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Goya, el alma de una España que murió

Miguel Ángel Malavia 08 May 2008 - 17:58 CET
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Francisco de Goya y Lucientes (1746-1828) ¿Qué se puede decir de la vida del genial pintor aragonés? ¿Por dónde empezar si nos situamos ante la figura de este español universal?

Sin ánimo de construir pormenorizadamente lo que fue el relato de su biografía, lo mejor es concentrarse en algunos de los pasajes más destacados del personaje. Por ejemplo, ¿cómo vivía él su enfermedad, que no era otra que la sordera? Al fin y al cabo, su caso no fue tan trágico como el de Beethoven, que sólo podía escuchar su propia música en el interior de su mente. Sin embargo, sabemos que debió de resultar muy duro para alguien como él, orgulloso y acostumbrado a relacionarse con lo más granado de la sociedad española de finales del siglo XVIII y principios del XIX. De hecho, en los últimos años de su vida, sólo y abandonado, pintaría sus famosas ‘pinturas negras’, ya en la Quinta del Sordo. Podemos imaginarle allí o en su exilio de Burdeos, rodeado de pinturas siniestras, abominables y con personajes pavorosos. Así sólo se mueren, cada día, poco a poco, los genios con su inigualable personalidad.

Otro de los aspectos más relevantes de su vida fue su condición de pintor de cámara, trabajando para la Casa Real. ¿Qué decir de sus demoledores retratos de Carlos IV (presentado como un bobalicón), María Luisa de Parma (la reina consorte, bien claro queda, era la que de verdad entretejía los hilos del gobierno) o Fernando VII (su rostro despótico no ofrecía dudas)? Con un trazo fino, duro y letal, el artista dejaba meridianamente claro en todos sus retratos cuál era su opinión del inmortalizado. Por cierto, lo que más impresiona de su obra son, tal vez, sus autorretratos. El Goya del final, aislado del mundo, desengañado hasta el extremo, se pinta a sí mismo como una marioneta perdida, sin dueño.

No cabe duda de que el pintor aprovechó su arte para hacer crítica política. Aparte de caricaturizar a los políticos que le producían desprecio, en plena pervivencia de un absolutismo ya en decadencia él apostó claramente por las ideas ilustradas, provenientes de Francia. ¿Podemos imaginar cómo sobrevivió el pintor liberal de unos reyes absolutistas? Y lo más dramático, ¿cómo vivió el artista la Guerra de la Independencia, en la que sus compatriotas luchaban contra los supuestos baluartes de sus ideas, aquellos que nos debían “abrir los ojos y encaminarnos hacia la Luz de la Razón”? Goya no fue un afrancesado más, sino que acabó manteniéndose en el cargo de pintor de cámara… en la corte de José Bonaparte.

Sin embargo, nada de eso impidió al pintor reflejar la tragedia de la guerra. Las imágenes del levantamiento del 2 de mayo y de los fusilamientos del día siguiente en la montaña de Príncipe Pío forman ya parte del imaginario ancestral de esta España nuestra. El rostro de la furia de los que aniquilaban a los mamelucos con cuchillos, la mirada suplicante y horrorizada de los que estaban a punto de ser fusilados por un bloque homogéneo e inerte… marcan la empatía del hombre con su pueblo. Su serie ‘Los desastres de la guerra’ son un alegato brutal en contra de la irracionalidad de la guerra. En esas imágenes, por el contrario, también aparecen sus compatriotas como bárbaros. ¡Qué duro debió de ser ese combate interno entre el amor a la patria y la fidelidad a unos valores e ideas que configuraban su ser!

Y cómo dejar de lado al Goya amante. Él, que se casó con Josefa Bayeu (con la que tuvo una abundante descendencia), hija de uno de sus grandes maestros, Francisco Bayeu, parece ser que fue siempre un Don Juan. Se dice, incluso, que llegó a mantener una relación con la duquesa de Alba. Muchos ríos de tinta han corrido sobre esta hipotética aventura. Para algunos autores, la duquesa es la verdadera musa inmortalizada como ‘La maja vestida’ y ‘La maja desnuda’. ¿Verdad o mito? Tal vez algún día lo sepamos a ciencia cierta. Pasara lo que pasara, la verdad es que la duquesa de Alba murió en 1802 a una prematura edad, contando sólo con 40 años. Entonces se oyeron varias voces que insinuaban que en su muerte habían tenido algo que ver la reina María Luisa y Godoy, celosos de su gran aura popular. Cómo no, cierto o falso, nuestro personaje se vio tocado de cerca por lo extraordinario, en este caso la posible intriga palaciega.

Francisco de Goya ha pasado a la Historia como el gran pintor que fue. Sin embargo, fue mucho más. Y ya es decir, tratándose de un maestro de su categoría. Goya es el contraste, el choque de las pasiones, la confrontación de las ideas, la cercanía al poder, la melancolía, el esplendor, el silencio, el color, la oscuridad, la vida. Goya refleja el alma de un pueblo y de una época que ya pasaron. Goya es España.

MIGUEL ÁNGEL MALAVIA

Miguel Ángel Malavia

Conquense-madrileño (1982), licenciado en Historia y en Periodismo, ejerce este último en la revista Vida Nueva. Ha escrito ‘Retazos de Pasión’, ¡Como decíamos ayer. Conversaciones con Unamuno’ y ‘La fe de Miguel de Unamuno’.

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