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La izquierda y el nacionalismo

Javier Orrico 17 Oct 2013 - 12:20 CET
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En aquellos días felices e ignorantes, se nos hizo creer que la derecha era el orden, aunque fuera injusto, porque lo más injusto era el desorden. Y que la izquierda era la aspiración a la igualdad, el fin de los privilegios, aun a costa de la libertad. Eran los días en que discutíamos acerca de aquel “libertad, ¿para qué?”, la pregunta retórica de Lenin sobre la que la izquierda terminó por construir un imperio universal de cárceles y cementerios que hoy siguen negando. En España, al contrario, hemos alcanzado el milagro de una derecha incapaz de poner orden en la algarabía neofeudal de los nacionalistas, fuente de injusticia y privilegios, de chantajes y desafíos; y, lo más grande, una izquierda aliada de los señores feudales, de los condes y sus ejércitos sicarios. Una izquierda que promueve, protege y hasta sostiene gobiernos cuya razón de ser es la xenofobia, el racismo diferencial, el odio al otro sólo por su origen, su lengua o su ‘balanza fiscal’. No hay tertulia donde la gente de izquierdas no defienda a todo el que odia a España. El último, el tontucio de Albert Plá, al que le da asco ser español, y que desea que en Asturias, nuestra metonimia, se estudie “catalán por cojones”, como les pasa a ellos, lo cual es cierto: en Cataluña el catalán se impone por cojones, como ha advertido un avispado comentarista web. Más si tenemos en cuenta que su segundo apellido es Álvarez, o sea, el payo es Plá Álvarez y se debe odiar mucho a sí mismo, a su mamá Álvarez y a la que por ello debe de ser su lengua materna: el español. Pobre Plá, obligado a hablar una lengua distinta de la de su madre y a vivir en el asco de odiar la propia.

Y sin embargo, nunca hubo idea más progresista que la de la nación de hombres libres e iguales, la nación revolucionaria (liberté, égalité, fraternité) que cambió el mundo. Un Estado en el que las leyes y la justicia fueran iguales para todos, y que doscientos años después de la Constitución de Cádiz aún no hemos conseguido implantar.

Javier Orrico

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