La imagen que describo a continuación es la del despertar de un sueño, la de la perplejidad de quien comprueba que la fantasía que inundaba su mente se ha mostrado vana y falsa.
El otro día observé, o tal vez yo también lo soñé, a un progre de pura cepa estupefacto ante el televisor. El chico, ataviado con el obligado pañuelo palestino y las pertinentes rastras, se quedó totalmente petrificado, con el rostro pálido y las canillas temblando, al oír la voz de su admirado Iñaki (Gabilondo, por supuesto) en el informativo de ‘Cuatro’. El noticiario informaba en ese instante de la represión de una manifestación de estudiantes universitarios por parte de las fuerzas policiales venezolanas. Además, también se decía que en 2005 se intentó espiar a Zapatero con micrófonos ocultos mientras éste se reunía en el país bolivariano con miembros de la oposición antichavista.
Estas dos noticias, cual rayos luciferinos, noquearon el monolítico raciocinio del joven, abriendo dos grietas por las que entraron las dudas. Y las preguntas. Transcribo aquí las que se cruzaron por la mente del chico: “¿Por qué la represión de los universitarios venezolanos me recuerda a la España de “los grises” de Franco? ¿Y si se espía a todo un presidente de Gobierno, qué no se hará con la población anónima e indefensa? ¡No puede ser! ¿Será Hugo Chávez un dictador, como dicen los fascistas? Y aún peor… ¿Y Fidel Castro? ¿Y el ‘Ché’? ¿No han sido ellos unos revolucionarios de la paz?”.
El último pensamiento fue ya demasiado para el joven progre que, como si fuera San Pablo cayéndose del caballo, se desmayó. A los pocos minutos despertó. Pero según testigos presenciales del momento, ya no era el mismo. Al parecer, con la mirada perdida, no paraba de repetir una palabra: ‘Dictadura’. Por supuesto, sus amigos, fervientes defensores de las democracias cubana y venezolana, le han retirado la palabra. Ya saben, “es un fascista”.
MIGUEL ÁNGEL MALAVIA
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