Un remordimiento interior imposible de superar, una venganza absurda.
El viento que ondea constantemente los colores verdes pero tristes de un paisaje repleto de acantilados. En aquella playa, en aquel cuadro del niño, aparecía el destino.
Siempre con el whisky y la pinta negra merodeando tras las columnas de madera vieja del bar.
Todo lo que rodea la fe o la falta de ella. La hija que no quiere vivir más, el compañero sin convicción, la ninfómana, el rico que se mea en su riqueza, los homosexuales que juegan al listo y al tonto, el abuelo que sorbe el que pueda ser el último polo de tres sabores en el banco soleado de la plaza y, por supuesto, el atormentado asesino.
Película sórdida y cruel, donde la vida en un pueblo irlandés queda marcada por un Padre que no sonríe jamás, quizás por los demás, quizás por sí mismo, quizás por el ultimátum mortal. En una semana debe de redimir sus pecados y amar al que no amó. La arena serena espera el desenlace.
Donde se fusionan el cielo con la tierra, la esperanza con la vida más oscura, los recuerdos de un niño destruido con la búsqueda de la luz.
Calvary, una honda reflexión sobre la fe y la vida.
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