Una de las pruebas de esa vivencia religiosa de la política que tanto daño nos ha hecho a lo largo de nuestra historia triste, de los múltiples intentos de consolidar una democracia aburrida y estable, es que todavía le queden partidarios a Zapatero. No digo al acento igualitario y estatalista en cuanto a los servicios públicos que caracteriza a las socialdemocracias, esencialmente en lo referido a la sanidad y la educación –eso sí, ojalá tuviéramos una enseñanza pública, abierta, que transmitiera nuestra cultura y no una educación “privatizada” por el socialismo y a su servicio, cuyo único fin es la “conducción de almas”-, sino defensores de ese presidente sigla, de esa marca nefasta también para el PSOE y la izquierda que ha sido ZP.
En cualquier país democrático, un fracaso tan bochornoso como el que acaba de sufrir Zapatero, él, su personal apuesta, aquella que usó para exluir a media España, aquella para la que compró estatutos en mano a toda la canalla nazionalista, habría levantado un clamor unánime de dimisión y convocatoria anticipada de elecciones generales. Pero aquí el pesebre es tan enorme, tanta la ‘hipogresía’, que siguen saliendo los cómicos orgánicos a defender al Líder Supremo, entre la vergüenza de los pocos socialistas que ya quedan.
Aunque sólo sea por una cuestión de procedimiento, recordemos los logros de ZP en su política vasca. La premisa general es que no se puede hablar de una política antiterrorista, puesto que desde el principio abandonó la idea de aplastarlos y obligarles a rendirse. Buscó, y eso lo destacaron siempre sus voceros, una salida para ETA. ¿Intentarlo? Claro, una vez acorralados, ofrecerles clemencia si entregaban las armas. Pero nada más y ni un minuto de tregua si se negaban. Con los terroristas mesiánicos sólo cabe el desistimiento, sólo la derrota, sólo convencerlos de que nunca van a conseguir lo que persiguen, de que tenemos más y mejores armas que ellos, de que no les queda, en efecto, salida. Y, sobre todo, de que tenemos la razón democrática de nuestra parte. Zapatero se ha esmerado en convencerlos de lo contrario, no por ingenuidad, inconcebible en el personaje, sino por su desmedida ambición personal. Para quienes dicen que no ha habido cesiones, repasemos las principales:
1º Al implicar al Congreso para entablar conversaciones con ETA, concedía a una banda de nazis asesinos el estatus de organización representativa y, como consecuencia, reconocía la existencia de ese ‘conflicto político’ sobre el que durante cuarenta años se fundamentó el terror, y cuyo desmontaje ideológico era esencial para acabar con sus apoyos entre los jóvenes ikastolizados y lo más cerril de las poblaciones navarro-guipuzcoanas.
2º La dimensión internacional conseguida con el debate en el Parlamento europeo presentaba a dos naciones en guerra, una grande y opresora, España, y una pequeña, Euskadi, en lucha por su libertad. Admitíamos con ello tener una Chechenia sometida a la que, ahora, un bondadoso Antiputin venía a ofrecer comprensión y paz. No ha habido mayor dislate.
3º La relegalización de Batasuna, su impunidad en las calles, su acceso a las instituciones a través de ANV y, sobre todo, su condición de protagonista fundamental del futuro del País Vasco, que es por donde el PNV ha visto el principio de su fin.
4º La desunión radical de los españoles que él, Zapatero, ha buscado denodadamente para completar su apropiación de España y la consolidación de su Imperio. Ha perseguido esa identificación religiosa alrededor de su figura, las bases de un Régimen personal al modo chavista. Ha hecho que regresen las dos Españas, se han roto amistades, familias, pueblos, el encono y la inquina se enseñorean de nuestra vida cotidiana, ha obligado a elegir, ha roto cuantos caminos de entendimiento le han ofrecido. ¿Cómo se puede convocar un encuentro tras haber dicho que un señor con puro como Rajoy es un radical irreductible? Pues porque lo que busca es que no haya entendimiento, no defendernos todos juntos de la ETA, sino volver a ganar las elecciones a los malvados del PP que no quieren la PaZP.
Pero hay un efecto aún más grave que todos los anteriores: haber convertido a España en una democracia bananera en la que las leyes son meros instrumentos al servicio del Gobierno. Lo que han hecho con De Juana y con Otegui es sólo posible en las tiranías. ¿Que se lo merecen? Claro, y más. Es que nunca debieron salir. Pero no se puede torcer la ley como si fuera el cuello de los cisnes de Rubén Darío.
Lo que demuestran con ello en que las pulsiones antidemocráticas, la noción inmoral de que el fin justifica los medios, que ya les llevó al Gal y a la corrupción generalizada, sigue operando en el PSOE y en sus madrazares, como fue siempre en las izquierdas marxistas, convencidas de su razón científica e histórica. Esa ha sido nuestra mayor derrota, la munición ideológica –que es la que gana o pierde en los ‘conflictos’- concedida al mundo etarra y a los nazionalistas en general que sostienen que en España la democracia es una ficción. Con ZP comienza a ser cierto otra vez.
La unidad que hoy necesitamos, porque vienen a matarnos, es imposible alrededor del hombre que nos desunió. Del que nos ha hecho vulnerables y débiles, del que ha devuelto al terror la esperanza de vencernos. Si tuviera vergüenza, que no es el caso, ya se habría ido. El lunes. Que al menos convoque elecciones inmediatas, y que los que vengan, gobierno y oposición, puedan rehacer los puentes, los acuerdos fundamentales sobre los que se defiendan la libertad, la democracia y la paz verdadera que es el fin de los canallas. Que ZP sea una pesadilla de la Historia, y que recuperemos la concordia.
Nos esperan días de sangre, sudor y lágrimas. Y sólo desde las más hondas convicciones democráticas, desde la certidumbre de que los principios son más importantes incluso que el bienestar, desde la fe en la idea de convivencia que es España, resistiremos. Sólo desde la decencia. Es decir, sin ZP.
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