En contra del que parece sentir mayoritario de la sociedad, a mí sí me gusta la posible futura letra del himno nacional. ¿Cómo no me va a gustar si en él están impresas las palabras patria, democracia, paz, justicia, libertad, grandeza, historia, hermandad, mar, cielo y corazón?
No comparto las críticas de aquellos que afirman que no aparece por ningún lado nuestro glorioso pasado imperial o la fe de nuestros antecesores. Ambas esencias están contenidas en las palabras historia y grandeza. En los dos conceptos están Felipe II, América, la Guerra de la Independencia… aunque no se mencionen expresamente.
Sin embargo, todo está condicionado por el contexto en el que se fragua. Al igual que hace 300 años se hacían una serie de iglesias monumentales e imperaban otro tipo de valores artístico-sociales, las iglesias que se construyen hoy son absolutamente diferentes: funcionales y sencillas. Todo ello va en el tiempo, según avanzan y cambian los tiempos y los valores. ¿Alguien se imagina hoy que en la construcción de una nueva parroquia en su pueblo se siguiera el impactante estilo barroco? A mí me maravillan tales iglesias, pero las construidas en la época en que debieron serlo; no ahora.
Pues lo mismo sucede con el himno. Las letras del francés y el italiano (que a mí son dos de los himnos que más me gustan) se hicieron, respectivamente, en un contexto bélico muy concreto, en el que el destino de la patria estaba en juego. La pena es que España no cuente con la letra de un himno hecho hace 400 años, pues seguramente sería el reflejo de un blasón dorado envidiado por todos. Pero es lo que toca. Hoy, afortunadamente, vivimos en la España del siglo XXI. Vivimos la gracia de la democracia y la paz. No tenemos que reafirmarnos respecto a un país invasor. Somos libres. Y todo eso es lo que refleja un himno adaptado a los tiempos en los que discurre. Como debe ser. Además, yo me sigo quedando con mi parte favorita:
¡Viva España!
MIGUEL ÁNGEL MALAVIA
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