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El feministo

Javier Orrico 19 Mar 2007 - 19:38 CET
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La verdad es que parece el título de una película de Mariano Ozores, el gran realizador cómico al que tantas carcajadas le debemos. Cuando vemos la poquísima gracia del cine español de hoy, tan aburido incluso en aquellos que quieren parodiar las comedias de Ozores, Lazaga, Merino (me refiero, claro, al gordo éste que ya no es gordo, pero que sigue siendo calvo y feo, no me viene a la cabeza, el del Torrente…), recuerdo aquellas pelis de los sesenta y primeros setenta, pero también los disparatados sainetes sin pies ni cabeza que los Ozores nos brindaron en los ochenta, y creo que con Zapatero habrían hecho verdaderos monumentos de farsa gruesa. El personaje tampoco da para más que para una cosa así como “El feministo”, con Fernando Esteso y Pajares en los papeles de ZP y Pepiño Blanco, rodeados de señoritas estupendas en el papel de las feministas, Antonio Ozores de López Garrido, y Laly Soldevilla de María Teresa Fernández de la Vega.

Declaraba ZP la misma mañana en que el Congreso aprobaba la Ley de Igualdad, que él es “liberal”. Hay que pensar que estamos ante una leyenda de la jeta. Mucho más grave sería pensar que se cree lo que dice. Un caradura evidente no es más que una versión desnuda del político, pero un tonto infinito es una plaga de Egipto. El caso es que el “liberal” ha establecido el reparto por sexos de las listas de todos los partidos, no sólo del suyo, el lenguaje que habrá que utilizar a partir de ahora –eso es de otra norma, que ya nos venían imponiendo, pero forma parte del conjunto y constituye un ataque inconcebible contra la libertad personal- y hasta el sexo de los dirigentes de las empresas.

Las feministas de clá gritaban a su salida “ista, ista, ista, España es feminista” y «Zapatero feminista». Les faltó, es una sugerencia para la próxima vez, vestirse de animadoras de baloncesto, con sus falditas cortas, y comerse a besos a su líder feministo mientras le arrancan trozos del traje y se hacen relicarios con sus botones. Como van con tanto retraso –algunos se han hecho antifranquistas ahora-, se creen que es la hora del feminismo, afortunadamente una antigualla en una sociedad que hace mucho que determinó que una de sus señas de identidad era la igualdad de derechos de hombres y mujeres. Curiosamente, este es el mismo gobierno que permite que las musulmanas se hagan hasta las fotos de las tarjetas de identidad cubiertas con el velo de la sumisión. Mañana se las harán con burka.

Lo que había que haber hecho era mandar a los inspectores de trabajo para que se cumplieran las leyes laborales, para que no se le pague menos a nadie por razón de su sexo, para que no se realicen despidos encubiertos de las mujeres embarazadas, para proteger una maternidad que, por cierto, no fue nunca la principal preocupación de las feministas. Pero con eso no se hubieran producido la aclamación y la foto, que es de lo que se trataba.

Ninguna discriminación es positiva. Nunca. Porque son injustas y sólo crean resentimiento. Venían las mujeres por la Historia con la fuerza no sólo de sus muchas cualidades, sino con la de quienes luchan contra la injusticia, contra esas discriminaciones ‘positivas’ a favor de los hombres que las habían mantenido en secular situación de tutela y sin la plenitud de sus derechos civiles. La batalla se dio, y la dieron con muchísimos hombres también, para eliminar esas barreras, para hacernos iguales ante la ley y libres para elegir. Y con la libertad se produjo la avalancha: las mujeres superan hoy a los hombres en formación académica, han colonizado profesiones enteras. Pero nada de eso se ha hecho impuesto por el Estado. Si se regresa a que el Estado pueda ordenar hasta a lo que tenemos que dedicarnos, estaremos regresando a la esclavitud. Nada va a hacer más daño a las mujeres que el que recaiga sobre ellas la sospecha de que no es su valía la que las alza profesionalmente, sino la cuota. Ahora serán ellas las beneficiarias de la injusticia, los objetos del resentimiento. Perderán el sentido del mérito que las ha hecho más fuertes que los hombres, esperarán su cuota, volverán a ser el sexo débil. Y, por supuesto, se les limitará su progreso.

Así pues, nuestro “liberal” presidente, que consigue desprestigiar cuanto toca, ya no se consuela con decirnos cómo hemos de vivir y hablar, comer o divertirnos, sino incluso cómo tienen que gobernarse las propiedades privadas. ¡Y el PP se ha abstenido, no han tenido agallas y criterio ni para oponerse! Es cierto que hay algunas cosas positivas en la ley, pero el principio intervencionista habría de haber resultado inaceptable para un partido que también se dice liberal y que en ocasiones lo parece tanto como Zapatero. Este pánico a lo que puedan llamarles es uno de los lastres que les impiden despegar del todo: saber decir no y explicar por qué, que es donde se pierden siempre. Al final van a seguir llamándoles fachas, aunque se paseen con la misma imagen del gran amante de la libertad que fue Lenin (el de “libertad, ¿para qué?”) que los facha-leninistas de ZP lucían en su manifa contra el PP del sábado.

Mañana nos dirán cuántas lavadoras tenemos que poner a la semana. Y un comisario político-sindical visitará nuestras casas para multarnos por beber vino, fumar en el salón, y no haber rellenado de abrillantador el depósito del lavavajillas. No nos dejarán vivir con nuestras mujeres, repartirnos el trabajo y organizarnos como nos salga. Habrá que decir una vez coño y otra cojones, con perdón. Es posible que hasta nos prohíban tener más hijas que hijos, y viceversa. Y el matrimonio gobernante tendrá que ser paritario. Lo que no sé es qué van a hacer entonces con Zerolo.

Javier Orrico

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