Estos días, con motivo de la beatificación en Roma de los 498 mártires que en España derramaron su sangre en la persecución religiosa desencadenada durante la República y la Guerra Civil, se están vertiendo muchas opiniones malintencionadas y tergiversadoras.
Son muchos los que echan en cara a la Iglesia el que en plena polémica sobre la Ley de Memoria Histórica (¿quién tiene la culpa de las coincidencias?), eleve a los altares a “sus muertos”, pretendiendo que es un ejercicio de parcialidad al no englobar al conjunto de los caídos en nuestra guerra fraticida. A los que así piensan sólo me queda decirles que se equivocan. Al menos en el concepto. ¿Qué significa la palabra ‘mártir’? Pues sencillamente es aquel que muere por la defensa de su fe religiosa. Por tanto, y puesto que nos referimos a la Iglesia Católica, ésta sólo puede reconocer la santidad de aquellos que murieron por seguir a Cristo hasta sus últimas consecuencias.
Otra cosa bien diferente es el reconocimiento moral de que todos, absolutamente todos los asesinados en nuestra guerra lo fueron injustamente. Los de uno y otro bando. Yo creo que en eso coincidimos todas las personas que defendemos una reconciliación profunda y definitiva de los españoles que vivieron ese horror. Así, objetivamente, el asesinato de Lorca, el de José Antonio o el de cualquier enterrado en una fosa común cuyo nombre se desconozca, fue una acción brutal e inmoral. Todos aquellos que murieron por defender unas ideas políticas, por tener una determinada condición sexual, por ostentar una específica condición social o por despertar la envidia del vecino (que de todo hubo), merecen el reconocimiento de la Historia. Fueron caídos, héroes, víctimas o como los queramos llamar. Pero debe entenderse que sólo pueden ser tenidos por mártires aquellos que fueron asesinados por sus convicciones religiosas. Y no políticas, morales o filosóficas. Es un problema de conceptos, de esquemas diferentes, nada más.
Por esto mismo, también yerran quienes acusan a la Iglesia de parcial al no beatificar a los sacerdotes fusilados por el bando franquista. Evidentemente, su ejecución, como la de todas y cada una de las víctimas, fue injusta. Pero decir que “murieron por ser cristianos” es una falsedad. Su muerte (absolutamente condenable, insisto) se debió, principalmente, al anhelo de la independencia de su respectiva región respecto al resto de España. Es decir, murieron por separatistas, no por ser sacerdotes de Cristo. Y por eso, en definitiva, no pueden ser beatificados.
Otra cosa es que realmente su alma pueda estar con Dios. Porque muchos se equivocan cuando creen que sólo están salvados los que la Iglesia reconoce como santos. El hecho de ser santo sólo implica el reconocimiento eclesial de que, habiendo indicios y señales inequívocas de su acción tras la muerte, esa persona está junto a Dios. Sin embargo, ello no es óbice para que yo pueda creer que mis abuelos y millones y millones de almas anónimas (entre las que a mi entender estarían la inmensa mayoría de las víctimas de la Guerra Civil) también puedan estar disfrutando ahora mismo de la vida eterna. Sólo sucede que la Iglesia no tiene indicios suficientes para constatar tal hecho.
La Iglesia no hace santos, sólo los reconoce. A los que puede.
MIGUEL ÁNGEL MALAVIA
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