Pasada ya la polvareda electoral, apagados los ruidos del éxtasis entre los victoriosos y con los caídos rumiando en el silencio su desgracia, es el momento de la reflexión sosegada. Así, tengo claro que de todas las sensaciones de la pasada noche me quedo con una: el abrazo que Elvira Fernández, la mujer de Rajoy, le dio a su marido en el balcón de Génova.
Era un momento surrealista, por lo duro. El aspirante saludaba desde las alturas a sus decepcionados fieles, que aún así trataban de animar (¿o más bien trataban de animarse a sí mismos?) a su líder. En medio de cánticos de todo tipo, Rajoy se obligaba a sonreír, a simular una felicidad que no sentía.
En ese momento, yo permanecía viendo la televisión, impresionado ante un momento tan irreal. Sin embargo, de un modo inesperado, acabó retornando la realidad. Elvira salió de la nada y se abrazó fuertemente a su marido. Fue un abrazo repleto de amor, dulzura y tristeza. Se me pusieron los pelos de punta.
En medio de la falsedad y del frenesí de gritos, pasiones, fe y desesperanza que rodean toda noche electoral, vi directamente el rostro de la pureza. Rajoy perdió las elecciones, pero esa noche durmió con una mujer maravillosa a su lado.
MIGUEL ÁNGEL MALAVIA
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