
Lo que es la vida. Ayer escribía la última crónica sobre el viaje de los ángeles extremeños a Roma. Mencionaba en ella al abuelo Celestino, la persona que inculcó la afición por la tauromaquia a José Tomás. Horas después de escribir el texto, a sus 90 años, Celestino Román ha fallecido esta madrugada. Desde aquí mi pésame a su familia, en especial a Isabel, su nuera, con quien he compartido estos días de sueño romano. Que los ángeles de allí y los de aquí velen por su alma. Un fuerte abrazo.
Los aficionados a los toros, que nos estremecemos ante la dulce locura de José Tomás, tenemos que darle las gracias a ese abuelo orgulloso que llevó por primera vez a Las Ventas a su pequeño nieto; que convencía a maestros del añejo para que vieran las cualidades del chaval en tentaderos improvisados; que le compró su primer traje de luces para la novillada del debut… José Tomás, dicen, soñaba con jugar en el Atleti. Don Celestino veía en él otra cosa: torero. Gracias.
Se ha muerto el abuelo Celestino. José Tomás, que le dedicó el año pasado sus cuatro orejas –junto a su hermano Antonio– en su histórica primera tarde de Madrid, ya tiene un nuevo ángel que le proteja en su aventura de cada tarde en el coso del filo de la navaja. El próximo estatuario imposible será inspirado por el abuelo Celestino.
Por cierto, dicen que desde el cielo se ven mejor las verónicas del sentimiento.
MIGUEL ÁNGEL MALAVIA
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