Ha ido Rajoy a Cataluña a no discutir. Asumiendo, en el mejor espíritu de su predecesor, que la nación es un concepto discutido y discutible, y no atreviéndose a decir delante de Mas que España es una gran nación, ha realizado una pirueta táctica desconcertante para los separatistas catalanes: ya que la nación es el conflicto, pues su existencia se fundamenta en la igualdad, no hablaré de ella, no importa si somos una nación o no, ahora somos un equipo. España es un equipo. Seguramente pensó que Cataluña, en el fondo, es el Barça, incluso menos que el Barça (el nuevo lema sería: “Catalunya, menos que un club”), o sea, un equipo, y que la metáfora-team iba a calar en el corazón sentimental
de los futbolizadísimos catalanes, que abjurarían de sus pretensiones y se postrarían entre llantos ante la posibilidad emocionante de una reforma constitucional que convirtiera a España en un equipo. Por supuesto, de la Masía. Y Rajoy sería Rosell. Incluso Rosell podría ser Rajoy, y así la Patronal y el Club estarían en manos de Rosell y Rosell. Mandando ellos en todo, que es lo que siempre quisieron, ya sólo les faltaría separarse de sí mismos. No hubiera sido malo tampoco haberle ofrecido a Mas la opción de presidir el equipo. Incluso una copresidencia Mas-Rajoy para enfrentarse al Bayern, digo a Merkel. 
La nueva Constitución o Estatutos del Club Españ/nya comenzaría así: Españ/nya es un club centenario, plural y asimétrico, compuesto de defensones, medionalidades y Messi. Se declaran diarios oficiales y únicos La Vanguardia y Sport. La cronista del Club será Pilar Rahola. Se proclama que la Liga será siempre blaugrana y la felicidad y la armonía reinarán en el Club Españ/nya hasta el fin de los tiempos.
Resuelta así la crisis separatista de Cataluña, Rajoy habrá pasado a la Historia como el duro –más que pellejo de breva- hombre de Estado, perdón, de Club, que sofocó la independencia de Cataluña eliminando España, que era el problema. Un hombre providencial. Más que un presidente.
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