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Cuatro horas de pasión y gloria: Madridismo en estado puro

Miguel Ángel Malavia 10 Jun 2007 - 12:33 CET
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Nunca olvidaré las cuatro horas comprendidas entre las siete de la tarde y las once de la noche del 9 de junio de 2007. Fueron cuatro horas de sufrimiento inhumano, nervios a flor de piel… y explosión de felicidad. Fueron cuatro horas de madridismo en estado puro. Cuando a las siete me senté en el sofá, sabía que me sometía al potro de tortura. El Real Madrid, en fútbol y baloncesto, se jugaba la vida. Todo podía pasar, podíamos tocar el cielo, pero también caer en el infierno. Salió cara, y en ambos casos, en un minuto de infarto.

En primer lugar, llegó el turno del baloncesto. En las semifinales del play-off, con la eliminatoria 2-1 a favor del Jovenut, y jugando en Badalona, el Madrid debía ganar para forzar el quinto partido en Vistalegre. En caso de derrota, se habría acabado definitivamente la temporada para nosotros. Era la vida o la muerte. Al final, como suele ser habitual en este maravilloso deporte que es el baloncesto, el partido se decidió en el último minuto, en el último segundo, en la última jugada. La “Penya” tuvo en sus manos el balón de la victoria… y falló. Resultado final de 70-72 para el Real y la eliminatoria que se decide en nuestra casa. Que se prepare el Joventut el martes, porque en Vistalegre le espera un auténtico infierno. Todos los madridistas nos vamos a dejar el alma en animar a un equipo que se merece ser campeón. ¡A por ellos!

El baloncesto terminó pasadas las nueve de la noche, con el partido de fútbol ya empezado. Aún con la respiración asistida y con el corazón a mil por hora, conecté con el segundo “vía crucis” de la tarde. A falta de una jornada, Madrid (que jugaba en Zaragoza) y Barça (que recibía en casa al Espanyol) llegaban empatados a puntos, y con el Sevilla (que viajaba a Mallorca) a dos de ambos. Podía pasa cualquier cosa. La Liga más apasionante de los últimos quince años podía decidirse al fin. Quedaban por delante dos horas de tensión máxima, al límite; que pronto se convirtieron en decepción, cuando el Barça, tras remontar un gol de Tamudo, se puso por delante con dos goles de Messi (el primero, vergonzosamente, con la mano). El Real Madrid, tras neutralizar Van Nistelrooy el gol inicial de Diego Milito, caía en el abismo con el segundo gol del argentino.

A falta de un minuto para el final, parecía que la debacle se cernía sobre el madridismo. Después de dos meses de entusiasmo y esperanza, todo se perdía en Zaragoza. Tenerife se nos venía a la cabeza a muchos. Se necesitaba un milagro… y este se hizo realidad. Primero llegó el empate de Van Nistelrooy. Reconozco que lo celebré con rabia y tristeza, porque sabía que era insuficiente. El Barça ganaba, y nada parecía que pudiera quitarle la Liga. ¿Nada? Sólo treinta segundos después del tanto del holandés… ¡gooooool de Tamudo! De ahora en adelante, San Tamudo en el altar de los dioses blancos. ¡Gracias, Tamudo, gracias Espanyol, por este estallido de felicidad! Así es el deporte, del fracaso más absoluto a la euforia más desmedida en un minuto.

Nada está acabado, pero el destino de la Liga se decide en nuestra casa. Somos el Real Madrid, y lo vamos a demostrar. Estábamos muertos y nos han dado la vida. Queda una última bala y está en nuestra recámara. No la desaprovecharemos. Después de cuatro años de absoluto ostracismo, vamos a demostrar que no nos habíamos ido. Que estábamos ahí, esperando. Ha llegado la hora de la verdad. La Liga de la fe será la número treinta en el palmarés del mítico real Madrid.

Miguel Ángel Malavia

Conquense-madrileño (1982), licenciado en Historia y en Periodismo, ejerce este último en la revista Vida Nueva. Ha escrito ‘Retazos de Pasión’, ¡Como decíamos ayer. Conversaciones con Unamuno’ y ‘La fe de Miguel de Unamuno’.

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