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Tácticas nazis en Barcelona

Javier Orrico 27 Oct 2014 - 14:26 CET
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Hasta ahora la mascarada del nacionalismo catalán había dado hasta para unas risas. Ver a las razas superiores hundidas en la estupidez que habían ocultado, en la corrupción y, sobre todo, en el más hilarante ridículo, es siempre un espectáculo reconfortante, casi de Cuaresma, pues nos recuerda lo que ya sabíamos pero -sobre todo ellos- queríamos olvidar: que estamos hechos del mismo barro, y que las razas superiores sólo lo suelen ser en cuanto a la miseria que encubren y las mentiras que se cuentan a sí mismas.

Al final, parecía llevar razón don Tancredo Rajoy, en cuanto a que lo mejor era dejarlos despeñarse por su propia incapacidad y cobardía, por la evidencia de que el nacionalismo no es sino una mafia santurrona que ha utilizado ese lema de ‘fer país’ para, sí, ‘fer-se’ (hacerse) un país. Pero todo tiene un límite.

Cuando algunos escribimos ‘nazionalismo’ no lo hacemos gratuitamente, sino por las semejanzas manifiestas en las motivaciones, las trampas, el odio al otro y la parafernalia que todo movimiento nacionalista guarda con la que fue su máxima expresión, su obra cumbre: el nazismo o nacionalsocialismo alemán. Y una de las más repugnantes, y uso el adjetivo –tan preciso- con que Arcadi Espada define el nacionalismo, fue la de marcar al enemigo, a los judíos en aquel caso, con una estrella amarilla sobre la ropa.

Lo que ha comenzado a hacer el nacionalismo catalán a través de la Asamblea Nacional Catalana, la famosa ANC de Carme Forcadell, en el barrio de Les Corts (el del Nou Camp, por cierto), en primer lugar, pero que se ha ido extendiendo ya por toda la Barcelona más burguesa, es colocar una estrella amarilla inversa: un cartel amarillo de la ANC en la puerta de los comercios y negocios colaboradores o, de otra manera, buenos catalanes independentistas. Y los que no tengan en su puerta, ya se sabe, ‘unionistas’, españolistas, traidores. Judíos, en fin.

Y esto es con lo que colabora la izquierda catalana, avala la española y el Gobierno consiente. No los van a gasear, por supuesto, sólo a arruinarlos.

Javier Orrico

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