? La única unidad posible es la de vencer, la de negarse a vivir bajo la tutela de la porra de cualquier iluminado que mañana, despùés de la ETA y siguiendo su ejemplo, empiece a ponernos bombas para qué se yo, la provincia de Cartagena (sin que esta alusión sea acusación alguna, no se me solivianten, que es sólo un ejemplo) o la legalización del burka. ¿Cómo resistiremos al fanatismo islámico tras la humillación ante la ETA? Si es eso lo que persiguen el zapaterismo y sus voceros, al menos les ruego que me lo indiquen claramente para que me busque otro sitio donde los hombres aún quieran ser libres.
2º Pero la verdadera cuestión no es otra que la de siempre, que ahora ZP ha llevado a un nuevo paroxismo: España, qué España queremos. Si la de un territorio con leyes y derechos iguales para todos, la que nació en las Cortes de Cádiz, la democrática, liberal y moderna, la que la doble pinza de la reacción tradicionalista y los carlismos nazionalistas frustró en su desarrollo, hasta que creíamos haberla conseguido con la Cosntitución del 78; o la España de ZP, la Zetapaña, la del regreso a los feudos y las lenguas “llionesas”, la de las castas locales, la de las selvas de leyes que sólo supongan discriminación y legitimación del desprecio de unos hacia otros, la de los racistas sabinianos aliados con la izquierda más reaccionaria y sectaria que hayamos conocido, la que plantea cordones sanitarios contra todos los que queremos seguir viviendo juntos y revueltos. Aquellos que antes teníamos dos grandes partidos para votar, para cambiar los gobiernos, y a los que hoy no queda más que un PP desbordado muchas veces por la responsabilidad que le ha caído encima, para resistir frente a quienes no quieren sino rematar la nación. Este es el drama, siempre pasado por los espejos del callejón del Gato, el esperpento hispánico otra vez.
Y este, el verdadero dilema. Ciento sesenta años depués del inicio de las Guerras Carlistas, seguimos ante el problema irresuelto de nuestro cainismo y de nuestra incapacidad para construir una ciudadanía sin más identidad que la de las libertades. Zapatero ha llevado a la izquierda a donde nunca estuvo: a aceptar la disolución de España como única salida para sus males. Una sociedad de trincheras donde las ideologías, hoy diluidas por la derrota real del socialismo, sean sustituidas por los guetos multiculturales (vean Alcorcón), sexuales, religiosos y territoriales. Tribus para todos. Juntos, pero no revueltos, como en la manifestación de ayer.
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