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La increíble historia de Pedro de Portugal e Inés de Castro

Miguel Ángel Malavia 07 Oct 2007 - 15:53 CET
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Buceando por las páginas del fantástico libro ‘Historia de las historias de amor’, de Carlos Fisas, traigo aquí el recuerdo del relato que más me ha impactado. Es la historia de amor de Pedro de Portugal e Inés de Castro. Nos situamos en la Baja Edad Media, concretamente en el año 1340. Tras una guerra entre Castilla y Portugal, la paz se selló con una solución habitual, un matrimonio de estado entre los príncipes herederos de ambas coronas: Pedro de Portugal y Constanza de Castilla. La boda se celebró en Castilla. Pero Pedro no se enamoró de su esposa, sino de Inés de Castro, dama de honor de la castellana. Fue un amor apasionado, verdadero, que dio el fruto de tres hijos. Sin embargo, el rey también cumplió con sus deberes maritales y tuvo un hijo de Constanza. La princesa castellana, sabedora del amor de su marido por Inés, comprendió la situación e incluso dispuso que su dama fuera la madrina en el bautizo de su hijo con Pedro.

Sin embargo, todo cambió en 1345. Cinco años después de su matrimonio, la princesa Constanza murió. El príncipe, que a pesar de todo sentía un gran cariño por ella, lamentó profundamente la pérdida. Así, tras un periodo de luto, mostró sus intenciones de casarse con el que era su verdadero amor, Inés de Castro. Su padre Alfonso, el rey de Portugal, se oponía a que algún día llegara a ser reina la que había sido amante de su hijo. Fue tal su rechazo, que Pedro acabó casándose en secreto con Inés. Este acto provocó la ira de su padre, que convenció a tres sicarios para que acabaran con la vida de la mujer amada por su hijo. Una noche, los tres hombres entraron en la alcoba de Inés y la asesinaron a cuchilladas. En cuanto Pedro se enteró de la tragedia, estalló en una rabia incontrolable y declaró la guerra a su padre. La guerra civil entre los partidarios del rey y los del príncipe duró hasta que al fin la reina madre intervino y logró que padre e hijo firmaran la paz. Fue una paz algo falsa, pues el resentimiento de Pedro no se podía borrar del fondo de su corazón.

Finalmente, a los pocos años todo volvió a cambiar. El rey Alfonso murió y Pedro, por fin, se ciñó la corona portuguesa. Cómo no, su primera acción fue arrestar a los asesinos de Inés. Aunque uno de ellos pudo escapar a Castilla, los otros dos fueron llevados hasta la presencia del nuevo rey. Éste, loco de odio, mandó que delante de sus ojos les arrancaran el corazón a los dos asesinos. Inmediatamente después, se comió las visceras con voracidad. Lo siguiente que hizo fue organizar un acto en honor de la que él consideraba como la verdadera reina de Portugal, Inés de Castro. Mandó que desenterraran su cuerpo, ya consumido tras varios años muerta. Tras vestir su esqueleto con los atributos reales y los vestidos más lujosos, dispuso un trono doble. A la izquierda se sentó Pedro y, a su lado, el cuerpo rígido de la mujer antes tan bella. En un acto espantoso a la vez que entrañable, Pedro dispuso que todos los cortesanos, uno a uno, se postraran ante ella y besaran su esquelética mano. En medio del silencio más absoluto, todos y cada uno de los miembros de palacio cumplieron con el increíble ritual.

Después de esto, el rey jamás se volvió a casar y ni siquiera se le conoció ningún tipo de amorío, con lo importante que en esa época era el matrimonio de un rey, capaz de fraguar todo tipo de alianzas. Antes de morir, Pedro tuvo en mente a la mujer perdida y dispuso que su tumba se situara en frente de la de su amada. Según dijo, quería que el Día del Juicio Final, cuando los cuerpos recuperasen su vida, lo primero que sus ojos vieran al levantarse fuera el rostro de Inés.

Historia ésta increíble. Guerras, asesinatos, infidelidades, traiciones, matrimonios en secreto, locura… Pedro de Portugal e Inés de Castro, la historia de un amor roto, loco, puro.

Miguel Ángel Malavia

Conquense-madrileño (1982), licenciado en Historia y en Periodismo, ejerce este último en la revista Vida Nueva. Ha escrito ‘Retazos de Pasión’, ¡Como decíamos ayer. Conversaciones con Unamuno’ y ‘La fe de Miguel de Unamuno’.

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