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Sobre lo maravilloso que es ser cristiano

Miguel Ángel Malavia 02 Abr 2007 - 13:25 CET
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Ya estamos en Semana Santa, la semana más importante del año para los cristianos junto a la Navidad. Conmemoramos la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. Todos estamos acostumbrados a oírlo así, de carrerilla, y muchas veces parece que no nos paramos a pensar en lo que realmente significa. Creo que no somos auténticamente conscientes de lo maravilloso que es ser cristiano. Es increíble pensar que Dios, POR AMOR A TODOS LOS HOMBRES, adoptara nuestra condición humana y habitara entre nosotros. Para ello, tuvo que contar con el consentimiento de una muchachita de unos quince años. La Virgen María pudo decidir en Libertad sobre si acoger en su interior o no al Hijo de Dios. Y dijo sí, convirtiéndose ya entonces en Madre de todos nosotros. ¿Y dónde nació Dios hecho Hombre? ¿En un palacio? ¿En un castillo? No, en un pesebre, en el lugar más recóndito y miserable del planeta.

Cristo creció durante treinta años en el seno de una familia humilde y gozosa. Luego, en sus tres años de vida pública, se dedicó a ayudar a quién nadie quería ayudar: a los leprosos, a las prostitutas, a los pobres, etc. Se dedicó a buscar a los pecadores mientras que echaba en cara su falsedad a los supuestos representantes de la Religión, que obsesionados con las normas olvidaban buscar a Dios y al Hombre en el interior de sus corazones. Fueron precisamente ellos los que acabaron conduciéndole a la Cruz.

Pero no fueron los judíos ni los romanos los que lo mataron. Ya estaba escrito que debía ser así. Dios había decidido morir por todos nosotros. Al igual que a Él todas las generaciones anteriores le habían dedicado sacrificios y holocaustos en forma de cordero, el Señor se ofreció a sí mismo como Cordero para salvarnos del Pecado, del Mal. A toda la Humanidad, la pasada, la presente y la futura. ¿No es increíble pensar que Dios se ha hecho Hombre para morir por todos nosotros? Y aún más, morir como murió. Morir como un malhechor, como un perro, azotado, golpeado, colgado de un madero que le desgarraba la piel y le penetraba hasta las entrañas. La Cruz, el símbolo que nos distingue a los cristianos es algo más que un objeto. Fue el instrumento que los hombres utilizamos para torturar y asesinar a Aquél que así nos salvaba a todos. Y lo hizo por Amor, todo por Amor.

Si tuviera que reducir el significado del Cristianismo a tres palabras, serían éstas: Amor, Libertad y Vida. Amor, porque Dios nos ama con toda su fuerza (que es ilimitada) y nos instó a amarnos de corazón entre todos los hombres, incluso con nuestros enemigos. Libertad, porque todos los hombres podemos decidir si seguimos o no a Dios. Él ha hecho todo por nosotros, pero no nos impone (como podría hacerlo) que lo aceptemos ni que lo amemos. En ese sentido, nos concede el privilegio de ser iguales que Él. Y Vida porque Cristo resucitó, venciendo así a la Muerte. Y con Él todos los que sigamos su camino de una forma verdadera. Si Cristo no nos llevara a la Vida eterna todo lo anterior carecería de sentido. Pero no, Él no nos defrauda, nunca lo hace. Cristo resucitó y nos concede el maravilloso don de gozar una Vida verdadera y plenamente feliz junto a Él. Sólo tenemos que decirle “SÍ”.

Miguel Ángel Malavia

Conquense-madrileño (1982), licenciado en Historia y en Periodismo, ejerce este último en la revista Vida Nueva. Ha escrito ‘Retazos de Pasión’, ¡Como decíamos ayer. Conversaciones con Unamuno’ y ‘La fe de Miguel de Unamuno’.

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