A pesar de que toda mi vida la he pasado al lado de Madrid (resido en Arganda del Rey, a 22 km de la capital) y me considero casi tan madrileño como conquense (me encanta decir que nací en Cuenca), nunca había acudido a la pradera de San Isidro en el día de su patrón. Ayer, al fin, saldé mi deuda, y esto es lo que vi:
Metro ‘Marqués de Vadillo’. Luz. Multitud. Alegría. Música de organillo. Barquillos. Tradición. Casticismo. Chulería a raudales. Madrid con alma de pueblo. Mocitas. Cerveza. Calimocho. Punkis. Melenas con gorrilla a cuadros. Chulapos. Claveles. Morcilla. Chorizo. Panceta. Rosquillas ‘listas’ y ‘tontas’. Chotis. Zarzuela. Arte. Sentimiento. San Isidro labrador.
Disfruté como un enano (incluso me compré mi gorrita de chulapo). Hasta ahora, para mí, San Isidro eran las dos o tres corridas en Las Ventas a las que voy todos los años. Ya cumplí el pasado fin de semana con el arte de la tauromaquia, pero con la fiesta de la tradición que ayer viví, ya puedo decir que soy un poco más de Madrí.
MIGUEL ÁNGEL MALAVIA

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