El otro día, en Lizarza, pudimos comprobar la rica y profunda diversidad de grados en que se compone el alma humana, capaz de lo mejor y lo peor, según el sujeto que la represente. Así, por un lado, se imponía la imagen imponente de una mujer increíble portando el símbolo de la legalidad y la libertad. Sí, era Regina Otaola, la política con mayúsculas (aquella que implica la entrega total a unas ideas, aún a costa de poner en juego la propia vida), levantando la bandera de España en la fachada del cabildo local. Y en frente suyo, la mezquindad más absoluta, la puerilidad más execrable: el puerco proetarra que le espetó a la cara la frase “vas a morir”.
Incluso sin entrar en el juego de establecer la bondad o la inhumanidad de los ideales ostentados, la escena ya dice mucho de la situación real que se vive en el País Vasco. Lizarza es hoy lo que en su día fue Ermua: un símbolo, una imagen de un tiempo roto por la barbarie; además de la anormalidad más absoluta e inimaginable en cualquier país verdaderamente democrático. En Lizarza, su alcaldesa lo es porque sólo su partido se presentó a las elecciones (¿dónde estaban PSOE, IU o PNV?) y lo primero que tuvo que hacer fue eliminar las pintadas a favor de una banda de asesinos que decoraban la fachada del ayuntamiento. Por no hablar de que a los plenos tiene que acudir en compañía de las fuerzas policiales, que levantan un muro frente a los salvajes que la increpan.
Yo me quedo con la foto de ese momento. Una mujer valiente que porta orgullosa la bandera de todos y el cerdo cobarde que la amenaza de muerte. Polos opuestos del alma humana. No hace falta entrar en debates absurdos sobre si tal o cual partido condena o no la violencia. Sólo hace falta ver y oír. Una imagen, la de Regina y su bandera, que deberíamos recordar todos dentro de muchos años para comprender lo que pasó en el País Vasco durante el dominio del autoritarismo etarra.
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