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Yo estuve allí: ¡Esplá, Esplá, Esplá!

Miguel Ángel Malavia 06 Jun 2009 - 17:37 CET
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“Miguelito, guapete, yo estuve allí”. Hay quien puede presumir ante sus nietos de haber presenciado in situ hasta la mítica final de la Copa de Europa de 1960: en Glasgow, Real Madrid 7-Eintracht de Frankfort 3. Los goles de la Quinta fueron obra de Puskas (4) y Di Stéfano (3). Para muchos, el mejor partido de fútbol de la Historia. Casi ná. Pues yo le podré decir a mis esperados hijos y nietos, los Miguelitos, que estuve un 5 de junio de 2009 en Madrid. En la Monumental de Las Ventas del Espíritu Santo. Sí, el día en que Luis Francisco Esplá, a sus 52 años y tras una vida dedicada a los toros, decía adiós al público de Madrid. Sí, el día en que dictó su última clase magistral. Sí, el día en que salió por la Puerta Grande en brazos de su hijo Alejandro, un novillero que aspira a ser un Esplá también en la plaza.

La expectación era máxima. Una hora antes, el bullicio era abrumador. Paseando alrededor del coso mudéjar, te podías encontrar con un pelaje de lo más diverso: desde Fernando Sánchez Dragó y su camiseta con el lema ‘Soy Nadie’, hasta el bailaor Rafael Amargo, pasando por un torero de tronío: Sebastián Palomo Linares. Olí a puro, y a Historia. No obstante, se cumplía un año de la principal obra de arte del tomasismo: las cuatro orejas de la verdad, aquí, en Madrid. Sin José Tomás, el cartel era absoluto: junto a Esplá, el francés Castella (el Napoleón de los sentidos) y el sevillano Morante de la Puebla (vencedor in pectore de la Feria de San Isidro, galardón obtenido únicamente con un tercio en decadencia: el capote. ¡Meritazo!).

Aún así, se mascaba la tragedia. Hacía viento, mucho viento. Nunca se confirmó, pero creo que era el que fue desatado la noche anterior en otro coso taurino, Vistalegre, ahora bastión carabanchelero del Real Madrid de las canastas. Se necesitaba épica para empatar la semifinal de la ACB ante el TAU, y se hizo. Los Berserkers, peña a la que me honro pertenecer, ejercieron de detonantes de una explosión –sí, fue locura colectiva– que se llevó por delante a los baskonistas y ha prorrogado la cita decisiva para dentro de una hora, en Vitoria. ¿Vitoria? ¡Victoria o muerte!

Pese al éxtasis baloncestístico, los Berserkers debieron apagar el ciclón al acabar el partido. Soplaba viento, mucho viento. El enemigo mortal de los capotes y las muletas amenazaba con jodienda. Y así fue en los tres primeros del lote de Victorino del Río –mismo encaste que en la épica tomasista de la que se cumplía aniversario–. La expectación desmedida se diluía en el “si esto ya lo sabía yo…”. Esplá sólo pudo cumplir en el primero con su suerte predilecta, las banderillas. Y poco más, gotas de incienso que supieron a poco. Pero hacía viento y el maestro se iba. Así que resignación, respeto y nada de tensiones. Lo que no sucedió con un Morante que quiere ser émulo de Curro. Una espasmódica tarde, seguida de cadena de coitus interruptus; esa es la lógica currista y morantiana. Así, tras la ebullición del otro día, ni una puñetera verónica. Hacía viento… pero a éste le faltaron ganas y le sobró apatía. Tras matar de malos modos a su enemigo, una sucesión de pitos e improperios colmaron sus oídos. El Dios caído, que mañana resucitará. Y Castella, grande siempre Castella. Pese a tocarle en suerte un bicho que cabeceaba en busca de su testa, fue valiente hasta el extremo. Valiente y torero. Elegante, despacio y con elegancia en cada pase. Artista.

Hasta que llegó el fin del viento. Por un toro –un respeto para el maestro–, el cuarto, el último de Esplá. 620 kilos de ‘Beato’. Un beato que sería instrumento de canonización taurina de un alicantino eterno. Pares de banderillas por los adentros y las afueras de las tablas, con avión incluido, precedieron a una faena de muleta que desde el primer derechazo se sintió histórica. Con figura y ademán de los de antes, todo en uno: temple, sobriedad, cadencia, el tiempo justo, despacio, despacito, misticismo, sabor a verdad, clasicismo no fríamente acadamecista, precisión y emoción, melancolía por ser la última. Una sinfonía que culminó en naturales de escándalo y estocada a la primera y por todo lo alto. El animal, bendito beato, fue a morir a tablas, aunque precisó de dos descabellos. Muerto el coloso, Las Ventas fue mar de pañuelos blancos, éxtasis, delirio y gritos de ‘torero, torero, torero’. ¡Dos vueltas al ruedo! ¡Dos! Esplá sonreía y lloraba por dentro. No era el único.

El quinto y el sexto, más de lo mismo. De lo de antes, claro. Aunque ya todo el mundo miraba a la Puerta Grande y contaba media hora larga de reloj. Morante, tras brindis al homenajeado, nuevo petardazo antológico; aunque lo intentó. Cada día tengo más claro que quiere ser Curro. Y cuando no es la tarde, pues no es la tarde. O, como diría él, no tuvo las musas de su lado. Castella, sí. Gigante. Faena suicida con un animal que no lo merecía. Inolvidable su cita del astado desde los medios y su respuesta levantando la muleta por la espalda. Sin moverse del sitio, con los pies amarrados a la arena, sucesión de pases de vértigo. A día de hoy, con Tomás en el limbo de otras plazas, Perera y Castella son los reyes. Mandones y con galones de torería. Tremendos. El Cid, Talavante, Manzanares… se les espera. A los grandes siempre se les espera.

Pero el 5 de junio de 2009 era sólo para Esplá. Su despedida en medio de la plaza que lo tuvo por suyo fue el justo tributo al guerrero –se especializó en corridas de las duras, de las de los encastes que otros no quieren ni oler– en su última batalla. Elevado en un pedestal de gritos y flashes fotográficos, levantó la mano y dijo adiós. Ahora sí, y no como el año pasado cuando pretendió hacer lo mismo en medio de una tarde de bronca, pitos y frío en las entrañas.

Fue la mejor despedida. Fue página grande en la Historia de la Tauromaquia. Y yo, querido Miguelito, estaba allí.

MIGUEL ÁNGEL MALAVIA

Miguel Ángel Malavia

Conquense-madrileño (1982), licenciado en Historia y en Periodismo, ejerce este último en la revista Vida Nueva. Ha escrito ‘Retazos de Pasión’, ¡Como decíamos ayer. Conversaciones con Unamuno’ y ‘La fe de Miguel de Unamuno’.

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