
Son las tres y media de la madrugada. Me despierto sobresaltado, sudando a borbotones. Sin embargo, nada más incorporarme, la paz retorna a mí. Te veo. Estás a mi lado. Durmiendo. Guapísima.
Tras dedicar un buen rato a observarte (¡pero qué guapa estás!), te abrazo. No me correspondes. Me extraño. Te beso y tú no me besas. Desespero. Te hablo. No me contestas. Te grito y te soy absolutamente indiferente. Estallo. ¿Por qué me desprecias? ¿Ya no me amas? ¿Tú, que anoche me jurabas amor eterno? No lo entiendo. Estoy a punto de volverme loco.
De repente, despiertas. Me miras y no me ves. Estás pálida, estás llorando, estás gritando. ¿Pero qué te pasa? En este instante, me giro y me veo. Estoy muerto. Tumbado en la cama, un sudor frío, congelado, cubre mis ojos… Estoy muerto.
Abrazas mi cuerpo inerte. Me suplicas que no te haga esto. Pero estás equivocada. Soy yo el que te beso, te imploro, te adoro… y no me escuchas. ¿Jamás volverás a mirarme a los ojos? ¿Jamás volverás a contarme tus sueños? Sin duda, este castigo es peor que morir.
MIGUEL ÁNGEL MALAVIA
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