He pasado la Semana Santa en mi pueblo, Landete (Cuenca), y desde allí he seguido con tristeza la polémica por el cierre de la parroquia vallecana dedicada a San Carlos Borromeo. No quiero opinar de una realidad que desconozco. Me gustaría conocer personalmente a los tres sacerdotes de la parroquia y saber exactamente qué predican, pero no es así. Por ello, sólo voy a comentar un aspecto que ha rodeado la polémica y que a mi juicio sólo contribuye a perjudicar al conjunto de la comunidad católica. Me parece injusta la imagen que se está dando a la opinión pública de una Iglesia supuestamente dividida entre los fieles (a los que se equipara con ese genérico que tanto gusta algunos como es el del “pueblo”) y la jerarquía (que se vincula a la denostada idea del “poder”, en el sentido más autoritario). Es absurdo. ¿Quién tiene el “poder” en la Iglesia? Cristo. Yo sí creo que la Iglesia es universal (el propio concepto de “católico” tiene ese significado) y que todos y cada uno de los creyentes en Cristo tenemos la misma importancia para Él.
Todos los cristianos formamos parte por igual del Cuerpo de Cristo. Entre otras cosas, para eso se nos hizo presente hace dos milenios. Para decirnos que nos quiere a todos sin distinciones de ningún tipo. A camioneros, niños o prostitutas. A todos. El propio Papa tiene el título de “siervo de los siervos”. El principal representante de Cristo en la Tierra tiene la suprema misión de servirnos a todos. Como Cristo en la Última Cena, hoy, Benedicto XVI es el que nos lava los pies a todos antes de sentarnos en la mesa del Señor. El Cristianismo no es una religión de poder. Los que así piensan se equivocan. ¿Qué poder real, práctico, tiene ahora un obispo o un cardenal, aparte del espiritual, del de guiarnos en nuestra fe?
Los que hablan de “los de arriba”o de la “jerarquía” en tono despectivo, se quedaron anclados en los tiempos oscuros en los que la Iglesia contaba con un estado político, los Estados Pontificios. Soy un apasionado de la Historia y no voy a ser yo quién niegue una realidad histórica indudable. Es verdad que ha habido muchos momentos en los que la Iglesia ha estado muy alejada de su esencia más profunda, la de la pureza de la fe, y se ha dejado arrastrar por los criterios propios de un estado político. No se pueden ocultar hechos reales como la Inquisición, las Cruzadas, el negocio con las reliquias, la cercanía a ciertos regímenes políticos de corte autoritario o la elección de Papas por intereses políticos antes que espirituales. Es la verdad y ahí está. Pero nada de eso pasa ya en nuestros días y la propia Iglesia ha pedido perdón por ello muchas veces. Además, no se debe olvidar que la Iglesia está constituida por seres humanos, por personas de carne y hueso que, como todas las demás, se equivocan.
¿De verdad alguien cree que Benedicto XVI es un hombre apegado a la poltrona del Poder, con mayúsculas? Y pongo el ejemplo del Papa porque muchos ven en su cargo el representante supremo que encarna la imagen de una Iglesia corrompida por los intereses materiales. Son muchos los que caen en demagogias tales como la de que “con todo lo que cuesta el Vaticano se acababa con el hambre en el Tercer Mundo”. O la también clásica de que “con lo que cuestan las cruces de oro se podía vestir a muchos pobres”. Lástima que los que así piensan no sepan que la Iglesia Católica es la institución del mundo que más dinero destina a la atención de mendigos o enfermos de sida, por poner sólo dos ejemplos. Y que conste que eso no es ningún mérito extraordinario. Simplemente es cumplir con lo que Dios hecho Hombre nos enseñó. Aunque no estaría de más que algún día se dijera algo de esto en ciertos medios de comunicación.
En definitiva, no entro a valorar si la parroquia de San Carlos Borromeo está siendo justamente cerrada. Lo que sí pido es que muchos grupos interesados en criticar a la Iglesia como sea no aprovechen para convertirse en baluartes de “los desheredados de la jerarquía”. Me resulta patética la imagen de el Gran Wyoming o Guillermo Toledo a las puertas de una “iglesia roja” (término dantesco repetido con ignorancia estos días) cantando el “no, no, no nos moverán”. ¿Aquellos que odian a la Iglesia son los que nos van a dar lecciones sobre nuestra fe?
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