Hace ya varias décadas diagnosticó Pablo Neruda en la sección “Que despierte el leñador” del Canto General [1950] una inquietante dualidad en el modo de ser de los Estados Unidos. Se solidarizaba el poeta chileno con el pueblo sencillo, de corazón generoso, el granjero del oeste, el negro discriminado, en tanto que condenaba duramente a un gobierno de tendencias crecientemente fascistas, represivo, imperialista. Cabría decir que esa dualidad aún existe. Hay en el inmenso país muchas gentes buenas, honradas, de costumbres simples. Y hay un gobierno duro y agresivo. Lo lamentable es que la distancia entre los dos ha disminuido notablemente desde los cincuenta.
Aquella población silenciosa y trabajadora ha caído en gran parte presa de una manipulación descarada por parte del poder para convencerla de la necesidad de apoyarlo sin fisuras. La televisión, la prensa, las redes informáticas, bien dirigidas, junto a una educación acrítica han logrado que la gran masa identifique como patriotismo la defensa de los intereses capitalistas. Es como si el país entero hubiera asumido su papel de imperio. Nada aparece más claro para un observador atento, especialmente tras los sucesos del 11 de septiembre del 2001.
Un ejemplo puede probarlo. Cuando la guerra de Vietnam se arrastraba en los sesenta y amenazaba con intensificarse y extenderse, una minoría pensante y activa logró terminar con ella, evidenciando ante la opinión la brutalidad e inutilidad de la misma y oponiendo una resistencia pasiva a las órdenes del Gobierno. Desde 1990 los Estados Unidos se han embarcado en al menos tres aventuras bélicas de una salvajería impresionante: el Golfo, Yugoslavia y Afganistán, eso sin contar la que apoyan en Israel contra los palestinos. En las tres, el Gobierno, bien aprendida la lección de Vietnam, no ha vacilado. Desde el primer día una intensa propaganda ha convencido a todo el mundo de su justicia, de su necesidad, de sus altos beneficios futuros. No sólo eso. Ha logrado vender como productos legítimos las masacres de poblaciones civiles bajo el eufemismo de daños colaterales. ¿Dónde han surgido las voces denunciadoras? Las escasas protestas estudiantiles fueron pronto silenciadas. El “quién no está con nosotros, está contra nosotros,”oportunistamente utilizado, sembró el temor en la sociedad. Las banderitas nacionales se han multiplicado en los negocios, los coches, los carritos de niño.
NO es éste el lugar de debatir en profundidad la justicia de esos ataques unilaterales, más que guerras. Porque eso han sido en realidad, ya que una guerra lo primero que requiere es la existencia de un enemigo viable. Pero, ¿qué ejército podían oponer unos países tercermundistas y pobretones a las potentes bombas americanas? Cabe, sí, discutir aquí algunos supuestos que han quedado oscurecidos en la retórica belicista dominante. Basten dos. El más evidente es que los Estados Unidos no toleran ninguna negativa a sus planes o intereses de parte de países débiles. O es un sí inmediato o es el ataque, el “punch” o el navajazo del matón callejero a la víctima. Testimónienlo en el pasado varios países hispanoamericanos o los tres ahora en cuestión. Difícil es hablar de justicia, aunque se invoquen las torres gemelas, cuando se anda vociferando el catoniano “delenda est Cartago” que aprendimos en el Instituto. Más parece arrogancia petulante de quien se sabe el más fuerte.
El otro punto que necesita debate urgente es el pretexto más repetidamente aducido para la justificación de algunas de tales acciones: destruir a un enemigo que tiene o puede tener armas de destrucción masiva. ¿Qué autoridad moral puede invocar un país armado de las mismas hasta los dientes? ¿Puede quizá alegar que él no las va a usar sino en defensa propia, que él es el ángel guardián del universo? La realidad es que sólo él en la historia del hombre ha usado la bomba atómica, no una, sino dos veces, y que sólo él ha experimentado con armamento brutal, de consecuencias imprevisibles, en Vietnam, Yugoslavia, Irak y Afganistán. ¿Cómo fiarse de él? ¿Quién puede garantizar que no recurrirá a su arsenal cualquier día en que su presidente se levante de mal humor, más ahora que sus asesores revalúan el uso de cabezas atómicas pequeñas?
ANTE la gravedad de tales hechos, sería urgente levantar voces autorizadas y fuertes que los denunciasen, que propusieran un no valiente a la arbitrariedad y que desvelaran la hipocresía de las razones y actitudes aducidas como motivación. Es decir, es necesario montar una campaña de contrapropaganda. Pero, es triste ver que quien pudiera hacerlo, se omite. Los medios de comunicación, vendidos seguramente a los intereses en curso, aprueban con rara unanimidad. La educación hace tiempo que ha claudicado de su función crítica y formadora. La televisión adormece a los espectadores ayudándolos a cómodas digestiones. Las pocas mentes pensantes se enroscan sobre sí mismas o se encierran en sus círculos minoritarios. Da pena ver que Europa, depositaria de tan rica tradición humanística, no sólo no reacciona, sino que colabora. ¡Qué patético resulta ver a los Blair o a los Solana abrazar la retórica del belicismo, como en los viejos tiempos del colonialismo! ¿No se ha puesto a pensar la Comunidad Europea que a lo mejor un día le toca a ella lo que hoy sufren otros?
Alguien tiene que parar la locura para bien de todos. No con falsas razones o proponiendo valores en que ya nadie cree, sino desde la realidad misma. Lo que hoy triunfa es un modelo diseñado, sin tapujos ni velos moralizantes, sobre el principio darwiniano de la sobrevivencia de los mejor preparados. Sin duda son ahora los norteamericanos y no se percibe quién pueda desbancarlos en un futuro próximo. Hasta podría ser peor quien lo haga eventualmente y someta al mundo a más represivo imperio. Eso es justamente lo que hay que evitarle a la humanidad del mañana. ¿Cómo? Sustituyendo el modelo de la fuerza por el de la inteligencia, rompiendo el ciclo de la violencia, creando las bases de un orden mundial basado en el respeto a todas las culturas y a todos los pueblos. Para ello, todos, primero los norteamericanos, deben acabar con la retórica vengativa, belicista y revanchista; aprender a aceptar los méritos de los demás, incluso los que despectivamente se tildan de enemigos indeseables; aceptar la solución de los conflictos por el diálogo. Nada nuevo, ciertamente. Pero, al parecer, olvidado. Ahora, en que aún hay tiempo.
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