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El ‘Caso Dreyfus’

Miguel Ángel Malavia 08 Dic 2007 - 18:44 CET
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Cada vez que se habla de juicios paralelos, recuerdo el que tal vez fue el caso más paradigmático de la Historia, el denominado ‘Caso Dreyfus’, un affaire que supuso un aldabonazo en las conciencias de los franceses del paso del siglo XIX al XX.

El capitán Alfred Dreyfus, de origen judío, fue acusado en 1894 de haber entregado informes secretos a las fuerzas militares alemanas. Tras un proceso que se caracterizó por la falta de rigor y las continuas irregularidades, Dreyfus fue condenado como traidor y desterrado a perpetuidad a la Colonia Penal de la Isla del Diablo (donde las condiciones eran penosas), además de degradarle en su cargo militar. Su familia, desde el primer momento, denunció que el proceso había sido injusto y que se había tomado a Dreyfus como chivo expiatorio que había “pagado las culpas” de la derrota de Francia en la guerra de 1870 contra Alemania. Esa derrota significó la caída del Imperio de Napoleón III y el advenimiento de la III República. Por otra parte, supuso el punto culminante en la configuración de Alemania como un estado unitario. Al igual que sucedería después tras el desastre alemán en la I Guerra Mundial (1914-1918), en la Francia de la época cundía un fuerte sentimiento revanchista por esta dolorosa derrota. Para los familiares de Dreyfus, estaba claro que en él se había culminado un afán de venganza contra Alemania. Por si fuera poco, el hecho de su ascendencia judía, se vinculaba al antisemitismo de parte de la sociedad gala de entonces.

La familia Dreyfus pronto encontró aliados en su lucha por demostrar la inocencia de Alfred. Su hermano Mathieu convenció a varios periodistas, como Bernard Lazare o George Clemenceau, para que trataran de demostrar la fragilidad de las pruebas que le inculpaban. Por si fuera poco, sólo dos años después, el jefe del contraespionaje francés, Georges Picquart, comprobaría que el verdadero culpable de traición había sido el comandante Ferdinand Walsin Esterhazy. Sin embargo, el Estado Mayor ocultó este hecho y destinó a Picquart (que comenzó a investigar por su cuenta el caso, convencido ya de la inocencia de Dreyfus) al norte de África. Al final, tras un breve proceso, Esterhazy fue absuelto. Todo ello muestra hasta qué punto los militares no querían que se hiciera pública su falta de diligencia en el caso.

Sin embargo, este hecho sería esencial para remarcar la división de la sociedad francesa de la III República. Las clases más conservadoras y nacionalistas vieron con satisfacción la absolución de Esterhazy, mientras que las más progresistas comenzaron a sentirse profundamente indignadas. En medio de la polémica, Émile Zola publicó en la prensa ‘J`Accuse’ (Yo acuso’), un artículo histórico en el que denunciaba todas las irregularidades del ‘Caso Dreyfus’, acusando al Estado Mayor y al propio Gobierno de mentir y de haber condenado a sabiendas a un inocente. Desde entonces, el proceso cambió de signo definitivamente, ya que el escrito levantaría una tremenda polvareda, provocando las más diversas reacciones. En 20 ciudades hubo levantamientos antisemitas, muchos intelectuales acusaron de corrupto al sistema, hubo varios muertos en un enfrentamiento en Argel, etc.

La tensión y la división social fueron tan grandes que al final se tuvo que reabrir el ‘caso Dreyfus’. El Tribunal Supremo acabó anulando la sentencia condenatoria, pero un nuevo Consejo de Guerra volvió a condenar a Dreyfus, esta vez a diez años de trabajos forzosos. Aunque al final llegó el indulto presidencial, Alfred Dreyfus siempre luchó por demostrar su completa inocencia. Ésta llegó al fin en 1906, cuando la Corte de Casación reconoció oficialmente su ausencia de toda culpa y le restituyó en sus cargos militares. El comandante Dreyfus lucharía por su país en la I Guerra Mundial, muriendo mucho después, en 1935.

El ‘Caso Dreyfus’ es el mayor ejemplo de la fuerza que pueden tener los juicios paralelos. Lo que podía haber quedado en una injusticia más, desconocida para el gran público, fue dada a conocer a la opinión pública de un modo fuertemente interpretativo. Los periodistas que se comprometieron en la defensa de Dreyfus arremetieron con gran dureza contra el propio sistema que había sido capaz de condenar injustamente a un inocente. Pero para comprender realmente el conflicto, hay que tener muy en cuenta el contexto histórico. La Francia de la III República era un país desmoralizado, que se sentía humillado por su derrota en la guerra contra Alemania de 1870. Se había pasado de un sistema autoritario (el Imperio de Napoleón III) a un régimen parlamentario, pero eran muchas las fuerzas que no se veían representadas por el nuevo sistema político. Los militares, férreamente arraigados entonces al autoritarismo como método de gobierno, veían en la República la encarnación de todos los males del país. La aristocracia y el resto de grupos más conservadores, imbuidos de un fuerte sentimiento nacionalista, recelaban de la nueva situación, guardando sus simpatías por la Monarquía.

En lo social, estos ingredientes fueron el calvo de cultivo del crecimiento del sentimiento nacionalista y antisemita en gran parte de Francia. Tales ideologías fueron difundidas por fuerza por un amplio sector de la prensa francesa, muy poderosa entonces. Además, en ese momento, no se vigilaba tanto como ahora la veracidad de lo publicado, con lo que el camino para la libre difamación estaba en muchas ocasiones abierto. Periódicos como ‘La Libre Parole’, ‘Le Croix’, ‘La Patrie’, ‘Le Petit Journal’ o ‘L`Intransegeant’, preconizaban abiertamente el odio a los judíos, culpándoles de todos los males del país. A principios de 1890 había unos 80.000 judíos en Francia (la mitad en la colonia argelina), hasta entonces muy integrados en la sociedad. Es significativo saber que Theodor Hertzel, el creador del Movimiento Sionista, adquirió conciencia del odio antisemita cuando trabajó por esas fechas en Francia como corresponsal extranjero, cubriendo precisamente el ‘Caso Dreyfus’.

Así, el juicio contra Dreyfus fue el baluarte de la prensa más conservadora para atacar a los judíos. A lo largo de todo el proceso, fueron muchos los diarios que tomaron parte descaradamente en contra del considerado como “traidor”. Al ser condenado éste, toda la prensa en general dio por acabado el asunto. Fue la acción de sus familiares, en especial de su hermano Mathieu, la que movilizó a una cada vez mayor facción de la prensa, de ideología izquierdista, para que defendiera la inocencia de Alfred. Desde entonces, la división se estableció entre “dreyfusardes” (medios de izquierdas, favorables a la revisión del juicio) y “antidreyfusardes” (prensa de derechas, contraria a cualquier reapertura del proceso). Fue una “guerra de prensa” que duró muchos años y que a punto estuvo de hacerse civil en la práctica.

El ‘caso Dreyfus’, en definitiva, es el claro ejemplo de cómo los medios pueden condicionar la acción de la Justicia, calentando el ambiente social o aportando nuevos datos desconocidos hasta ese momento en el proceso. En lo negativo y en lo positivo. Dreyfus, tal vez, no hubiera sido condenado de no haber existido la presión de una parte de los medios. Pero a buen seguro, tampoco se habría demostrado su inocencia si otros medios no hubieran comprometido su propia credibilidad.

MIGUEL ÁNGEL MALAVIA

Miguel Ángel Malavia

Conquense-madrileño (1982), licenciado en Historia y en Periodismo, ejerce este último en la revista Vida Nueva. Ha escrito ‘Retazos de Pasión’, ¡Como decíamos ayer. Conversaciones con Unamuno’ y ‘La fe de Miguel de Unamuno’.

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