La negativa final de Rajoy a que Gallardón entre en la lista electoral por Madrid ha levantado una polvareda de tal calibre que ya sólo falta que la RAE se anime a introducir un nuevo término en su diccionario: “gallardonicidio”. Para algunos (e intuyo que para él mismo) es como si le hubieran asesinado con nocturnidad y alevosía. Considero que muchas reacciones han sido desmesuradas (dan fe de ello algunas portadas de la prensa de hoy), aunque ya aclaro que yo mismo también era favorable a que el alcalde madrileño acompañara a Rajoy. Soy consciente de que Gallardón es extremadamente vanidoso, ambicioso y demagógico… pero al fin y al cabo sé de muy pocos políticos que no lo sean en mayor o menor grado. En cambio, de lo que no hay duda, en su haber, es de que goza del prestigio del buen gobernante, amén de un talante moderado y conciliador (no sé si del todo sincero) que goza de más simpatías que de detractores; aunque algunos se empeñen en lo contrario.
Sin embargo, este asunto es mucho más complejo de lo que parece y desde el PP este tema lo han llevado muy pero que muy mal. En primer lugar, y esto es achacable al propio Gallardón, no debía haberse hecho pública esta controversia. Como en el fútbol, los trapos sucios del equipo se lavan en el vestuario; y jamás salen de allí. Por ello, pasara lo que pasara estos días, ya se sabía que la decisión final levantaría ampollas: Si iba en la lista Gallardón, muchos lo verían como una falta de confianza por parte del PP en ganar las elecciones, ya que se podría estar allanando el camino al posible sucesor. Y si no iba, como así ha sido, se da la imagen de un político muy popular en gran parte del electorado al que se le han cortado las alas dentro de su propia formación política.
Así, por si fuera poco, a dos meses de las elecciones queda la sensación de un PP dividido. Para muchos, Esperanza Aguirre es una chantajista (capaz incluso de renunciar a su propio cargo con tal de no ser menos que su “compañero”); para otros, Rajoy ha cedido a las presiones del “ala dura” (aunque yo, aclaro, discrepo de tales términos); y para muchos más, sin Gallardón se puede escapar una cuota importante del voto joven que el 9 de mayo va a votar por primera vez.
Además de todo lo dicho, si realmente el alcalde de la capital se retira de la política tras las elecciones (algo que no me creo), será un auténtico fraude al pueblo madrileño, que hace menos de un año lo eligió mayoritariamente como su rector. Demostraría así que las desavenencias con muchos de sus compañeros de partido pueden más que su deseo de servir a los ciudadanos. Por cierto, ¿no dijo Gallardón hace unos meses que ser alcalde de Madrid era “lo máximo a lo que podía aspirar”? Pues que se aplique el cuento.
En definitiva, muy mala noticia ésta para el PP a sólo ocho semanas de las elecciones generales. Sea más o menos acertada en el fondo la decisión, su horrenda gestión le puede costar a Rajoy su salida en falso de la política nacional.
MIGUEL ÁNGEL MALAVIA
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