Lo que se le ha estado reprochando a Rajoy durante toda esta legislatura desdichada que llega a su fin, lo que señalan las ochocientas mil encuestas en las que el PP no acaba de arrancar en la valoración de los españoles (de izquierdas) ante una situación cada día más bochornosa, es la constatación de un desfase, de una inadecuación: la de un hombre escasamente dotado para la épica, cuya vocación era dirigir un país estable que llevaba el rumbo correcto, y la misión heroica de conductor de una derecha española expulsada al desierto por el antidemocrático Pacto del Tinell, urdido entre los socialistas y los nazis rojos, y que necesitaba para hacerle frente a un líder con carisma, un Moisés dotado de la energía de un profeta, y no a un registrador de la propiedad que deseaba ser cualquier cosa menos un titán, el Polifemo excepcional que Zapatero sí sueña que es en su desvarío santurrón.
Pero nadie se imaginaba a don Mariano haciendo de Chalton Heston en “Los diez mandamientos” o, por quedarnos más cerca, encarnando al Cid del Poema y de Samuel Bronston y Anthony Mann, derrotando a los aragoneses, ajustando cuentas a los leoneses (desde aquellos señoritos bandidos que maltratan a las hijas del Cid, no les había caído a los leoneses un baldón como Zapatero) y deteniendo a los almorávides a las puertas de Valencia. Nos habría salido un Cid en bicicleta fumándose un purito en las paradas, que es lo que realmente resulta ser Mariano Rajoy Brey y a lo que no acabamos de acostumbrarnos, necesitados como estábamos de alguien dispuesto a inmolarse haciéndole jurar a Alfonso VI que no había intervenido en la conspiración para asesinar a su antecesor en la corona, Sancho Aznar.

Ningún destino menos grato para un hombre tranquilo y cachazudo como Rajoy. Y sin embargo, a eso se vio condenado por el rencor que venía a adueñarse de España, a una travesía de los páramos castellanos y aragoneses en los que, al principio, sólo encontró soledad y un puñado de leales. Desde la Corte hubo quienes se empeñaron en que pidiera perdón, renunciara a sus principios, aceptara la disgregación de España y regresara a un refugio domesticado donde le permitirían vivir “bajo tolerancia”, como les ocurría a los poetas en aquel maravilloso libro de José Agustín Goytisolo (el poeta, el bueno).
Otros le recordaban que no se puede ser el Cid a medias, que no se es más leal a Castilla arrostrando las mentiras del poder, que cuando te han condenado y desterrado injustamente, no queda otra salida que recobrar la dignidad con valor y decisión. Y que es en las situaciones extremas, ante desafíos como el Estatut, la traición de un ZP que negociaba con el terror mientras simulaba con la firma del Pacto Antiterrorista, la colonización de la Justicia y la estigmatización ideológica a que los sometían todos los “juglares de masas” al servicio del Gobierno, cuando los hombres de Estado se probaban a sí mismos si lo eran.
Creo que esa escisión interior, ese debate de conciencia entre la firmeza necesaria y el verdadero talante de concordia, que es el suyo, es el que hemos percibido los españoles a lo largo de estos años. Unos, con preocupación, convencidos de que sólo el respeto y la lealtad a los fundamentos de la democracia (la libertad y la igualdad ante la ley, la exclusión de los terroristas y los nazis de todos los colores) nos devolverán la paz verdadera. Otros, azuzando esa agonía rajoyana, persiguiendo paralizar a aquel sobre quien la Historia había depositado el pesadísimo fardo de sostener la Nación que ellos, los zapateristas, deshacían; o a cuya destrucción colaboraban por conformista estupidez, desde dentro del propio PP, por miserables intereses personales o por la pura cobardía de tantos socialistas conscientes del error que fue Zapatero, pero que han preferido, ellos sí, el coche oficial “bajo tolerancia”, como Alfonso Guerra.
Y sin embargo, es seguramente esa doble naturaleza de nuestro Cid a la fuerza, que ha sido su lastre, la que quizás le haga ahora el más adecuado para la tarea que nos convoca a todos: volver a vivir juntos y revueltos.
En primer lugar, por la condición de hombre normal con la que se definió a sí mismo y que tanto le criticaron los polifemos ideológicos de un solo ojo. Normal, es decir, del común, con las mismas ideas y sentires que la mayoría, las clases medias, los padres de familia que lo que quieren para sus hijos es un sistema educativo que enseñe algo, que haya trabajo, prosperidad, tranquilidad, vacaciones y fiestas de guardar. Un hombre que no intente inaugurar el mundo, ni quiera el Premio Nobel del sectarismo, ni mienta a cada minuto.
Y en segundo lugar, un político que defienda una Nación para todos desde convicciones muy profundas que impidan nuevos cambalaches y trapacerías. España necesita mucho más que un cambio de Gobierno. Necesita una profunda regeneración moral. No es decente un país donde el Gobierno suelta a los asesinos y pretende enchironar al presidente de las víctimas. Con ellas, siempre.
Hay que desnudar de una vez a los nacionalismos roedores que sólo persiguen los privilegios amenazando con la ruptura de la convivencia, cuando no con el crimen. Y recuperar la idea de que la democracia es un acuerdo de mayorías que exige mayorías para ser cambiado. Si gobierna, y que Dios nos proteja de no ser así, estará obligado –ya lo ha dicho- a buscar esos acuerdos que detengan la lenta ruina del Estado, una enorme tarea histórica que devuelva competencias de coordinación esenciales, como la educación y la sanidad, sin las cuales un día nos despertaremos y ya no habrá España porque nadie se sentirá serlo.
Sus enemigos lo han dado muchas veces por muerto. Que lo aten a la bicicleta y le enciendan el puro, que aún cabalga.
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