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La provisionalidad

Javier Orrico 04 Feb 2013 - 15:01 CET
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La sensación hoy es que todo se tambalea. La palabra es zozobra, en todos sus sentidos. España es la barquilla de Lope, “sin velas desvelada/ y entre las olas sola”. No es sólo la prima de riesgo. Todo parece ya un sueño. Hemos vuelto al XVII, a la plenitud del barroco, a la inconsistencia y la fugacidad de cuanto vemos. “Miré los muros de la patria mía/ si un tiempo fuertes, ya desmoronados/ (…)/ y no hallé cosa en que poner los ojos/ que no fuera recuerdo de la muerte.” Mañana es un enigma. No queda ya nada ni nadie en quien creer.
No es sólo la derrota de la Invencible (la gran potencia bancaria, que dijo el siniestro imbécil, recogiendo los despojos de nuestra ruina), ni la crisis del 98, viendo cómo en las viejas colonias nos expolian con impunidad. Son todas nuestras pústulas estallando a la vez. Hemos sido capaces de perder la última guerra carlista después de haber derrotado a los carlistas-nacionalistas, y ya estamos retirándonos de Vascongadas. Vamos a seguir enriqueciendo Cataluña y su podredumbre después de tantos desprecios y humillaciones. Acaso caiga la Monarquía, pero no quienes la usufructuaron como cortesanos. La casta política hará un apaño para continuar con sus privilegios, que mañana serán republicanos. Y el pueblo español, ya los pueblos autonómicos, lobotomizados y divididos, seguirán gritando ¡Vivan las caenas! y clamando para que el Estado, esa máquina de succionar, les arroje las migajas que llaman bienestar. A cambio deberán volver a ser ciegos y seguir en cautividad. Otra vez un Estado fallido. Otra vez el enfermo de Occidente. Todo el mundo a malhablar inglés para servir en las letrinas de Europa y en el soleado puticlub que nos hemos condenado a ser.

Javier Orrico

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