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El fantasma de la Revolución

Javier Orrico 11 Dic 2016 - 21:13 CET
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Si yo fuera comunista, abominaría de Fidel. ¿Qué es lo que lloran sus plañideras? ¿La muerte de la Revolución o la de quien la destruyó? Cuba es el último fracaso, el definitivo, de un siglo XX ensangrentado por los totalitarismos, de los que el más influyente y duradero ha sido y es aún el comunismo, la supuesta utopía liberadora que acabó siempre en tiranía, represión, crímenes impunes, culto religioso al líder, miseria y envilecimiento. Sobre lo que deberían reflexionar los defensores de Castro, los ‘bolivarianos’ y sus ideólogos de Podemos es sobre las raíces mismas del comunismo, sobre su reiterada ‘traición’ a sus ideales, tal y como siempre afirman sus exégetas: que fueron los hombres los que fallaron, pero no la ideología. Qué quieren, cuando los hombres fallan tanto, siempre y en todas partes, lo que hay que cuestionar es, precisamente, lo que les impulsó.

¿No será que se trata de una concepción que ignora la naturaleza humana, que se empeña en transformar a los hombres –la idea criminalísima del ‘hombre nuevo’- contra los propios hombres? ¿No será una aberración el pretender no la igualdad de derechos, sino esa especie de clonación humana, de masa multiplicada, que ha sido siempre el modelo comunista? No tiene sentido ni justificación, después de tantos ensayos acabados siempre en el horror, que se pueda seguir sosteniendo, como hacen tantos todavía, sobre todo en las sociedades privilegiadas, una idea de la organización social y del hombre que va directamente contra lo más preciado que se nos concedió: la libertad. Y si abominamos de un régimen criminal y genocida como el nazi, y reaccionamos contra cualquiera que sostenga la más leve apología de aquella canallada, no comprendo cómo se puede salir a levantar el puño o a alabar a los tiranos. Y menos que nadie quienes, como los comunistas, nos hicieron creer en nuestra juventud que lo eran para defender la libertad.

Las revoluciones comunistas han sido regímenes de terror e indignidad en todas las culturas. No se ha tratado de una cuestión de idiosincrasia, de que las sociedades de Extremo Oriente, como China o Corea, por su tradición tiránica; o las eslavas, o las africanas, estuvieran condicionadas. La prueba es, precisamente, Cuba, la perla, una sociedad caribeña, española en lo mejor de nosotros, de libertades personales y alegría de vivir como pocas, que tenía un nivel de desarrollo en 1959 muy superior al de sus vecinos. Y que gracias a ese carácter ha podido subsistir a pesar del comunismo, de la dictadura de una familia, al modo caudillista hispánico, que el fidelismo no sólo no erradicó, sino que se instaló sobre él y lo usó para imponer su miseria. Podría, muy al contrario, haber instaurado una democracia, hija de las únicas revoluciones verdaderas y triunfantes, las burguesas, las liberales, especialmente la Revolución Americana de 1776, sobre la que se construyeron las sociedades que más libertad y riqueza han traído a los países que adoptaron sus principios. Pero, claro, América iba a ser la Gran Excusa para el poder absoluto del tirano.


Pasear hoy por La Habana es hacerlo por el esqueleto de la que fue una de las ciudades más hermosas del mundo, a la que han dejado en cochambre. Y en algo mucho peor. Podríamos entender que la construcción del comunismo económico supone un empobrecimiento, pero te da dignidad e igualdad. Una pobreza decente, para entendernos. Pero cuando las chiquillas tienen que prostituirse, y todos, salvo los privilegiados del régimen, han de arrastrarse, engañar, adular, fingir amistad a cualquier imbécil que viene con dólares, para poder comer o comprar una aspirina en el mercado negro, entonces es que el comunismo les ha arrancado no sólo el bienestar, sino el respeto a sí mismos. Ese descenso a la vileza a que el castrismo ha conducido a los cubanos, es lo que nunca se le podrá perdonar.

Por no hablar de la igualdad, qué canallas. Una de las primeras cosas que supe en La Habana es que los coches llevan colores distintos en sus matrículas: altos jerarcas, cargos medios y pueblo llano, para que la policía sepa a quién puede parar y a quién no. Del mismo modo que no puedes comprar una casa donde quieras, aunque pudieras pagarla. En los barrios selectos no puede entrar cualquiera. No es que no haya prosperidad, que no la hay, es que no existe siquiera la posibilidad ni puedes aspirar a ella más que a través de los canales del Régimen, de la nomenclatura que controla la vida entera. Eso sí, si puedes pagártelo, aunque sea lampando y contando historias falsas a los turistas, puedes beber ron, para engañar a la desesperanza, a la indignidad. En eso ha consistido “La “Revolusión”, ese fantasma en el que algunos siguen creyendo, acaso porque es demasiado tarde para dejar de hacerlo.

Javier Orrico

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