Nos quisimos malditos y aferrados a la juventud como a un cerco de espuma. Vagabundos congénitos, nómadas amorosos sin patria posible, con mujeres que nos abandonaban hastiadas de nuestra incertidumbre para que las cantáramos en poemas y cuadros, en canciones hermosas e infelices, en boleros al aire de noches de tequila y labios imprecisos. Todo debía ir al arte y la vida no era más que una excusa, una ilusión destinada a desaparecer sin remedio, a no recordarse siquiera, salvo que fuéramos capaces de salvarla en esas obras que acometíamos a saltos, en impulsos feroces y anárquicos, asediando al lenguaje en lugar de domarlo.
Pero la vida era lo único cierto. Para saber su verdad no tenemos más que asomarnos al espejo, y allí están sus huellas cada día más hondas; sus heridas, más nítidas. Nos ha ido arrancando los pedazos, dejándonos la muerte por entregas, marcándonos como a árboles viejos sobre los que los niños hubieran ido pintando corazones que nunca se cumplieron. Hoy sabemos que lo difícil no era el amor imposible, sino el amor posible. Y que el gran reto no era la ocurrencia genial de un solo día, el artículo, el poema, el cuadro, el plato irrepetibles. Que es en la resistencia, en la tenacidad, en el empeño de la creación nuestra de cada día donde el artista se mide, donde manifiesta la verdad de su entrega. En la voluntad de encontrar un lenguaje y en la plenitud que sucede a su logro.
Ángel y Antonio han llegado a esa plenitud. Los amigos verdaderos, tan escasos, no sólo nos reconfortan, se convierten en modelos por los que uno se guía para no hundirse del todo, para poder seguir cada mañana. Ángel y Antonio han pegado muchos tumbos, han ido a medio mundo buscando que les quisieran, una razón de ser y de crear: luz y lenguaje donde pudieran reconocerse. Pero lo hicieron siempre como apuestas totales, sin pactos, con la radicalidad de quien cree en lo que hace. Sus tanteos, sus errores, sus regresos fueron siempre consecuencia de esa honestidad esencial hacia sus oficios. Sólo que, en el camino, también tuvieron que aprender a vivir.
Y creo que ha sido ese aprendizaje de la vida lo que les ha llevado a la culminación como artistas. La lección consiste en advertir que el desolado malditismo que fuimos no conducía más que a la destrucción personal y, sobre todo, a la esterilidad creadora. Los cincuenta años pueden haber sido aprovechados o perdidos. Nos hacen más sabios, si sabemos dejar que nos hagan más libres. Más tolerantes con lo anécdótico, mucho más intransigentes con las pocas cosas que ya nos parecen verdaderas. Hay quienes siguen aún jugando a jovencitos, inventando todo lo que ya se inventó. Y hay quienes, como Ángel Haro, pintor, y Antonio Gras, poeta y cocinero, nos ofrecen, limpio de adherencias y ‘manieras’, el resultado de una vida entera de perfeccionamiento, de firmeza para sostener el mundo, el lenguaje, las ideas que aman, y que son, a su vez, las que los sostienen a ellos.
En medio de la barahúnda posmoderna de “aroma de cilantro sobre estela de pepinillo”, que es a la cocina lo que la pintura sin pintura es al arte, hoy Antonio da de comer espléndidamente en su «Las cocinas del bulevar», sigue siendo el patriarca generoso cuyo afán es repartir felicidad, ha engatusado, el bandido, a una chica encantadora y tiene la mayor parte del tiempo a sus hijos con él. Viaja sin parar para seguir aprendiendo, y se mantiene fiel a una cocina sorprendente, ingeniosa, divertida, en su mejor acepción, deliciosa y por la que además pagas lo justo. En esta Murcia de los ‘resorts’ florecientes, ha florecido también mucho artista de platos al centro y atraco a las tres, por lo que es muy de agradecer que haya un restaurante donde puedas acceder a la mejor cocina de vanguardia, que no te da sólo vanguardia sino también cocina. En Antonio ya no hay frivolidad, sino alegría; no hay tentativas, sino dominio.
De Ángel Haro tienen ustedes una extraordinaria exposición en la galería “La Aurora”. Lo he visto durante años abrasarse por dentro, morirse de pintura, intentar en ella encontrar la vía hacia el otro lado, donde el arte fuera la luz definitiva, la vida en calma con alguna certeza, y no las aspas de un volcán quemándole los lienzos.
Pero se sostuvo siempre: la vocación y el amor por la pintura lo mantuvieron digno como un torero lento. Creo que decidió plantarle cara al color, a la materia, detrás de un equilibrio donde ya nada fuera superfluo, donde no hubiera más gesto que el necesario para que el pintor dejara salir a la pintura. Es decir, a la verdad. A la más auténtica, que es la humilde verdad del artista que ya no quiere epatar, ni seducir con la apariencia brillante o el hallazgo fugaz, que sólo nos invita a descubrir la belleza emocionante de un lenguaje seco, de una aventura de veinte años contra su propia fascinación hasta dejarlo en los huesos. Como si toda la violencia interior, el monstruo del estómago que nos habitó siempre, hubiera al fin encontrado su cauce, hubiera salido afuera para aceptarse y aceptar la vida.
Los dos son hoy artistas maduros, hombres en plenitud que parecen haber encontrado su sitio. El éxito es eso: un lenguaje personal que sirva para otros, que dé felicidad o acerque a la belleza. La memoria de una búsqueda lograda, la vida y el arte fecundándose mutuamente. Porque los dos, y esa creo que es la raíz de todo, y lo que quería decir en este artículo, conservan la inocencia. No hay arte si no perdura siquiera un hálito de esa pureza inicial, de esa desnudez indefensa que permite que las cosas nos impregnen, que se hagan lenguaje dentro de nosotros.
Las amigos de muchos años nos permiten aprender. Seguir su rastro. Sólo nos queda vivir de modo que, al final, alguien pueda decir que fuimos dignos de los que nos honraron.
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