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Las consecuencias de la parcial memoria histórica

Miguel Ángel Malavia 17 Oct 2007 - 22:06 CET
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Ayer a la medianoche, en Antena 3, observé un programa especial dedicado a debatir sobre la tan manida Ley de Memoria Histórica. Al principio, con los habituales contertulios de turno (¿nadie cae en la cuenta de que son siempre los mismos, en todos los programas y en todas las cadenas?), el debate giraba en la órbita de lo normal; es decir, gritos, discursos repetidos por memorizados y descortesías al no escuchar al oponente. Hasta ahí, como digo, lo habitual. Sin embargo, todo cambió en un momento dado. De repente, el presentador se acercó al público y se dirigió a dos venerables ancianos que permanecían el uno al lado del otro. Yo, guiado por la primera impresión, creía que se trataba de un matrimonio.

No obstante, al presentarlos por separado caí en la diferencia: ambos eran excombatientes de nuestra guerra fraticida. Ella había sido miliciana en el frente y él había pertenecido al bando franquista. Mi primera reacción fue de ternura. Me parecía una imagen entrañable el que dos representantes de las dos Españas que entonces se mataron entre sí estuvieran hoy tranquilamente hablando de lo que pasó, juntos, sin acritud. Me recordaba a la iniciativa que tuvo hace unos años José Bono, anterior ministro de Defensa, al hacer que en el desfile de la Fiesta Nacional pasearan juntos dos excombatientes españoles en la II Guerra Mundial, el uno perteneciente a la División Azul y el otro a la División Leclerc, que combatió en Francia contra el nazismo. Fue aquella una imagen que a mí me emocionó y que ayer creí ver repetida. Cuánto me equivoqué…

En seguida comenzaron ambos invitados a insultarse y a defender “su” causa frente a la del “enemigo”. En un clima de máxima tensión, lo más triste llegó cuando empezaron a echarse en cara los muertos causados por el bando contrario. En vez de concluir que en ambos lados se cometieron atrocidades, cada uno de ellos veía en el otro a Satanás encarnado, directamente. Fue tal la situación que por un momento pareció que los dos iban a pegarse. No creo que lo que sucedió fuera lo esperado por los organizadores del debate (sinceramente, espero que no), pero tal acto fue absolutamente cruel. Cruel porque suponía enfrentar a dos personas que odiaban lo que el otro, respectivamente, representaba.

Jamás en mi vida había visto algo así. Sinceramente, creía que se habían cerrado las enormes y sangrantes heridas causadas por una guerra irracional que asoló hace setenta años nuestro país. Yo estaba acostumbrado a ver a los ancianos de los pueblos de España hablando de la Guerra Civil como algo pasado que ya había que olvidar. Por eso la discusión llena de odio de dos señores que podrían pasar por un matrimonio entrañable me puso los pelos de punta. Yo he hablado muchas veces con personas que vivieron in situ ese trauma y jamás les he visto esa mirada rabiosa. De verdad, son cosas que no había visto hasta ahora. Y no significan nada bueno.

Esta es la consecuencia de una memoria histórica que sólo mira por uno de los dos bandos… que mató igual que el otro. Por sus ideales y por sobrevivir. Una descarnada y brutal verdad que ninguna ley podrá cambiar.

MIGUEL ÁNGEL MALAVIA

Miguel Ángel Malavia

Conquense-madrileño (1982), licenciado en Historia y en Periodismo, ejerce este último en la revista Vida Nueva. Ha escrito ‘Retazos de Pasión’, ¡Como decíamos ayer. Conversaciones con Unamuno’ y ‘La fe de Miguel de Unamuno’.

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