Tras las trincheras, sólo la moderación podía salvarnos. El viaje al centro fue un despojamiento ideológico, un acto salutífero de eliminación de las costras paleolíticas en que habíamos vivido hasta la llegada de la democracia: aún los fantasmas del fascismo y el marxismo en un mundo de vacaciones masivas y playas llenas de bikinis. Nostálgicos azules y rojos, aunque estos últimos han persistido hasta crear, en efecto, las condiciones para una revolución. No había más que poner a todos los tontos de España a hacer el signo de la zeja de los cojones, hasta hundirla y arruinarla. No hay mejor fermento revolucionario que la miseria, su extensión, el PSOE en su plenitud de chóferes- asesores.
Mucho antes, decía, Suárez nos había conducido al centro como balneario moral y social. Mejor bañarse en La Manga que seguir matándonos. Los partidos debían buscar lo compartido, lo mayoritario, y servirlo. Así dicho, en eso consiste la democracia, que es una cosa para que los tibios gobiernen y dejen en paz a los que no lo somos. Pero su virtud, que fue dejar atrás las arrugas ideológicas, terminó por convertirlos en agrupaciones de pancistas, servidores de una empresa colectivo-playera en la que la finalidad era la perpetuación y no el servicio. Aplicaron la sabiduría hispánica del que parte y reparte. Y así, empezaron a no mirar al que repartía, siempre que repartiera. A no poner en peligro al Partido (la empresa) con denuncias traicioneras. Se hicieron cómplices en las sedes, en las administraciones y en las Ideas. Todos sabían o intuían lo que pasaba y nadie decía nada: el que se mueve no sale en la foto. España ha sido un inmenso ¡se sienten, coño! Sólo los imbéciles no han participado del banquete de una corrupción horizontal, vertical, diagonal, anal y oral. Rodolfo Hinostroza, el gran poeta peruano que tanto amé en mi juventud, comenzaba así uno de sus poemas: “Los imbéciles han renunciado al poder/ yo me confieso imbécil”. Él. Todos los demás, los que accedieron a sus puestos sin más oposiciones que el dedo o el sindicato; los que medraron desde jovencitos para alcanzar sus cátedras cooptadas; los periódicos comprados por los patriotas de las cloacas; los que olían antes de la entrada “del presidente” al coche; los que adulaban y cogían las migajas; los ciegos; los tuertos; los avestruces; los tancredos… Y por supuesto, los ladrones, que andan ahora confiando en que una justicia inútil y penetrada por los mismos que los compraron, termine por condenarlos al disfrute de sus bien amasadas fortunas. Todos callan porque todos saben. En Cataluña, la náusea de España, hasta les dan mejores cargos. La ley del silencio, qué extraordinaria película.
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