El periodismo de opinión es un ejercicio de obstinado autoengaño, de ilusionismo en el que la principal víctima es uno mismo. Consiste en no consistir, en escribir en el agua, aunque sea el agua dulce de cada día, o el agua amarga de los enemigos que irremediablemente cosechas si eres decente y escribes lo que piensas. Claro que mucho peor es no cosechar nada, haber escrito sobre el agua sin que el agua hirviera. El agua siempre vuelve a su ser y es el río de Heráclito por donde se va todo lo que hemos escrito. He pasado dos terceras partes de mi vida escribiendo artículos. El periodismo de opinión me subyugó desde joven, y a los quince años ya me censuraron un texto contra el espantoso edificio nuevo que rompería para siempre la armonía de la hermosa, y hoy casi abandonada, Calle Mayor de Caravaca. Estuve varios años en una redacción (Diario 16 de Murcia) como jefe de Opinión, una experiencia impagable. Y hace más de treinta que escribo y publico artículos en prensa. He podido dedicar buena parte de mi vida a hacer una de las cosas que más me han gustado, apasionado, divertido en este mundo, además de las mujeres y la literatura, si es que no son lo mismo. Pero hay días sin salida. Iba a comenzar este texto con la muletilla de “tengo escrito…”. Empezar es lo más difícil. Más incluso que terminar en navaja, en abismo, en melancolía, depositando en el lector el retrogusto, el sabor memoria, que dicen los que saben de vinos. Y ya no importa qué era lo que “tengo escrito”. Acaso basta el título. 
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