Fue Gustavo Bueno quien interrumpió la dedicación plena a su sistema filosófico, el cierre categorial, para bajar al mundo y repartir unas cuantas obleas entre la emergente clase tontucia que se adueñó de España durante el zapaterismo. No podía entender don Gustavo que la España que había sido capaz de crear una de las grandes civilizaciones del mundo, fuera la misma que había alumbrado la Alianza de Civilizaciones y, sobre todo, a su promotor, esa cima necia cortejada de tontos mayores y sinvergüenzas peores que fue Rodríguez. A ese no-pensamiento lo llamó el pensamiento Alicia -una suerte de reencarnación mítica del Pangloss volteriano-,
Lo relevante, y lo que da valor al libro de Bueno como descriptor de un fenómeno generalizado, es que el pensamiento Alicia se ha extendido ya al PP, encontrando en Alicia (Sánchez Camacho) a su predestinada reaparición. No es la única (hasta Felipe González se le acaba de unir), pero sí la que está más en el ‘candelabro’. Leerle que la solución al separatismo no es frenarlos o echarlos, al gusto, sino seguirles dando más pasta y más privilegios (una nueva financiación y aún más asimetría, a las que ha rebautizado como “autonomismo diferencial”), o sea, lo que se les ha venido dando hasta el hartazgo con los resultados conocidos (son hoy la cuarta autonomía con mejor financiación tras, claro, sus primos vasconavarros) y lo que constituye el pensamiento central de sus adversarios nacionalistas y socialistas, supone una cumbre del alicianismo: si quieres acabar con tus enemigos, súmate a ellos. Zapatero, no estás solo. Y eso es todo lo que nos pasa, que al despertarnos el dinoZaurio todavía estaba ahí. 
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