Hoy quiero hablar de cine. Hace poco volví a ver la película «Lutero», la cual vi por primera vez cuando se estrenó el año pasado. La verdad es que cuando tuve noticias de que se había realizado una película sobre Martín Lutero (1483-1546), sentí grandes deseos de ir a verla. No ya porque sienta una especial simpatía por el personaje en sí, interpretado aquí por Joseph Fiennes , sino más bien por la curiosidad de comprobar el tratamiento que el director del filme (Eric Till) le había dado a su figura y a su significación histórica y religiosa, de cuya importancia no creo que nadie pueda dudar, pues al fin y al cabo fue el impulsor de la conocida como Reforma Protestante.
La principal consecuencia de tal hecho fue la ruptura con la Iglesia Católica, algo que se mantiene casi cinco siglos después, en nuestros días, a pesar de los cada vez más numerosos avances del ecumenismo interreligioso, del que han sido exponentes esenciales por parte católica personajes de la talla del entrañable Juan XXIII (con su incansable trabajo por la paz y el entendimiento, para lo cual siempre prefería tratar sobre lo que unía frente a lo discordante), el irrepetible y por siempre añorado Juan Pablo II (¡Santo Súbito!) o, en la hora actual, su gran sucesor, Benedicto XVI (“humilde trabajador en la viña del Señor”, que ha sorprendido por su bondad sólo a los que se dejaron llevar por la tergiversación intencionada de ciertos grupos mediáticos).
En lo referente a mi impresión tras la visión de la película, he de decir que me dejó sensaciones muy diferentes, aunque en general me decepcionó. La causa principal de mi idea negativa radica en el hecho de su falta de objetividad, idealizando en exceso la figura de Lutero y dejando bien a las claras quiénes son “los buenos” (los protestantes) y quiénes “los malos” (los católicos).
Desde el punto de vista histórico, considero que no se puede negar que en el contexto de la época (la transición entre el Medievo y la Edad Moderna), los hombres que conformaban la Iglesia, en un número considerable, no se correspondían con el verdadero y esencial ideal cristiano. Como así muy bien refleja la película (en este sentido es central el viaje de Lutero a Roma cuando aún era un simple monje agustino), la primera mitad del siglo XVI comprendió una serie de personajes y prácticas corruptas y desfiguradoras del mensaje que Cristo nos dejó. Era un momento en que se utilizaban las reliquias a modo de negocio, para lo cual muchas de ellas eran falsificadas (en la película se muestra una escena en la que los fieles pagaban por ver la cabeza de Juan el Bautista), se vendían indulgencias (es significativo el papel del dominico Tetzel y sus efectistas predicaciones ofreciendo indulgencias a aquellos que contribuyesen con sus limosnas a la prosecución de las obras de San Pedro del Vaticano), los emperadores y reyes tenían un fuerte poder en la Iglesia, e incluso muchos altos cargos eclesiásticos, incluidos en ocasiones los propios Papas, no lo eran por una fe sincera, sino por pertenecer a la nobleza principal o ser descendientes de importantes cargos políticos. Tales hechos (aunque tampoco afectaran a la totalidad de la comunidad católica), por pertenecer a la realidad histórica, no se pueden negar, e incluso el propio Juan Pablo II pidió perdón por todos ellos. Pero como bien conviene recordar, nuestro inolvidable Papa pidió perdón por “todos los errores cometidos a lo largo de la Historia por los hombres que han conformado la Iglesia”. Esto es así porque la Iglesia, como comunidad formada por todos los fieles que viven la fe de Jesucristo, está estructurada por hombres, que como tal, y por nuestra condición pecadora, somos los que nos equivocamos. Así, se podrá decir que los católicos hemos cometido errores, pero nunca que los ha cometido la Iglesia en sí, como institución.
Retomando el cometario propio de la película, ya he mencionado cómo tales prácticas negativas sí han sido reflejadas en ella, aunque quizás con demasiado detallismo. Digo esto porque considero que el director del filme ha centrado en ellos el peso principal de la crítica que Lutero llevó a cabo contra la Iglesia, no haciendo apenas mención a los fundamentos teológicos esenciales y profundos que acabaron desembocando en la Reforma Protestante y la consiguiente ruptura con la Iglesia Católica. Algunos de esos principios teológicos que diferencian a los protestantes de los católicos son la validez única de la fe para la salvación (los católicos damos importancia tanto a la fe como a las obras), la condición sacerdotal de todos los creyentes (los católicos diferenciamos entre los sacerdotes y los laicos, todos miembros de la Iglesia Universal), el rechazo de varios sacramentos, el valor único de la sola Escritura (los católicos nos basamos en la Escritura y en la Tradición), la sustitución de la doctrina de la transustanciación (en la consagración el pan y el vino se convierten en Cuerpo y Sangre de Cristo) por la consustanciación (el pan y el vino mantienen una doble naturaleza material y divina, no dejando ser pan y vino aunque también sean Cuerpo y Sangre de Cristo), su rechazo a la autoridad del Papa y la jerarquía institucional de la Iglesia (ambos elementos esenciales en el catolicismo) o su rechazo del libre arbitrio (negando frente al catolicismo la libertad de elección del hombre, pues Lutero consideraba que el hombre se salva de condenarse únicamente por la gracia de Dios, recibida por la sola fe), entre muchos otros fundamentos teológicos, que por falta de espacio, sería imposible detallar aquí en su totalidad.
Así, el director, Eric Till, no hace prácticamente referencia a ninguno de estos principios esenciales, sino que centra la crítica luterana casi exclusivamente en las decadentes prácticas externas, con lo que deja la película en una notable falta de un contenido más profundo, que completaría la figura de Lutero y ayudaría al espectador a comprender el hecho de la Reforma Luterana y por qué la seperación se mantiene aún en la actualidad, a pesar de los constantes avances del ecumenismo.
En cuanto al tratamiento de la personalidad de Lutero, aprecio luces y sombras. Sí me parece acertado cómo refleja su talla de gran intelectual y teólogo (escribió diversas obras y tradujo la Biblia al alemán), su total entrega a la penitencia y a la oración y su inicial deseo de permanecer en el seno de la Iglesia, además de su carácter contradictorio y atormentado, obsesionándole la idea del pecado (en el filme aparece varias veces luchando contra el Mal encarnado en el Diablo) y la salvación del alma. Sin embargo, considero que el director cae en el error de la idealización, para lo cual muchas veces reincide en la falsedad histórica. Es el caso del tratamiento de la “revolución de los campesinos” (1524-1525), en Alemania. Así, si bien en un principio Lutero llamó a la paz a los revolucionarios (“Exhortación a la paz”, 1525) la realidad es que al poco escribió a los nobles una obra, en unos términos realmente duros y violentos, pidiéndoles “que castigaran sin compasión” a los rebeldes, lo que desembocó en una gran matanza. El director, a pesar de que sí recoge algunas de sus palabras de crítica, hace ver en seguida que esa nunca fue su verdadera intención, algo cuanto menos discutible.
Ese mismo intento justificativo de Eric Tell (cuyo esfuerzo no realiza en absoluto con los católicos de la época), le lleva a deformar y tergiversar la condición de algunos personajes centrales de la película, quedando bien clara la distinción entre “buenos” y “malos”, Así, nuestro Carlos V, el emperador que convocó la “Dieta de Worms” y llevaría luego a cabo el primer enfrentamiento directo con los protestantes en la “Guerra de Smalkalda”, aparece aquí reflejado como un gobernante simple y débil. La misma visión negativa se extiende al conjunto de los personajes católicos, con la única excepción de su superior agustino, que trató de ayudarle al principio. Todo lo contrario sucede con los protestantes, a los que representa como luchadores del bien y la justicia. Aún mayor deformación histórica supone el papel de los príncipes alemanes, en especial Federico de Sajonia, que son mostrados como defensores verdaderos y sinceros de la nueva fe. No obstante, la realidad histórica, detallada por numerosísimos autores, nos dice que no les movió una fe religiosa sincera, sino su rechazo a las políticas universalistas del emperador Carlos V, cuyo máximo anhelo era conformar una auténtica “monarquía universal católica”. En ese contexto, los príncipes alemanes apoyaron el luteranismo incipiente como medio de lucha antiimperialista, aumentando su propio poder político en los territorios que controlaban, a costa en muchas ocasiones de los bienes eclesiásticos. De hecho, Lutero, al eliminar toda jerarquía institucional, apoyó su Iglesia en el poder temporal de los príncipes, como “poder establecido por Dios”. Esta fue la principal causa de la ayuda de muchos príncipes electores alemanes a Lutero, prevaleciendo los intereses políticos y económicos sobre su condición religiosa.
Aquí concluyo los motivos que me hacen considerar “Lutero” como una película poco objetiva y destinada a exaltar su figura, perdiéndose una magnífica ocasión de explicar a las nuevas generaciones y a todos aquellos que lo desconocen, qué es lo que realmente han significado en la Historia (con las evidentes consecuencias actuales) Lutero y la Reforma Protestante en su conjunto.
Miguel Ángel Malavia Martínez
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