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Discurso para la Plataforma Libertad. Mi patria.

Javier Orrico 30 May 2007 - 21:05 CET
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El pasado día 22 de mayo tuvo lugar una concentración convocada por la Plataforma Libertad, constituida por mucha gente valiente y generosa, en protesta por la política de pactos del Gobierno con ETA y la legalización de Batasuna a través de ANV. Las informaciones que nos van llegando sobre estos asuntos son cada día más descacharrantes, lo que hay que agradecer a ZP y su Gobierno, sin los cuales echaríamos mucho de menos a los Hermanos Calatrava, y que me perdonen los Calatrava, que jamás persiguieron otra cosa que nuestra sonrisa. Lo de Zapatero enviando emisarios a rogar que no les pongan bombas hasta después de las elecciones, que está la cosa ‘mú’ mala, y hasta que dejen de publicar en el Gara todas las cosas que han hecho en estos años, cuando engañaban a los españoles firmando un Pacto Antiterrorista que sólo iban a usar como trampa para el PP, supone logros históricos de bajeza. Confiemos en que sea muy difícil volver a tener un gobierno como éste. Las palabras que siguen son las que leí esa tarde, invitado por los organizadores. Se canta lo que se pierde, como nos enseñó Machado mucho antes de imaginar siquiera que se tendría que morir fuera de España.

MI PATRIA.

Buenas tardes. En primer lugar, ahora que la cortesía y el tratarse de usted empiezan a ser signos revolucionarios, quiero agradecerles el que me hayan invitado a compartir con ustedes esta tarde de lluvia y de coraje. No pertenezco a nada ni represento a nadie más que a mí mismo: un español que se quiso libre y que pretende seguir siendo ambas cosas: español y libre. No quiero ocultar, sin embargo, mi tristeza ante esta España que nos obliga hoy, como un elemental compromiso con la decencia, a estar aquí y dar testimonio de nuestro rechazo a la injusticia, a la ignominia con que nuestro Gobierno se empeña en humillar a la democracia y envilecernos a todos. Me gustaría no haber tenido que venir a decir esto. Como a todos ustedes. Me gustaría vivir en un país donde pudiéramos ocuparnos de pasear, ir al cine o tomar un café con nuestros amigos sabiendo que eso, exactamente eso, lo pueden hacer todos nuestros compatriotas y en todos los rincones de nuestra nación. En un país donde no tuviéramos que reclamar lo evidente: el respeto a la ley, la justicia, la igualdad, la dignidad. Pero no puedo dejar que me acobarden: entonces me habrían vencido, nos habrían vencido a todos. Entonces habríamos aceptado la esclavitud de la mentira y el asesinato.

Extraño país éste en el que hay que explicar que no se puede consentir que los pistoleros se sienten en los Parlamentos, ni entregar escaños y subvenciones a quien asesina a bombazos al jefe de la oposición, como hicieron con Fernando Buesa. Alguien tiene que decirle a Zapatero que quien se alía con un nazi o lo consiente es un nazi o un cómplice de sus crímenes. Los mismos que no hacen más que hablar de valores, demuestran cada día que carecen de todo principio moral. Ya nadie se cree lo de la ingenuidad y la buena fe, cuando el sectarismo con los demócratas que discrepan de él, se vuelve entreguismo permanente hacia los enemigos de la democracia, hacia los que siguen matando y usando el terror para imponer su tiranía. Es ya una exigencia de la voluntad la esperanza en que el modelo de hombre y de político que es Zapatero no se haya extendido tanto por España que el engaño, la villanía y la inmoralidad, al servicio de la conquista y el mantenimiento del poder, se hayan convertido en las señas de identidad de eso que antes llamábamos la izquierda con la que muchos estuvimos.

Hemos de apelar a todos los españoles a los que aún les quede corazón para reconstruir juntos todo lo que hemos perdido en estos tres años de infamia: la idea de una patria para todos, es decir, de una ley para todos, que es lo que nos hace iguales y libres. La patria, esa palabra que nos ha sido prohibida a los españoles. Pero mi patria no es una abstracción integrista, no es una mitología paleolítica con la que justificar los crímenes, los niños estallados, las palizas, los tiros en la nuca, como hacen ellos, esos ‘abertzales’, esos ‘patriotas’ a los que nuestro presidente considera hombres de paz. Esa es la patria en la que se refocilan los canallas.

Mi patria es muy otra. Mi patria son los españoles. Mi patria es Rosa Díez, María San Gil, Mayte Pagaza, Gotzone Mora. Mi patria son los perseguidos, los represaliados, los humillados, los señalados en las dianas. Y es también la memoria de los que han muerto para que nosotros podamos vivir en democracia. Mientras un solo español viva bajo el horror, no podremos sentirnos libres, no tendremos patria.

Por eso, no queremos la paz bajo tutela de las pistolas, la paz esclava de la claudicación y la vergüenza. No queremos la paz de los siervos, sino la de los hombres de honor, la de los hombres libres.

Por eso, si grito ¡Viva España! lo que estoy gritando es ¡Viva la libertad!

Javier Orrico

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