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Los jóvenes, la fe y el espíritu

Miguel Ángel Malavia 07 Mar 2007 - 18:56 CET
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Se dice habitualmente algo que considero incierto. O por lo menos, no totalmente cierto. Diversos colectivos, secundados por un número determinado de medios de comunicación, tratan de hacer ver a la sociedad que los jóvenes ya no tienen inquietudes religiosas ni espirituales. Tal cuestión se agudiza en nuestro país. La que antes se conocía como “la católica España”, al cabo de unas décadas, ha pasado a ser “la España a la que sólo van a misa las viejas beatas”. No escondo que vivimos en un tiempo en el que los valores imperantes son los materiales y los que conllevan el “éxito” rápido y fácil (valga de botón de muestra el caso de “Operación Triunfo”). Es una realidad y ahí está. Pero también es una realidad que hay miles y miles de jóvenes, en España y en todo el mundo, que mantienen (mantenemos) un sentimiento religioso. Y más concretamente, cristiano-católico.

Entre el 3 y el 4 de mayo de 2003, Juan Pablo II visitó España, y más concretamente Madrid, por última vez. La tarde-noche del primer día convocó una vigilia con los jóvenes. Fue apoteósico. Se concentró una impresionante marea juvenil de un millón de chicos y chicas provenientes de todos los rincones del país. Yo me encontraba entre ellos y puedo asegurar que no había despistados o curiosos que buscaban ver a un famoso cualquiera . Habían ido allí para ver al Papa y escuchar unas palabras profundas que colmaran su sed y necesidad de espíritu, de alma, de vida más allá de lo puramente físico.

Este mismo sentimiento lo he comprobado en otros acontecimientos de este tipo, pero a nivel internacional. Uno que marcó para mi un antes y un después acaeció en un caluroso verano de hace siete años. En la Jornada Mundial de la Juventud del año 2000, celebrada en Roma, pude asistir a una experiencia similar, pero a la vez diferente e irrepetible. Convocados por el Papa, nos reunimos en la Ciudad Eterna más de dos millones de jóvenes provenientes de los cinco continentes y de todos los países del mundo. Era un río multicolor, multirracial y multicultural. Y era una cosa la que realmente nos unía. Éramos chicos jóvenes que íbamos en busca de un mensaje, de una llamada. La llamada de un hombre vestido de blanco impoluto que nos hablaba de Dios.

Muchos entonces se preguntaban: ¿es normal que millones de chicos se recorran medio mundo (impresionaba ver multitud banderas de Australia o de países africanos e hispanoamericanos) para oír a un anciano hablar de religión? Los que veían pero no entendían argumentaban que tales concentraciones las podría haber reunido por igual una estrella de rock o un carismático líder político. Yo estuve allí y pude ver y entender. Comprendí que los que allí estaban buscaban “algo”. No una cosa que colmara una necesidad temporal, material, física o sensorial. Buscaban (buscábamos) otra cosa más profunda. Un “algo” que no se puede ver ni tocar con las manos. Y confiábamos en que ese venerable anciano vestido de blanco nos ayudara a encontrarlo. Así fue.

Miguel Ángel Malavia

Conquense-madrileño (1982), licenciado en Historia y en Periodismo, ejerce este último en la revista Vida Nueva. Ha escrito ‘Retazos de Pasión’, ¡Como decíamos ayer. Conversaciones con Unamuno’ y ‘La fe de Miguel de Unamuno’.

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