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El nuevo catecismo (I)

Javier Orrico 22 Sep 2007 - 19:34 CET
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Seguramente todo comenzó el día en que la idea de un sistema de enseñanza fue sustituida por la de educación, la concepción roussoniana inducida, por un lado, por los pedagogos teóricos con la evidente intención de sustituir a los profesores; y, por el otro, por los partidarios de un sistema a través del cual la ideología del Estado fuera inculcada en los ciudadanos.

Es decir, una coyunda de los totalitarios de toda laya, de derechas o fascistas y de izquierda o marxistas. Los salvadores, los utópicos, los creadores de hombres nuevos, los partidarios de las soluciones totales, los mesiánicos, los convencidos de estar en posesión de verdades absolutas. Esos, en fin, que nos gobernaron durante cuarenta años y que hoy vuelven a gobernarnos. Entonces revestidos de derechas nacional-católicas, hoy de izquierdas nazi-tripartitas de Essspaña.

En ambos, casos, enemigos de la libertad, enemigos de la idea por la cual la enseñanza ha de consistir en poner al alcance de los ciudadanos la cultura y los conocimientos que les permitan exactamente construirse en libertad, poseedores de un bagaje que dificulte ser manipulados y dirigidos, herederos de la tradición cultural greco-occidental que nos trajo la democracia y los derechos humanos. Y de hacerlo, de instruir desde la neutralidad más exquisita, confiando en que la verdad es lo que hace libres a los hombres, y la doctrina lo que los esclaviza, lo que los llena de unos prejuicios cuyo reaccionarismo bebe hoy del corpus de memeces en que se basa la “corrección política”, esa plaga por la que la ignorancia se disfraza de progresismo.

La “Educación para la ciudadanía” es el nuevo catecismo obligatorio de ese zapasovietismo vergonzante que pretende una nación de clones. Perdón, un Estado plurinacional de clones, muy diversos en el modelo de boina, pero salidos de la misma vaina, como en “La invasión de los ladrones de cuerpos”, aquel clásico de los 50’ que tan bien simbolizaba al estalinismo. Si hubieran querido, en verdad, informar a los jóvenes de sus derechos y deberes como ciudadanos, se habrían limitado a enseñar la Constitución y la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Es decir, aquello que nos liga a todos porque ha sido decidido por una inmensa mayoría y reconocido como el resultado de siglos de evolución de una civilización nacida de lo mejor de Grecia y lo mejor del cristianismo: la revolución individualista, personalista, hasta hacer del hombre, regido por la razón ilustrada, el dueño de su destino.

Fue la LOGSE, al acabar con los conocimientos y el mérito para su consecución, la que destruyó los valores que llevaban con ellos. Nuestro sistema educativo no forma porque no ‘in-forma’. No fortalece ni construye personas responsables, respetuosas y cívicas, porque nunca les exigió nada ni les enseñó que los actos tienen consecuencias. El fracaso, reconocido sin remedio por Gregorio Peces Barba en el artículo de El País (22-11-2004) desde el que reclamaba una asignatura específica para educar a unos jóvenes a los que no se lograba educar con nueve, es tan atroz que no sólo no se consiguen personas cultas, sino que ya no se consiguen simplemente personas. O, al menos, no gracias al sistema, sino a pesar de él. Sólo criaturas desnortadas, abotargadas de consumismo, infelices y flojas, que abandonan ante la primera dificultad.

Entonces decidieron arreglarlo con la receta que siguen siempre: derogar a sangre y fuego los tímidos avances que hubiera implantado la Ley de Calidad del PP, y ahondar en el error, degradando aún más los conocimientos y la exigencia con el nuevo catecismo que viene a predicar la responsabilidad mientras les consiente pasar de curso con cuatro. En realidad, los prefieren irresponsables y adoctrinados, inermes y manipulables. Ese y no otro es el objetivo confesado por la propia ministra: “Les vamos a enseñar lo que es la democracia y cómo hay que vivir en democracia”.

Como ellos digan, claro, en una gelatina de pensamientos, sentimientos y emociones determinados por el Estado. Los van a dirigir, a conducir, en efecto -que eso significa educar, mientras que enseñar es mostrar-, inculcándoles, entre otros, principios afectivo-sexuales, familiares, interpersonales y de pareja, toda una gama de asuntos que pertenecen a la más estricta intimidad y a la conciencia personal, y en los que en ningún modo puede consentirse que entre el poder público más allá de lo que las propias familias le soliciten voluntariamente.

Ni hay un solo profesor decente que se atreva a adoctrinar sobre asuntos tan espinosos, a asumir semejante responsabilidad -“yo aún estoy en el camino”, que decía José Agustín Goytisolo en las hermosísimas “Palabras para Julia”, poema con el que se podría sustituir ventajosamente tanta tontería sectaria- acerca de materias en las que todos nos movemos sin posibilidad de certezas y, por tanto, sin que podamos transmitir más que la humildad de la duda.

No es lo que quieren, lo que están difundiendo desde la socialista Fundación CIVES, el laboratorio ideológico subvencionado del que ha salido la asignatura (hasta un millón de euros en contratos con administraciones del PSOE ha conseguido en el último año la ONG de la que depende, según revelaba ABC hace unos días) y del que repasaremos algunos de sus postulados la semana próxima. Quieren moldear a las futuras generaciones al modo en que ya lo han hecho sus correligionarios nazionalistas catalanes y vascos.

Pues no, señora ministra, la enseñanza pública no puede mutarse en confesional en sentido contrario. Tiene que limitarse a exponer (y aplicar) el marco legal y las consecuencias de trasgredirlo, el consenso en que se basa y los principios que lo informan. Y nada más. Enséñeme las leyes y déjeme en paz mientras no me las salte, porque la democracia consiste justamente en lo contrario de lo que usted afirma: en que nadie me diga cómo tengo que vivir.

Javier Orrico

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