
Esta mañana leía una entrevista realizada a un superviviente judío del campo de concentración de Auschwitz. Y de ella, lo que más me impresionaba, si cabe (dentro del horror que supone que el que entonces era un niño se viera inmerso en tal infierno), era esta frase: “El mayor crimen de los nazis fue eliminar para siempre el nombre de las personas”.
Decía esto el entrevistado por la costumbre de los administrativos del campo de concentración polaco, que desbordados ante el aluvión de prisioneros que les llegaban todos los días, optaron por ni siquiera apuntar el nombre de los mismos, limitándose a registrarlos con un número. ¿Qué número? El que los nazis, como si fueran ganado, grababan (para siempre) con hierro fundido en la piel de los detenidos.
La verdad es que pone los pelos de punta este testimonio. En medio del templo de las matanzas, del gaseado de cientos de miles de inocentes, de la conversión del cuerpo de los asesinados en pastillas de jabón, de los maltratos a niños y mujeres, de las humillaciones y torturas más depravadas… lo más horrible es que ni siquiera quedara el testimonio del nombre de muchos de ellos.
Los bárbaros quisieron borrar hasta la última gota de la esencia de sus odiados enemigos (no sólo judíos, sino también gitanos, católicos, comunistas, homosexuales, etc). Quisieron eliminar su olor, su imagen… y hasta su nombre. ¡Como si jamás hubieran existido!
Dios mío, ¿cuántas personas han permanecido oficialmente como desaparecidas ante la imposibilidad de certificar su muerte en un día y en un lugar concreto? ¡Malditos sean los nazis y todos los totalitarios (sean del credo autoritario que sean)! Fueron hienas inhumanas, que en su crueldad enfermiza despojaron a las víctimas hasta de su hueco en la Historia.
Valga desde aquí mi humilde homenaje a todas las víctimas anónimas.
MIGUEL ÁNGEL MALAVIA
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