
¿Qué más se puede pedir de una ciudad cuyas piedras han albergado los pasos de Isabel la Católica, Cristóbal Colón, Felipe II, Cervantes o Zorrilla? ¿Qué más se puede pedir a una villa que fue el altar que iluminó por primera vez el rostro de la que algún día habrá de ser mi mujer? Sí, se le puede exigir algo más. Que abra su esencia para ella y para mí, solo para nosotros, y nos depare un fin de semana digno de quedar grabado en la eternidad. Como ha hecho estos días atrás…
Valladolid es Castilla en piedra, es la piedad contenida, la devoción austera. Valladolid es Gregorio Fernández, néctar de dioses y carne roja que produce un jugo que te estalla en la boca. Valladolid es la fachada de San Pablo, algunos de cuyos santos y ángeles mantienen las cabezas cortadas por la insidia napoleónica. ¿Que la fachada está en obras? No pasa nada: te ponen un casco, te levantan en un andamio y la ves como nunca, a un metro de la pared y a ochenta del suelo.
Valladolid es la mesa en la que Cervantes y Zorrilla escribieron sus obras inmortales. Valladolid se escribe con pluma de pavo real. En Valladolid no encuentro el flamenco, el fado o a Sabina. En ella no me late el corazón aceleradamente, con pasión y a tirones. Pero en su aura sí encuentro una ciudad eterna, cuyo latido apela en todo momento a lo imperecedero, al pasar lento del tiempo, a la llama viva, a punto de apagarse, pero que nunca languidece definitivamente.
Valladolid es una placa, una estatua, es el reclamo a la inmortalidad. Estando en ella, te crees que algún día escribirás el Libro. Sí, con mayúsculas; pues con estas letras es como se alcanza la permanencia en la memoria de los hombres de los siglos venideros. En ella te sientes poeta, asceta y santo. Pero luego vuelves a Madrid… y ya te ves como siempre: un cantamañanas.
Tendré que ir a vivir a la tierra de Felipe II y mi morena de ojos sonrientes para escribir de una vez por todas lo que sé que jamás seré capaz de escribir…
MIGUEL ÁNGEL MALAVIA
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